La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 10. El pacto de la arena
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CAPÍTULO 10. El pacto de la arena

Yusuf no dejó que el mercader respondiera.

Surgió de la sombra de la puerta de cedro como un espectro al mediodía, con la túnica de lino impecable y las manos a la espalda. El mercader, al verlo, palideció. Retrocedió un paso. Dos. Las mulas resoplaron, inquietas, tirando del carro.

—Soltad las cadenas del africano —ordenó Yusuf. Su voz, baja, plana, no admitía réplica—. Y marchaos. Vuestro oro os será devuelto.

El mercader abrió la boca. La cerró. Miró a Yusuf. Miró a Idris. Miró hacia mí, con una última expresión de codicia que me revolvió el estómago. Y después, con la dignidad herida de quien pierde una subasta, soltó el látigo al cinto, escupió en el suelo y se alejó calle abajo.

Idris quedó libre. Las cadenas cayeron. El príncipe de Malí se frotó las muñecas, con los ojos clavados en mí. En su mirada, una tormenta que no lograba descifrar. Furia. Dolor. Y algo más. Algo que ardía en el fondo de aquellas pupilas doradas como una brasa bajo ceniza.

—¿Qué habéis hecho? —Su voz, ronca, apenas un hilo de sonido.

—Salvaros.

—No os lo pedí.

—No hacía falta.

Se acercó. Un paso. Dos. Se detuvo ante mí. Tan cerca que sentí el calor de su piel, el aroma a salitre y a sangre seca que aún impregnaba sus harapos.

—Vuestra virginidad. —La palabra, en su boca, sonó a insulto. A herida—. Habéis ofrecido vuestra virginidad a un mercader de sal. Por mí.

—Por vos. Por Elvira. Por lo que queda de mí. —Alcé la barbilla—. No me pidáis que me arrepienta. No me queda arrepentimiento. Solo queda cálculo. Y el cálculo decía que las minas de sal os matarían en una semana.

Idris apretó la mandíbula. Los músculos del cuello se le tensaron como cuerdas.

Quiso decir algo. Abrió la boca. La cerró.

Y en su silencio, en la forma en que sus manos se abrían y cerraban a los costados, vi una lucha que no era conmigo.

Era consigo mismo. Con el orgullo de un príncipe que no acepta ser salvado.

Con la impotencia de un hombre encadenado que no puede proteger a quien lo protege.

—Vamos dentro —cortó Yusuf. Su voz, desde la puerta, sonó como una sentencia—. Los tres. Hay mucho que discutir.

El despacho de Yusuf olía a madera de sándalo y a tinta.

Una estancia amplia, con las paredes cubiertas de mapas enrollados y estantes de libros en árabe y latín.

Un escritorio de ébano, enorme, ocupaba el centro.

Sobre él, un astrolabio de bronce, una daga con la empuñadura de marfil y un cofre.

Un cofre pequeño, de ébano negro, con cerradura de plata. Cerrado. Sellado.

Yusuf se sentó tras el escritorio. Nos señaló tres sillas. Idris se quedó de pie. Yo me senté. Elvira, que me había seguido desde el harén con los ojos enormes y los labios temblorosos, se acurrucó a mis pies.

—El trato cambia —anunció Yusuf. Entrelazó los dedos sobre el escritorio. Me miró. Sus ojos verdes, bajo la luz de la lámpara, tenían el brillo frío de una moneda recién acuñada—. No venderé vuestra virginidad a un mercader. No soy tan vulgar.

—¿Entonces?

—Me acompañaréis. Al sur. Al corazón del África. Al Imperio de Malí. —Una pausa. Sus labios se curvaron en aquella sonrisa torcida que ya conocía, que ya temía—. El Mansa guarda minas de oro que harían palidecer a los reyes de Castilla. Y yo pienso tomarlas.

Elvira, a mis pies, se apretó contra mi tobillo. Idris, de pie junto a la ventana, se tensó como una cuerda de arco.

—Malí es mi tierra —murmuró el príncipe. Su voz, apenas audible, vibraba con una rabia contenida—. Mi padre. Mi sangre. Mi gente.

—Precisamente. —Yusuf lo señaló con un dedo—. Seréis el guía. Conoceréis las rutas, los oasis, las defensas. Seréis mi mapa y mi llave. Encadenado, por supuesto. Pero vivo. Y entero.

—¿Y si me niego?

—Entonces vuelvo a venderos al mercader de sal. Y esta vez, no habrá castellana que ofrezca su cuerpo por vos.

Idris apretó los puños. Los nudillos se le volvieron blancos. Me miró. Una mirada breve, intensa, que duró un latido y contuvo una pregunta que no necesitaba palabras: ¿Vale la pena? ¿Vale la pena salvarme a este precio?

No respondí. No hacía falta. Ambos conocíamos la respuesta.

—Acepto —dije. La voz me salió firme. Plana. Sin temblor—. Acepto la expedición. Acepto el sur. Acepto las minas de oro y las cadenas y el desierto. Con dos condiciones.

Yusuf alzó una ceja.

—¿Condiciones?

—Primera: mi hermana viene conmigo. En todo momento. A mi lado. Nadie la toca. Nadie la mira. Nadie la vende. Si un solo hombre le pone las manos encima, me corto la garganta delante de vos y os quedáis sin vuestra rosa castellana.

Elvira se apretó más contra mi tobillo. Sus dedos, helados, me rodearon la piel.

—Segunda: el príncipe de Malí conserva la vida. No se le ejecuta. No se le mutila. No se le vende. Será vuestro guía, vuestro prisionero, lo que queráis. Pero respira. Come. Bebe. Y al final de la expedición, si sobrevivimos, lo liberáis.

Yusuf guardó silencio. Un silencio largo, calculado, en el que sus ojos verdes me recorrieron como un escribano recorre un contrato buscando la letra pequeña.

—Acepto la primera —dijo al fin—. Vuestra hermana queda bajo vuestra custodia. Acepto la segunda, con una salvedad: el príncipe vivirá mientras me sea útil. El día que deje de serlo, el pacto se disuelve.

—Acepto.

—Entonces partimos mañana. Al alba. Caravana de cuarenta hombres.

Veinte camellos. Armas, agua, provisiones para tres meses.

—Se recostó en la silla. Cruzó los brazos—.

Y vos, señora de Lara, cabalgaréis a mi lado.

No en la retaguardia. No entre los esclavos.

A mi lado. Donde pueda veros. Donde podáis ver lo que hago. Lo que soy.

Asentí. No había más que discutir. El pacto estaba sellado. Con palabras, no con sangre. Aún.

Idris se giró hacia la ventana. Su perfil, recortado contra la luz del amanecer, era una línea dura, tensa, de mandíbula apretada y ojos cerrados. Malí. Su tierra. Su padre. Su gente. Y él, encadenado, guiando al enemigo hacia el corazón de su reino.

No supe qué decirle. No había palabras para aquello. No había lengua, castellana o africana, que contuviera el peso de una traición así.

La caravana partió al alba.

Cuarenta hombres. Mercenarios, en su mayoría.

Berberiscos, árabes, un par de renegados cristianos con la piel curtida por el sol y los ojos vacíos de quien ha visto demasiado.

Veinte camellos cargados de odres de agua, sacos de grano, armas envueltas en tela encerada.

Y en el centro de la columna, encadenado a un camello de carga, Idris.

Con los grilletes en las muñecas y una cuerda al cuello que lo unía a la bestia como un animal de tiro.

Elvira cabalgaba conmigo. En una yegua baya, mansa, que Yusuf había dispuesto para nosotras. Mi hermana se aferraba a mi cintura con ambas manos, con el rostro oculto en mi espalda, sin mirar hacia adelante. Sin mirar hacia el sur. Hacia el horizonte que se extendía como una promesa vacía.

El desierto comenzó al tercer día.

No de golpe. No como en los relatos, donde la arena surge de pronto y devora el mundo.

No. Fue gradual. La tierra se volvió más seca.

Más dura. Los arbustos, más escasos. El verde, más pálido.

Hasta que un amanecer, al abrir los ojos, vi que el mundo había cambiado.

Que la tierra bajo los cascos de la yegua ya no era tierra.

Era arena. Fina. Dorada. Infinita. Extendida en todas direcciones como un océano sin orillas, sin fondo, sin misericordia.

El sol. El sol del Sáhara no es el sol de Castilla.

No calienta: quema. No ilumina: ciega. No acaricia: golpea.

Un martillo de luz blanca que cae vertical sobre la cabeza y derrite la voluntad, el pensamiento, la memoria.

Al segundo día de desierto, ya no recordaba el olor del azahar.

Al tercero, había olvidado el sonido del agua en la fuente del patio.

Al cuarto, solo existía el calor. La sed. La arena.

Yusuf cabalgaba a mi lado. En un camello blanco, enorme, con una silla de cuero repujado y un dosel de tela que lo protegía del sol.

Me hablaba. Cada día. Con aquella voz calma, culta, que contrastaba con la brutalidad de sus actos.

Me hablaba de Granada. De la Alhambra. De los jardines que su padre había plantado y que los castellanos habían arrancado.

Me hablaba del exilio. De la miseria. De los años en las galeras, remando como un esclavo en el barco de otro.

Me hablaba de la venganza como quien habla de una oración: con devoción, con paciencia, con la certeza de que un día será escuchada.

Yo no respondía. Escuchaba. Observaba. Calculaba. Porque debajo de las palabras, debajo de la cortesía, Yusuf era un hombre roto. Un hombre que había construido un imperio de crueldad sobre los cimientos de una herida que nunca cerró. Y un hombre roto es peligroso. Pero también es predecible.

Fue al quinto día de desierto cuando descubrí el cofre.

La caravana acampó al atardecer, junto a un pozo seco que los hombres de Yusuf lograron desenterrar tras dos horas de cavar. Los mercenarios montaron las tiendas. Encendieron hogueras. Elvira dormía en la nuestra, agotada, con los labios agrietados y las mejillas quemadas por el sol.

Me acerqué a la tienda de Yusuf. No con intención. No con plan. Con curiosidad. Con la necesidad de entender al hombre que me arrastraba hacia el corazón del África. La tienda estaba abierta. Yusuf no estaba dentro. Los mercenarios bebían en torno a la hoguera.

Entré.

La tienda era amplia, con alfombras de lana y cojines de seda. Y en el centro, sobre un arcón de madera, el cofre de ébano. El mismo que había visto en su despacho de Túnez. Pequeño. Negro. Con la cerradura de plata.

No sé qué me impulsó. La curiosidad. La rabia. La necesidad de encontrar una grieta en la armadura de aquel hombre, un punto débil, una vulnerabilidad que pudiera usar. Extendí la mano. Toqué la cerradura. No estaba cerrada. El pestillo cedió con un clic suave.

Abrí el cofre.

Pero el mundo se detuvo.

Dentro, sobre un lecho de seda negra, descansaba una cabeza.

Una cabeza humana. Embalsamada. Desecada.

Con la piel tirante, adherida al hueso, de un color pardo que alguna vez fue dorado.

Los ojos, cerrados. Los labios, sellados con hilo de oro.

Una corona. Una pequeña corona de filigrana, hundida en el cabello ralo, gris.

Y un pañuelo de seda, doblado bajo la nuca, bordado con un lema en árabe que no logré descifrar.

La cabeza del último rey nazarí de Granada. El padre de Yusuf. El hombre que lo había negado, que lo había arrojado al mar, que lo había condenado a una vida de esclavitud y rabia.

Y Yusuf la llevaba consigo. Por el desierto. Por el mundo. Como una reliquia. Como un recordatorio. Como una herida que se niega a cicatrizar.

Un ruido a mis espaldas. Me giré.

Yusuf estaba en la entrada de la tienda. Inmóvil. Con los ojos fijos en el cofre abierto. En la cabeza de su padre expuesta a la luz de la hoguera.

No gritó. No me golpeó. No me arrastró fuera.

Sonrió.

Una sonrisa distinta a las anteriores. Sin crueldad. Sin cálculo. Una sonrisa triste, desnuda, de niño perdido.

—Mi padre —murmuró. Solo eso. Dos palabras. Con una voz que no le reconocí. Que no pertenecía al pirata, al corsario, al hombre que azotaba y vendía y mataba. Una voz de hijo. De hijo que nunca tuvo padre.

Cerré el cofre. Retrocedí. Salí de la tienda.

Y en la oscuridad del desierto, con las estrellas ardiendo sobre mi cabeza como un millón de ojos indiferentes, comprendí que Yusuf ibn Ismail no era mi enemigo.

No exactamente. Era algo peor. Era un espejo.

Un hombre roto que arrastraba a otros hacia la misma fractura.

Un hombre que amaba un cadáver y odiaba a los vivos.

Pero yo, Mencía de Lara, caminaba a su lado hacia el corazón del África. Hacia las minas de oro del Mansa. Hacia un destino que ningún mapa de Castilla se atrevía a trazar.

Con el cuchillo de obsidiana cosido al dobladillo de la camisa. Con Elvira dormida en mi tienda. Con Idris encadenado a un camello, a diez varas de distancia, mirándome en la oscuridad con aquellos ojos dorados que no dejaban de buscarme.

El desierto se extendía. Infinito. Hambriento. Eterno. Fue entonces cuando nosotros, pequeños como granos de arena, caminábamos hacia su boca abierta.