La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 11. El mar de arena
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CAPÍTULO 11. El mar de arena

El desierto no perdona. No olvida. No negocia.

Siete días llevábamos caminando bajo aquel sol blanco, vertical, implacable, que convertía el aire en una lámina de metal caliente y la arena en un horno sin puerta.

Siete días en los que el mundo se había reducido a tres elementos: la luz, la sed y el silencio.

Un silencio tan vasto, tan absoluto, que tenía textura.

Peso. Un silencio que se metía en los oídos y los llenaba de un zumbido constante, como el de una colmena lejana, como el de la sangre propia circulando por las venas.

La yegua baya caminaba con la cabeza baja, las crines empapadas de sudor, los cascos hundiéndose en la arena hasta el corvejón.

Elvira, delante de mí, se balanceaba en la silla con los ojos cerrados, los labios agrietados cubiertos de una película blanquecina de sal.

No hablaba. No lloraba. No se quejaba. Llevaba tres días sin quejarse, y aquel silencio me asustaba más que cualquier grito.

Porque una niña de catorce años que deja de quejarse es una niña que ha comenzado a morir por dentro.

—Bebed —le ordené, pasándole el odre.

Bebió. Dos tragos. Tres. Le arranqué el cuero de los labios antes de que pudiera tomar un cuarto. El agua se racionaba. Cada gota, calculada. Cada sorbo, una decisión que podía significar la vida o la muerte al día siguiente.

Los mercenarios cabalgaban en torno a la columna como lobos en torno a una recua. Cuarenta hombres curtidos, con los rostros envueltos en telas que solo dejaban ver los ojos. Ojos que me miraban. Que nos miraban. Con una insistencia que ya no disimulaban.

Lo sentí al tercer día. Una mirada. Fija.

Pesada. Clavada en mi nuca como una aguja al rojo.

Me giré. Un mercenario de barba pelirroja, montado en un camello flaco, me observaba con los ojos entrecerrados.

No miraba mi rostro. Miraba más abajo. La curva de la cadera bajo la tela.

El contorno del pecho, marcado por la camisa empapada de sudor. La línea del cuello, expuesta al sol.

Aparté la vista. Apreté las riendas. Seguí cabalgando.

Pero la mirada no se fue. Se multiplicó.

Al cuarto día eran tres. Al quinto, cinco.

Al sexto, dejé de contarlos. Ojos que me seguían desde la retaguardia, desde el flanco, desde la vanguardia.

Ojos que me desnudaban con la paciencia de quien pela una fruta.

Ojos que calculaban, que pesaban, que tasaban.

Mi belleza, aquella belleza que Rodrigo había celebrado con versos torpes y besos torpes bajo el azahar, se había convertido en una diana.

En un reclamo. En una promesa que aquellos hombres se hacían a sí mismos en el silencio de sus tiendas, con las manos entre los muslos y la arena metiéndose en cada pliegue de la piel.

El séptimo día, uno de ellos se acercó.

Un hombre ancho, con una cicatriz que le cruzaba la nariz y los ojos hundidos bajo unas cejas espesas. Cabalgó junto a la yegua baya. Tan cerca que su rodilla rozó mi muslo. Elvira, delante de mí, se encogió.

—Tenéis la piel quemada, señora.

Su castellano era torpe, gutural, con un acento que no logré ubicar. Berberisco, quizás. O árabe del sur.

—Sobreviviré.

—No si el sol os come la cara. —Extendió la mano. Un trapo. Empapado en agua—. Poned esto sobre el cuello. Os protegerá.

No lo tomé. No lo miré. Seguí cabalgando con la vista fija en el horizonte, en aquella línea donde el cielo y la arena se fundían en un blanco cegador.

El mercenario insistió. Acercó más el trapo. Sus dedos rozaron mi hombro.

Y entonces, una mano. Oscura. Grande. Con los nudillos marcados por las cicatrices de los grilletes. Se interpuso entre el trapo y mi hombro. La agarró. La apartó. Con una firmeza que no admitía réplica.

Idris.

Encadenado al camello de carga, con la cuerda al cuello y los grilletes en las muñecas, se había inclinado hacia mí. Su cuerpo, delgado, musculoso, cubierto de harapos empapados de sudor, se interpuso entre el mercenario y la yegua. Una barrera de carne y hueso. De voluntad.

—No la toquéis.

Dos palabras. En árabe. Con una voz baja, plana, que no alzaba el volumen porque no lo necesitaba. Una voz de príncipe. De hombre acostumbrado a que sus palabras fueran ley.

El mercenario de la cicatriz lo miró. Rio. Se giró hacia Yusuf, que cabalgaba en la vanguardia, indiferente. Y después, con un escupitajo en la arena, espoleó su camello y se alejó.

Idris se dejó caer contra el costado del camello.

La cuerda del cuello se tensó. Los grilletes tintinearon.

Me miró. Un instante. Breve. Intenso. Y en sus ojos dorados, bajo el sol blanco del Sáhara, vi algo que no era solo protección.

Era posesión. Reclamación. Un es mía que no se pronunciaba con palabras sino con el cuerpo, con la interposición, con la violencia contenida de quien aparta una mano ajena de lo que considera propio.

Aparté la mirada. El corazón me latía en la garganta.

No era mío. No podía serlo. Rodrigo. El nombre me golpeó como siempre, como un puñetazo en el esternón.

Rodrigo, que llevaba diez días pudriéndose bajo las losas del patio de los arrayanes.

Rodrigo, cuya sangre aún manchaba mi brial, cosido ahora bajo la camisa como un recordatorio.

Rodrigo, a quien había jurado amor eterno ante el altar y cuya memoria se desvanecía un poco más cada día, diluida por el sol y la sed y la arena.

¿Cuánto tiempo pasaría antes de que su rostro se volviera borroso? ¿Antes de que su voz, grave y perezosa, se confundiera con el viento? ¿Antes de que el recuerdo de sus manos en mi nuca fuera reemplazado por el de otras manos, más oscuras, más cálidas, más presentes?

No lo pensé. Me negué a pensarlo. Espoleé la yegua y seguí cabalgando.

La noche cayó como una cuchillada.

El sol se hundió en el horizonte y el mundo cambió.

El calor, aquel martillo blanco que nos había aplastado durante doce horas, desapareció de golpe.

En su lugar, el frío. Un frío seco, cortante, que se metía en los huesos, en las articulaciones, en la médula.

Un frío que convertía el aliento en vaho y la arena en escarcha.

La caravana acampó. Los mercenarios encendieron hogueras.

Elvira se acurrucó en la tienda, envuelta en una manta de lana, temblando con los dientes apretados.

Le froté las manos. Le soplé en los dedos.

Le canté, bajo, la canción del ruiseñor que madre nos cantaba de pequeñas.

Se durmió. Con las mejillas aún húmedas y los labios entreabiertos.

Salí de la tienda. El cielo del desierto, libre de nubes, libre de humo, libre de cualquier cosa que no fuera la inmensidad negra, estaba tachonado de estrellas.

Miles. Millones. Un manto de luz fría que se extendía de horizonte a horizonte, tan denso que parecía sólido, tangible, como si pudiera extender la mano y arrancar un puñado.

Rodrigo me había enseñado los nombres. Orión. La Osa. El Cisne. Tumbados en el jardín del alcázar, con la cabeza en su pecho y su dedo señalando el cielo. Aquella es Vega, mi rosa. La más brillante. Como vos.

Tragué el nudo. Me senté junto a la hoguera más cercana. El calor de las llamas me mordió la piel congelada. Me froté los brazos. Me froté las piernas. No bastaba. El frío del Sáhara no se combatía con una hoguera. Se combatía con otro cuerpo. Con el calor de otra piel.

Idris estaba a tres varas. Sentado contra una roca, con las cadenas colgando de las muñecas, los ojos cerrados.

El fuego le iluminaba el rostro desde abajo, proyectando sombras en los pómulos, en la mandíbula, en la curva del cuello.

Dormitaba. O lo fingía. Con las manos sobre las rodillas y la respiración lenta, regular.

Me acerqué. No sé por qué. No había razón. No había excusa. Solo el frío. Solo la necesidad de un cuerpo junto al mío. Solo el impulso ciego, irracional, de buscar el calor de aquella piel que me había sostenido en el océano.

Me senté junto a él. A una vara de distancia. Después a medio brazo. Después a un palmo. El calor de su cuerpo irradiaba a través de los harapos, a través del aire helado, como una promesa silenciosa.

Idris abrió los ojos. Me miró. No dijo nada. No se apartó.

El frío arreció. El viento cambió. Trajo consigo una ráfaga helada que me arrancó un escalofrío. Me encogí. Me froté los brazos. No bastaba.

Idris extendió la manta que cubría sus hombros. La abrió. Un gesto. Una invitación muda.

Dudé. Un latido. Dos. Tres. Rodrigo. El altar. El juramento. La sangre en las losas.

Me metí bajo la manta.

El calor me envolvió. Inmediato. Total. Un calor que no era solo físico.

Que se instalaba en la piel, en los músculos, en el centro del pecho, y derretía algo que llevaba diez días congelado.

El cuerpo de Idris, a mi lado, irradiaba como un horno.

Su hombro contra el mío. Su brazo, extendido bajo la manta, rozando mi cadera.

No hablamos. No hacía falta. El silencio del desierto nos envolvía, nos protegía, nos convertía en dos siluetas bajo una manta, indistinguibles de cualquier otra sombra.

Su mano buscó la mía. Bajo la tela. En la oscuridad.

Los dedos, ásperos, calientes, marcados por las cicatrices de los grilletes, se entrelazaron con los míos.

Un apretón. Firme. Breve. Después, el pulgar trazó un arco lento sobre el dorso de mi mano.

Como aquella noche en la bodega. Como si el gesto fuera un idioma propio, un alfabeto de dos letras que solo nosotros conocíamos.

No retiré la mano.

—No deberíais —susurré. Apenas un movimiento de labios.

—Lo sé.

—Soy viuda. De tres días.

—Lo sé.

—Vos sois un príncipe. Un hombre con un reino al que volver.

—Mi reino está a mil leguas. Encadenado. Como yo.

Silencio. El viento aulló. Las llamas crepitaron. Su pulgar siguió trazando aquel arco. Lento. Hipnótico. Una caricia que no pedía nada. Que no exigía. Que simplemente estaba. Como una mano extendida en la oscuridad.

—Idris.

—¿Sí?

—¿Qué somos?

Una pausa. Su mano se detuvo. Sus dedos apretaron los míos.

—Dos personas que no deberían estar bajo la misma manta.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Otro silencio. Más largo. Más denso. El desierto respiraba a nuestro alrededor, exhalando un frío que ya no sentía, que ya no importaba.

Porque debajo de la manta, en aquel palmo de espacio compartido, el mundo se había reducido al calor de su piel, al ritmo de su respiración, al latido de su corazón que sentía contra mi hombro.

Me giré hacia él. En la penumbra, su rostro estaba a un palmo del mío.

Los ojos dorados, abiertos, me miraban con una intensidad que me robó el aliento.

No había lujuria en aquella mirada. No había hambre.

Había algo más peligroso. Más hondo. Una ternura feroz, contenida, que pugnaba por salir y no se atrevía.

Sus dedos me rozaron la mejilla. Apartaron un mechón de cabello. La yema del pulgar me trazó la línea de la mandíbula. Un roce. Mínimo. Eléctrico. Que me erizó la piel del cuello, de los brazos, del vientre.

—Dormid —murmuró. Su voz, ronca, apenas un hilo de sonido—. Mañana será otro día de sol y arena. Y yo estaré encadenado. Y vos cabalgaréis lejos. Y esta noche no habrá existido.

Asentí. Cerré los ojos. No dormí. Permanecí despierta, con su mano en la mía, con su calor contra mi espalda, con el fantasma de Rodrigo susurrándome al oído que aquello estaba mal, que aquello era traición, que una esposa no busca el calor de otro hombre bajo una manta de lana.

Pero Rodrigo estaba muerto. Y yo estaba viva. Y la vida, en el desierto, se aferraba a lo que podía. A una mano. A un latido. A un palmo de calor compartido bajo un cielo de estrellas indiferentes.

La tormenta llegó al noveno día.

No la vi venir. Nadie la vio. Surgió del horizonte como una pared.

Una muralla de arena rojiza, de mil varas de altura, que avanzaba hacia nosotros con la lentitud de un glaciar y la inevitabilidad de la muerte.

El cielo se tiñó de ocre. El sol desapareció.

El aire se volvió sólido, denso, irrespirable.

—¡Tormenta! —aulló Yusuf desde la vanguardia—. ¡Cubrid los camellos! ¡Ataos los unos a los otros! ¡No os separéis!

El caos. Los mercenarios gritaban. Los camellos bramaban. Elvira se aferró a mi cintura. La yegua relinchó, se encabritó, me arrojó de la silla. Caí sobre la arena. El impacto me arrancó el aire de los pulmones.

En aquel momento, el viento.

No un viento. Un muro. Una fuerza ciega, total, que me arrastró por la arena como una hoja seca.

La arena me golpeaba el rostro, los ojos, la boca.

Me llenaba las fosas nasales, los oídos, la garganta.

No veía. No respiraba. No oía nada que no fuera el rugido del desierto, un rugido que no pertenecía a ningún animal, a ningún dios, a ningún hombre.

Un rugido que era la voz del Sáhara mismo, hambriento, furioso, reclamando lo que le pertenecía.

Gateé. Intenté arrastrarme hacia la caravana. Hacia Elvira. Hacia cualquier cosa sólida, reconocible, humana. Pero la arena me tragaba. Me empujaba. Me arrastraba en una dirección que no controlaba, que no elegía.

—¡Elvira! —grité. El viento me arrancó la palabra de la boca. La convirtió en nada.

—¡Idris!

Nada. Solo arena. Solo viento. Solo la oscuridad rojiza que me envolvía como un sudario.

Y después, la nada.

La nada absoluta. El silencio después del rugido. La quietud después del caos. Abrí los ojos. Arena. Arena en todas direcciones. Sin caravana. Sin hogueras. Sin camellos. Sin voces. Sin huellas.

Sola.

Perdida en el corazón del Sáhara. Con el sol comenzando a asomar sobre el horizonte. Con el odre vacío. Con la camisa empapada de sudor y arena. Con el cuchillo de obsidiana cosido al dobladillo.

Pero sin un solo punto cardinal que me dijera hacia dónde caminar.

El desierto se extendía. Infinito. Hambriento. Eterno.

Yo, Mencía de Lara, señora sin hogar, viuda sin tumba, cautiva sin cadenas, me puse en pie. Me sacudí la arena de los hombros. Alcé la barbilla.

Los Lara no se pierden.

Aunque tengan que caminar hasta el fin del mundo para encontrarse.