La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 9. El harén de Yusuf
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CAPÍTULO 9. El harén de Yusuf

El harén olía a rosas y a encierro.

Una mujer de rostro velado me condujo por un corredor de mármol veteado, bajo arcos de yeso labrado que repetían una geometría infinita de estrellas y rombos.

Mis pies descalzos sentían la frialdad de la piedra, la humedad de un suelo que alguien acababa de fregar con agua de azahar.

Elvira caminaba detrás de mí, con los dedos aferrados al dobladillo de mi camisa, en silencio, con los ojos muy abiertos absorbiendo cada detalle como un animal que reconoce un territorio nuevo y peligroso.

La mujer se detuvo ante una puerta de cedro tallado. Empujó. Y el mundo cambió.

Una estancia amplia. Amplísima. Con techos de madera pintada en azul y oro, con divanes de seda esparcidos sobre alfombras de lana anudada, con braseros de cobre que perfumaban el aire con incienso de mirra.

Y mujeres. Decenas de mujeres. Reclinadas, sentadas, de pie junto a las ventanas enrejadas que daban al patio.

Mujeres de todas las pieles: blanca como la leche, dorada como el trigo, oscura como la caoba.

Mujeres con el cabello recogido en trenzas, suelto sobre los hombros, oculto bajo pañuelos de seda. Mujeres que me miraron al entrar.

Todas. Al unísono. Como un solo organismo con veinte pares de ojos.

Y en aquellas miradas no había curiosidad. No había bienvenida. Había cálculo. Evaluación. La misma expresión con que una manada de lobas observa a la recién llegada: midiendo la amenaza, calculando el lugar que ocupará en la jerarquía, decidiendo si es presa o rival.

Sentí el peso de aquellos ojos como una segunda piel. Me erguí. Alcé la barbilla. Los Lara no se encogen. No se esconden. No piden permiso para existir.

—Mencía de Lara —anunció la mujer del velo, en un castellano torpe—. Esposa del señor de Castilla. Favorita del capitán.

Un murmullo recorrió la estancia. Un roce de telas, un tintineo de brazaletes, un susurro en tres lenguas distintas que no logré descifrar. Las mujeres se apartaron. Me abrieron paso. No por respeto. Por precaución. Como se aparta uno de una brasa que puede saltar.

Me condujeron a un rincón. Un diván de seda verde, con cojines bordados en hilo de plata.

Me senté. Elvira se acurrucó a mi lado. Y esperé.

Esperé con las manos en el regazo y la espalda recta y la mandíbula apretada, mientras las otras mujeres me observaban desde sus divanes, desde sus ventanas, desde sus rincones, como arañas que vigilan desde el centro de sus telas.

Fue al caer la tarde cuando apareció Zoe.

No la vi llegar. La sentí. Un perfume distinto al de las demás: no rosas, no jazmín, no almizcle. Sal. Sal marina y hierbas amargas. El olor de una costa lejana. De un mar distinto al Mediterráneo.

—Así que eres la castellana.

La voz, grave, con un acento que no logré ubicar. Griego, quizás. O algo más antiguo, más erosionado por los años y los idiomas.

Alcé la mirada.

Zoe. Alta. Más alta que yo, con una cabeza de ventaja.

El cabello rubio ceniza, recogido en una trenza gruesa que le caía sobre el hombro izquierdo.

La piel pálida, casi translúcida, surcada por una red de venas azuladas en las sienes y el cuello.

Los ojos grises. De un gris frío, metálico, como el acero antes de ser forjado.

Y una cicatriz. Fina, blanca, casi invisible, que le cruzaba la mejilla derecha desde el pómulo hasta la mandíbula.

Se sentó junto a mí. Sin pedir permiso. Sin anunciarse. Con la naturalidad de quien ocupa un lugar que le pertenece por derecho de antigüedad.

—Zoe —se presentó. Sin título. Sin reverencia—. Griega de Tesalónica. Llevo cuatro años en esta jaula de oro.

—Mencía.

—Ya lo sé. Todo el harén lo sabe. La castellana que escupió al subastador. La que mató a un marinero en la bodega. —Una pausa. Sus ojos grises me recorrieron con una atención quirúrgica—. La que rechazó a Yusuf.

El nombre, en su boca, sonó distinto. No con miedo. No con odio. Con algo más complejo. Más antiguo. Una familiaridad que me revolvió el estómago.

—¿Lo conocéis bien? —pregunté.

—Lo conozco. Que no es lo mismo. —Se recostó contra los cojines. Cruzó las piernas. Un gesto de una languidez estudiada, felina—. Cuatro años en su lecho. Cuatro años aprendiendo sus silencios, sus furias, sus manías. Cuatro años siendo la favorita. La primera. La única a la que no ha golpeado.

—¿Y las otras?

Zoe me miró. Y en sus ojos grises, bajo la languidez, vi algo que me heló la sangre. Compasión. Una compasión vieja, gastada, de quien ha visto demasiado para seguir sorprendiéndose.

—¿Las que lo rechazaron? —Una pausa. Se mordió el labio inferior—.

Ninguna salió viva de su lecho. Ninguna.

Las hay que intentaron huir. Las que le arañaron.

Las que le escupieron, como vos. —Señaló la ventana enrejada—.

Las entierran en el jardín. Bajo los rosales. Hay catorce. Catorce tumbas sin nombre.

Elvira, a mi lado, se apretó contra mi brazo. Sus dedos se clavaron en mi piel.

—No os lo cuento para asustaros —continuó Zoe, con una voz plana, despojada de emoción—.

Os lo cuento para que sepáis. Para que cuando Yusuf os llame, cuando os tienda la mano y os sonría con aquella sonrisa suya de príncipe sin reino, recordéis que debajo de la seda hay catorce huesos. Catorce mujeres que dijeron que no.

Tragué saliva. El nudo en la garganta no se deshizo.

—¿Por qué me lo decís?

Zoe ladeó la cabeza. La cicatriz de la mejilla se le tensó con el gesto.

—Porque me aburrís. —Una sonrisa seca, sin humor—.

Cuatro años rodeada de mujeres que lloran, que suplican, que se desmayan.

Y llegáis vos. Con la sangre seca en las manos y la barbilla alzada y los ojos de quien ha matado y no se arrepiente.

Me aburrís, castellana. Y el aburrimiento, en una jaula, es peor que la crueldad.

Se puso en pie. Alisó los pliegues de su túnica de seda azul. Se inclinó hacia mí. Su aliento olía a hierbas amargas.

—Un consejo. El único que os daré. No lo rechacéis dos veces. La primera vez, lo divierte. La segunda, lo enfurece. Y Yusuf enfurecido no mata rápido. Yusuf enfurecido se toma su tiempo.

Se alejó. Sus pasos, silenciosos sobre la alfombra, se perdieron entre los divanes.

Me quedé inmóvil. Con Elvira apretada contra mi costado. Con el perfume de Zoe aún flotando en el aire. Con la imagen de catorce tumbas bajo los rosales grabada a fuego en la memoria.

Catorce mujeres. Catorce nombres borrados. Catorce huesos alimentando las raíces de un jardín.

Pero yo, la decimoquinta. La castellana que escupió y mató y rechazó. La rosa que Yusuf quería arrancar del tallo.

Miré mis manos. Las palmas. Los dedos. La piel blanca, suave, que Rodrigo había besado tantas noches.

Aquellas manos que bordaban flores de seda y pasaban las páginas de los libros y sostenían la copa de vino en las cenas del alcázar.

Aquellas manos que habían empuñado un cuchillo de obsidiana y sentido la carne ceder.

Mi belleza. La comprendí por fin. No como un don.

No como una maldición. Como un arma. Un arma de doble filo que cortaba en ambas direcciones.

Que atraía las manos de los hombres y las apartaba a la vez.

Que me salvaba y me condenaba en el mismo gesto.

Que me convertía en la pieza más valiosa del tablero y, por tanto, en la más vigilada. En la más cercada. En la más sola.

Elvira se durmió. Acurrucada contra mi costado, con la respiración lenta y los labios entreabiertos. La observé. Catorce años. Los rizos cobrizos desparramados sobre la seda verde. La piel pecosa, aún con marcas de salitre. La curva suave de la mejilla, aún redonda, aún infantil.

¿Cuánto tiempo le quedaría antes de que Yusuf la mirara como me miraba a mí? ¿Antes de que algún jeque, algún mercader, algún hombre con los dedos cargados de anillos, la examinara como se examina una yegua en el mercado?

Apreté los puños. No. No lo permitiría. Antes muerta. Antes convertida en la decimoquinta tumba bajo los rosales.

La noche cayó sobre el harén como un telón de terciopelo. Las mujeres se retiraron a sus alcobas. Los braseros se apagaron. Solo quedó el resplandor de una lámpara de aceite en el rincón donde Elvira dormía, y el silencio, denso, cargado de perfumes dormidos.

No dormí. Escuché. Conté los pasos del guardia tras la puerta.

Medí el tiempo entre los relevos. Calculé distancias, rutas, posibilidades.

La mente trabajando. Siempre trabajando.

Porque detenerse significaba sentir. Y sentir significaba recordar.

Y recordar significaba ver la cimitarra, el crujido, la sangre en las losas.

Al amanecer, el grito me arrancó del letargo.

No era Elvira. No era Zoe. Era una de las esclavas del harén, una mujer joven de piel oscura que irrumpió en la estancia con los ojos desorbitados y las manos retorcidas.

—¡El africano! ¡El príncipe! ¡Lo venden! ¡Lo llevan a las minas!

Me puse en pie. El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué?

—¡El de la bodega! ¡El de la piel oscura! ¡Yusuf lo ha vendido esta madrugada! ¡Un mercader de sal! ¡Lo llevan al Sáhara!

Idris.

Las minas de sal del Sáhara. Sabía lo que significaba.

Lo había leído en las crónicas de Marco Polo, en los relatos de los mercaderes que llegaban a Castilla con los labios agrietados y los ojos llenos de un horror que no sabían nombrar.

Hombres que trabajaban hasta caer. Que morían de sed con la boca llena de sal.

Que se convertían en esqueletos bajo un sol que derretía la voluntad.

No. No. No.

Corrí. Salí del harén. Descalza, en camisa, con el cabello suelto golpeándome la espalda. Elvira gritó mi nombre a mis espaldas. No me detuve. Crucé el patio de los naranjos, el corredor de mármol, la puerta de cedro. Salí a la calle.

Lo vi.

Un carro. Un carro de madera tirado por dos mulas, cargado de sacos de sal.

Y encadenado al costado del carro, con los grilletes en las muñecas y los tobillos, Idris.

Caminando. Con la espalda vendada, con los harapos pegados al cuerpo, con la cabeza baja pero la columna recta.

Caminando hacia el sur. Hacia el desierto. Hacia la muerte.

Un hombre gordo, con un turbante amarillo y un látigo al cinto, tiraba de las mulas. El mercader. El comprador.

Corrí. Los pies descalzos sobre las losas calientes. Las cadenas que aún me colgaban de los tobillos, arrastrándose, golpeando. La camisa pegada al cuerpo, transparente al sol.

—¡Esperad!

El mercader se giró. Me miró. Sus ojos, pequeños, grasientos, me recorrieron de arriba abajo. Se detuvo.

—¡Esperad! —repetí, jadeando. Me planté ante el carro. Ante Idris, que alzó la cabeza y me miró con aquellos ojos dorados, sorprendidos, desorbitados—. Soltadlo.

El mercader rio. Una risa breve, burlona.

—¿Soltarlo? ¿Y quién sois vos para pedirme eso, mujer?

—Mencía de Lara. Señora de Castilla.

—Aquí no hay señoras. Aquí hay mercancía. Y ese —señaló a Idris con el látigo— es mi mercancía. Pagada. Sellada. Mía.

Idris me miró. Negó con la cabeza. Un gesto mínimo, casi imperceptible. No. No lo hagáis. No os rebajéis.

No le hice caso.

Me giré hacia el mercader. Tragué saliva. Sentí el orgullo de los Lara arder en el pecho como una llama que se niega a extinguirse. Y lo aplasté. Lo aplasté bajo el peso de una necesidad más urgente, más feroz, más primitiva que cualquier linaje.

—Os ofrezco un trato.

El mercader alzó una ceja.

—¿Un trato?

—Mi virginidad. —Las palabras salieron de mi boca como piedras. Duras. Frías. Irrevocables—. Mi virginidad, intacta, de noble castellana. A cambio de la libertad del príncipe. Un mes. Una noche. Lo que queráis. A cambio de soltar esas cadenas.

Silencio.

El mercader parpadeó. Idris abrió la boca. La cerró. En sus ojos dorados, una tormenta. Furia. Dolor. Algo que se parecía al amor y no se atrevía a nombrarse.

El mercader me examinó. Me recorrió con los ojos. Se relamió. Y sonrió.

—Interesante —murmuró—. Muy interesante.

Y en el silencio que siguió, con el sol de Túnez quemándome la piel y la sombra del carro proyectándose sobre las losas como una mancha de tinta, sentí que algo se quebraba dentro de mí.

No el orgullo. El orgullo ya lo había aplastado.

Algo más hondo. Más íntimo. La última promesa que le había hecho a Rodrigo en el altar.

La última fibra que me unía a la mujer que fui antes de la noche de los cirios rotos.

Pero Idris estaba vivo. Y las minas de sal eran una muerte lenta, agonizante, sin redención.

Fue cuando yo, Mencía de Lara, viuda de tres días, cautiva sin cadenas, asesina de un marinero, haría lo que hiciera falta.

Aunque me costara el alma.

Si bien me costara todo lo que quedaba de mí.