La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 8. El zoco de las almas
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CAPÍTULO 8. El zoco de las almas

Túnez olía a especias y a miseria.

Lo primero que sentí al pisar tierra firme fue la estabilidad.

Tres días de vaivén, de balanceo, de olas golpeando el casco como puños contra un ataúd, me habían convertido el cuerpo en un péndulo.

El suelo no se movía. Las losas del muelle estaban quietas, sólidas, inamovibles.

Y aquella quietud, después de tanto mar, me provocó un vértigo que me dobló las rodillas.

Elvira se aferró a mi brazo. Tenía el rostro ceniciento, los labios azules, los ojos enormes en un rostro demasiado pequeño para contener tanto terror.

Catorce años. Catorce años y un océano cruzado y un hombre degollado en la memoria.

Y ahora esto. El sol de África. El bullicio del puerto.

Las cadenas nuevas, más pesadas, que nos habían colocado al desembarcar.

Nos arrastraron por las calles. Un grupo de doce cautivos encadenados en fila, custodiados por seis mercenarios con cimitarras y turbantes de tela oscura.

La gente nos miraba. No con horror. No con lástima.

Con curiosidad. Con la misma expresión con que se observa una recua de mulas o un carro de fruta.

Una mujer escupió a nuestro paso. Un niño rio.

Un anciano negó con la cabeza y siguió caminando.

El zoco estaba en el corazón de la medina.

Una plaza amplia, rodeada de soportales de piedra arenisca, con toldos de lona que proyectaban sombras geométricas sobre el suelo.

El aire olía a canela, a cuero curtido, a sudor humano, a incienso y a algo más oscuro, más dulce, que tardé en identificar: jazmín podrido.

Flores marchitas aplastadas bajo los pies de la multitud.

Nos condujeron a una plataforma. Un tablado de madera elevada, de tres varas de altura, con una barandilla de cuerda y un poste central donde se ataba la mercancía. La mercancía. Nosotros.

Un hombre de barba gris y túnica rayada nos empujó hacia la plataforma. Subí. Elvira subió. Los otros cautivos subieron. Y entonces nos arrancaron la ropa.

No toda. No nos desnudaron por completo.

Pero el brial rasgado, los jirones de seda que me habían cubierto durante tres días de bodega y tormenta, fueron arrancados de un tirón.

Me dejaron en camisa. Una camisa de lino, transparente, que se pegaba al cuerpo y no ocultaba nada.

A Elvira le pusieron un velo de seda color azafrán sobre los hombros, tan fino que la tela parecía humo.

A mí, otro. Blanco. Tan ligero que una brisa bastaría para arrancarlo.

El pudor. Dios mío, el pudor. Sentí las miradas como manos.

Decenas de ojos recorriéndome la piel, la curva de la cadera, el contorno de los pechos bajo la tela húmeda.

Hombres con los labios húmedos, con los dedos tamborileando sobre las rodillas, con un hambre en los ojos que no tenía nada que ver con el apetito.

—Mantened la cabeza alta —susurré a Elvira. Le apreté la mano—. No bajéis la mirada. No les deis el gusto de veros avergonzada.

Elvira asintió. Alzó la barbilla. Los rizos cobrizos le caían sobre los hombros, sobre el velo de azafrán. Estaba hermosa. Terriblemente hermosa. Con la belleza frágil, aún no del todo formada, de una niña que se convierte en mujer. Y aquella belleza, en aquel lugar, era una sentencia.

El subastador comenzó. En árabe, con una cadencia cantarina que no comprendía, pero cuyo significado adivinaba por los gestos: señalaba a un cautivo, cantaba un número, la multitud respondía. Un mercader pujaba. Otro. Las monedas tintineaban. Los cuerpos se vendían.

Un hombre. Una mujer. Otro hombre. Los números subían y bajaban como las olas.

Y yo observaba, con la mandíbula apretada y el estómago revuelto, cómo las manos de los compradores tocaban.

Tocaban los brazos, los hombros, las piernas de los cautivos.

Tocaban como se toca una pieza de ganado.

Como se palpa una fruta en el mercado para comprobar si está madura.

Llegó mi turno.

El subastador me señaló. Dijo algo en árabe.

La multitud murmuró. Y entonces, como una ola que crece, las pujas comenzaron.

No en dinares. En cientos de dinares. En miles.

El número subía con una velocidad que me mareaba.

Los hombres se inclinaban hacia adelante, con los ojos fijos en mí, con una codicia que no era solo comercial.

Comprendí. Comprendí con una claridad que me heló la sangre.

Mi belleza. Aquella belleza que Rodrigo había celebrado con versos y besos, que mi madre había cuidado como un jardín, que los Lara llevaban en la sangre como un estandarte.

Aquí, en este zoco, mi belleza no era un don.

Era un precio. Una cifra. Una cantidad de oro que me convertía en la pieza más codiciada del mercado.

Diez veces más que los otros. Diez veces más que la lavandera, que la doncella, que el fraile franciscano que sollozaba en el extremo de la plataforma.

Diez veces más porque mi piel era blanca como la leche, mis ojos verdes como la esmeralda, mi cabello oscuro como la noche castellana.

Porque mis hombros eran rectos y mi cintura estrecha y mis caderas anchas y mi boca, incluso agrietada por la sed, conservaba la curva que Rodrigo había besado tantas veces.

Un mercader se acercó. Un hombre gordo, con los dedos cargados de anillos y la barba teñida de henna. Alzó una mano. Me tocó la mejilla. Le aparté el rostro. Me tocó el brazo. Le escupí. La multitud rio. El subastador me golpeó el hombro con la vara y gritó algo que no entendí.

Elvira. Mi Elvira. Un jeque anciano, envuelto en telas blancas, con los ojos hundidos y las manos como garras de ave, se detuvo ante ella.

La examinó. Le alzó el mentón con un dedo.

Le recorrió el cuello con la mirada. Murmuró algo al subastador.

Una cifra. Alta. Demasiado alta para una niña de catorce años.

Elvira me miró. Sus ojos, enormes, suplicantes, me gritaban lo que su boca no podía. Mencía. Mencía, sálvame.

Di un paso. Las cadenas me detuvieron. Tiré. Tiré hasta que el hierro me mordió los tobillos.

—¡No la toquéis! —grité. En castellano. En la única lengua que me quedaba—. ¡Es una niña! ¡Una niña!

Nadie me entendió. Nadie me miró. El jeque anciano extendió la mano hacia el velo de Elvira. Sus dedos, largos, huesudos, se cerraron sobre la seda.

Y entonces, una voz.

—Suficiente.

Yusuf al-Qurtubi. Surgió de entre la multitud como una sombra que se materializa al mediodía. Con su túnica de lino blanco. Con su barba recortada. Con sus ojos verdes que barrieron la plataforma como una hoja de cuchillo. El jeque anciano se detuvo. Retiró la mano. Retrocedió.

Yusuf subió al tablado. Se detuvo ante nosotras. Me miró. Miró a Elvira. Y una sonrisa, lenta, posesiva, le curvó los labios.

—Estas dos no se venden. —Se giró hacia el subastador. En árabe, con una autoridad que no admitía réplica—. Son mías.

El subastador abrió la boca. La cerró. Asintió. Yusuf nos tomó por las cadenas. Tiró. Nos arrastró fuera de la plataforma, entre la multitud que murmuraba, entre los mercaderes que protestaban, entre las miradas que aún me recorrían la piel como lenguas de fuego.

—¿Adónde nos lleváis? —exigí.

Yusuf no respondió. Caminó. Nos arrastró por las calles de la medina, por callejones estrechos que olían a orina y a jazmín, por arcos de piedra bajo los que la luz se fragmentaba en astillas doradas.

Hasta una puerta. Una puerta de cedro, enorme, con clavos de bronce y una aldaba en forma de cabeza de león.

La puerta se abrió. Un patio. Un patio con una fuente de mármol y naranjos en flor y azulejos azules que brillaban bajo el sol. Un palacio. No una celda. No una mazmorra. Un palacio.

Nos soltó las cadenas. Los grilletes cayeron al suelo con un tintineo. Elvira se frotó las muñecas. Yo me quedé inmóvil, con las manos a los costados, observando a Yusuf mientras se despojaba de la capa y la arrojaba sobre un diván de seda.

—¿Qué sois? —pregunté. La voz me salió ronca, desafiante—. ¿Qué sois, Yusuf al-Qurtubi? ¿Un pirata? ¿Un mercader de esclavos? ¿Un carnicero?

Se giró. Me miró. Y en sus ojos verdes, bajo la luz dorada del patio, vi algo que no había visto antes. Dolor. Antiguo. Profundo. Un dolor que llevaba años, décadas quizás, pudriéndose en el fondo de aquellas pupilas como una herida que no cierra.

—Mi nombre no es Yusuf al-Qurtubi.

Se acercó. Un paso. Dos. Se detuvo ante mí. Tan cerca que sentí el calor de su piel, el aroma a almizcle y a madera de sándalo.

—Mi nombre —continuó, y su voz descendió hasta convertirse en un susurro, en una confesión arrancada del fondo de las entrañas— es Yusuf ibn Ismail.

Hijo bastardo de Ismail ibn Faraj, último rey nazarí de Granada.

Exiliado. Despojado. Juramentado en sangre contra la cristiandad que me robó la corona, el nombre y la patria.

El mundo se detuvo.

Granada. El nombre me golpeó como una bofetada. Granada. El reino que los castellanos habían conquistado hacía apenas dos generaciones. El reino cuya caída aún cantaban los juglares en las cortes de Castilla, con trompetas y estandartes y vino derramado en celebración.

—Sois nazarí —susurré.

—Soy lo que queda de los nazaríes. La ceniza.

El rescoldo. El hijo no reconocido que un rey engendró en una esclava y después olvidó.

—Su sonrisa, torcida, amarga—. Mi padre me negó el nombre.

Me negó la sangre. Me arrojó al mar como se arroja un hueso a los perros.

Y desde el mar, desde la miseria, desde las galeras de Berbería, juré que un día volvería.

Que tomaría lo que me habían robado. Que haría pagar a cada castellano, a cada aragonés, a cada cristiano que plantó su estandarte sobre la Alhambra.

Me miró. Fijamente. Con aquellos ojos verdes que eran los míos. Que tenían el mismo tono exacto que los ojos de los Lara. Que los ojos de Rodrigo.

—Y vos, señora de Lara. Vos sois el instrumento. La llave. La pieza que necesitaba para abrir la puerta de mi venganza.

—¿Qué queréis de mí?

—Vuestra sangre. Vuestro nombre. Vuestra posición. Sois la viuda de un señor de Castilla. Tenéis tierras, títulos, vasallos. Y yo necesito un nombre castellano para entrar en Granada sin que me corten la cabeza.

Elvira, a mi espalda, gimoteó. La fuente del patio cantaba su letanía de agua. Los naranjos perfumaban el aire con una dulzura que me resultó obscena, fuera de lugar, como una canción de cuna en un velatorio.

—No seré vuestra llave —dije. Bajo. Firme. Con la voz de los Lara—. No seré vuestro instrumento. No seré nada vuestro.

Yusuf sonrió. Aquella sonrisa lenta, paciente, de depredador que sabe que la presa está cercada y que el tiempo juega a su favor.

—No hoy. No mañana. Pero un día, señora de Lara, me lo pediréis de rodillas.

Se giró. Caminó hacia la arcada del patio. Se detuvo. Miró por encima del hombro.

—Descansad. Comed. Bañaos. Mañana comienza la verdadera travesía. Nos vamos al sur. Al corazón del África. Donde ni vuestro Dios ni vuestro orgullo podrán seguiros.

Desapareció.

El patio quedó en silencio. Solo la fuente. Solo el perfume del azahar. Solo Elvira, temblando a mi espalda, con los dedos aferrados a mi camisa.

Me giré hacia ella. Le tomé el rostro entre las manos. Le limpié las lágrimas con los pulgares.

—Estoy aquí —susurré—. Estoy aquí, Elvira.

Pero ambas sabíamos que aquellas palabras, repetidas como un conjuro desde la bodega de la galera, comenzaban a perder su poder.

Que cada día, cada legua, cada cadena nueva, nos alejaba más del mundo que conocíamos.

Que África nos esperaba. Que el corazón del continente, aquel lugar sin nombre en los mapas de Rodrigo, abría su boca para tragarnos.

Y que Yusuf ibn Ismail, hijo bastardo de un rey muerto, nos llevaría hasta el fondo de aquella boca. Aunque tuviéramos que caminar sobre brasas para seguirlo. Aunque tuviéramos que convertirnos en ceniza.