CAPÍTULO 7. La primera muerte de Mencía
No pensé.
Si hubiera pensado, si la mente hubiera tenido tiempo de pesar, de calcular, de sopesar las consecuencias con la frialdad de un tribunal, quizás me habría quedado quieta.
Quizás habría gritado. Quizás habría suplicado.
Pero la mente no tuvo tiempo. El cuerpo se adelantó.
El cuerpo, aquel cuerpo traicionero que me había sostenido en el océano, que me había arrastrado por la bodega, que me había obligado a tragar bilis y sangre y agua salada, actuó por cuenta propia.
Tres pasos. Las cadenas de los tobillos me mordieron la piel, me arrancaron un jadeo que ahogué entre los dientes. El marinero estaba de espaldas a mí, inclinado hacia Elvira, con las manos extendidas, con aquella sonrisa húmeda que le pudría el rostro.
—Ven aquí, pequeña. No te voy a hacer daño.
Mentira. La mentira más antigua del mundo. La que todos los hombres como él pronuncian con la boca llena de vino y las manos llenas de intención.
Elvira retrocedió. Las cadenas la detuvieron. Su espalda chocó contra la pared. Ya no había adónde ir. El marinero avanzó. Un paso. Dos. Sus dedos se extendieron hacia el rostro de mi hermana.
Y yo me lancé.
El cuchillo de obsidiana brilló en mi mano.
No lo alcé. No lo blandí. No hubo ceremonia ni dramatismo.
Solo el impulso ciego, animal, de una hermana que ve a otra hermana a punto de ser devorada.
Me arrojé contra la espalda del marinero con todo mi peso, con toda mi rabia, con tres días de hambre y sed y terror acumulados en los músculos como veneno.
La obsidiana entró por el costado del cuello. Justo bajo la oreja. En el triángulo blando donde la piel es fina y la vida late a flor de carne.
El sonido. Dios mío, el sonido. No fue como en las canciones de gesta.
No hubo un chasquido limpio, un golpe seco de espada contra hueso.
Fue un sonido húmedo. Blando. Como hundir un cuchillo en fruta madura.
Como morder un melocotón demasiado hecho.
Un sonido que sentí en los dientes, en la lengua, en el fondo de la garganta.
La sangre brotó. Caliente. Inmediata. Me salpicó el rostro, las manos, el pecho. Un chorro rojo, espeso, que olía a hierro y a sal y a algo más dulce, más profundo, que no supe nombrar. Me llenó la boca. Me cegó. Me empapó el brial hasta calar la piel.
El marinero se giró. Sus ojos, enormes, desorbitados, se clavaron en los míos.
Abrió la boca. Intentó hablar. Intentó gritar.
Pero de su garganta solo salió un borboteo rojizo, una espuma sanguinolenta que le burbujeó entre los labios.
Se llevó las manos al cuello. Tanteó. Intentó arrancar el cuchillo.
Sus dedos resbalaron sobre la obsidiana, sobre la sangre, sobre la herida.
Empujé más. Con las dos manos. Con todo el peso del cuerpo. La hoja se hundió otro palmo. Sentí la resistencia de la carne ceder, sentí el roce contra algo duro, ¿cartílago? ¿vértebra? y después nada. Solo vacío. Solo la certeza horrible de que la hoja había encontrado lo que buscaba.
El marinero cayó. De rodillas primero. Después de bruces. Su frente golpeó las tablas con un sonido sordo. Sus manos arañaron la madera. Una vez. Dos. Tres. Y después, quietud. Una quietud total, absoluta, más elocuente que cualquier grito.
Silencio.
El silencio más denso que he conocido. Más denso que el de la bodega. Más denso que el del océano. Un silencio que tenía peso, textura, sabor. Que me llenó los oídos como algodón empapado.
Me quedé de pie sobre el cadáver. Con las manos extendidas, goteando. Con la obsidiana aún empuñada, resbaladiza de sangre. Con el rostro empapado de rojo. Con el brial pegado al cuerpo, convertido en un harapo escarlata.
Temblaba. No de frío. No de miedo. De algo más hondo. Más primitivo. Una vibración que nacía en la médula de los huesos y se extendía hacia afuera, hacia la piel, hacia las puntas de los dedos, como si el cuerpo entero intentara sacudirse algo que se le había metido dentro y ya no saldría.
Había matado.
Yo, Mencía de Lara, que a los diez años lloré tres días porque un halcón se rompió el ala en el jardín. Que a los quince bordaba flores de seda y leía romances en la biblioteca de padre. Que a los diecinueve juró ante el altar amar y honrar a un hombre hasta que la muerte los separara.
Había matado. Con mis manos. Con un filo de piedra volcánica.
A un hombre cuyo nombre no conocía. Cuyo rostro, bajo la barba enmarañada, aún conservaba una expresión de sorpresa.
De incredulidad. Como si no pudiera creer que una mujer, una noble castellana encadenada en una bodega, le hubiera abierto la garganta.
—Mencía.
La voz de Idris. Baja. Ronca. A mi espalda.
Me giré. Él estaba de pie. Se había incorporado, a pesar de las heridas, a pesar de las cadenas rotas que aún le colgaban de las muñecas. Me miraba. Y en sus ojos dorados, bajo la penumbra de la bodega, ardía algo que me desconcertó. No horror. No repulsión. No miedo.
Admiración. Pura, limpia, sin reservas. Y debajo, algo más oscuro, más cálido, más peligroso. Algo que se parecía al hambre. Al deseo. A la reverencia que un guerrero siente ante otro guerrero que ha demostrado su valía en el campo de batalla.
—Estáis empapada —masculló.
Abrí la boca. La cerré. Intenté hablar. No salió sonido. Solo un chasquido seco en la garganta, como una rama al partirse.
Idris se acercó. Un paso. Dos. Se detuvo ante mí. Alzó la mano. Con una delicadeza que contrastaba con la violencia del momento, me apartó un mechón de cabello pegado a la frente. Sus dedos, ásperos, calientes, me rozaron la sien.
—Habéis salvado a vuestra hermana.
—Lo he matado.
—Sí.
—Lo he matado. —La repetición, absurda, necesaria. Como si decirlo dos veces lo hiciera más real. O menos. Como si las palabras pudieran alterar el hecho, revertirlo, devolverle el aliento al hombre que yacía a mis pies con la garganta abierta.
—Sí —repitió Idris. Su pulgar me trazó una línea en la mejilla, retirando un reguero de sangre seca—. Y volveríais a hacerlo.
No era una pregunta. Era una certeza. Una lectura de mi alma tan precisa que me asustó.
Porque tenía razón. Volvería a hacerlo. Mil veces.
Diez mil. Si alguien ponía las manos sobre Elvira, yo le abriría la garganta con los dientes si no tenía cuchillo.
Con las uñas. Con la frente. Con lo que fuera.
—El cuerpo. —Idris bajó la mirada hacia el cadáver. Su voz cambió. Se volvió práctica, urgente, despojada de toda emoción—. Tenemos poco tiempo. El relevo de guardia es al alba. Si encuentran el cuerpo, nos matarán a todos.
Asentí. Tragué la bilis que me subía por la garganta. Me obligué a mirar. A pensar. A funcionar.
—El barril. —Señalé hacia el fondo de la bodega. Un barril enorme, de roble podrido, que contenía agua estancada desde hacía semanas. Un agua verde, espesa, que apestaba a algas y a podredumbre—. Metedlo ahí. Nadie abrirá ese barril. El hedor basta para mantener alejado a cualquiera.
Idris asintió. Se acuclilló junto al cadáver. Lo agarró por los tobillos. Yo lo tomé por los hombros. El peso era enorme. Muerto, un cuerpo pesa más que vivo. Es una ley que nadie enseña y que solo se aprende cargando.
Lo arrastramos. Tres varas. Cuatro. Cinco. Con las cadenas arrastrándose tras nosotros, con las manos resbalando sobre la sangre, con el cuerpo del marinero golpeando las tablas a cada movimiento. Idris siseó de dolor al tirar de la espalda destrozada. Yo apreté los dientes y seguí empujando.
El barril. Retiramos la tapa de madera. El hedor nos golpeó como un muro físico.
Agua verde, espesa, con una capa de moho flotando en la superficie.
Idris alzó el cuerpo. Yo lo empujé por los pies.
El cadáver se hundió en el líquido con un chapoteo sordo, obsceno.
El agua rebosó por los bordes, derramándose sobre las tablas.
Cerramos la tapa. La aseguramos con una piedra. Un clavo. Lo que encontramos.
Inmediatamente, silencio.
Nos quedamos de pie junto al barril. Jadeando. Empapados en sudor y sangre. Idris se apoyó contra la pared, con la frente perlada, la respiración entrecortada. La espalda le sangraba de nuevo. Los surcos del látigo se habían reabierto con el esfuerzo.
—Gracias —susurré.
—No me habéis pedido ayuda.
—No hacía falta.
Se miró las manos. Rojas. Mojadas. Las cerró. Las abrió. Como si intentara recordar su forma, su función, su pertenencia.
—¿Qué sentís? —preguntó. Bajo. Casi con miedo. Como si la respuesta pudiera romper algo entre nosotros.
Pensé. Busqué dentro. En el lugar donde debería haber horror, repulsión, culpa. Lo que encontré fue otra cosa. Algo más frío. Más simple.
—Nada. —La palabra salió plana, vacía—. No siento nada. Y eso me asusta más que si sintiera todo.
Idris asintió. Como si comprendiera. Como si él también hubiera matado antes y conociera aquel vacío posterior, aquella quietud terrible que sucede al acto.
—Se pasa —murmuró—. No hoy. No mañana. Pero se pasa. Y un día recordáis que lo hicisteis y solo sentís el peso del cuchillo en la mano. Nada más.
Quise creerle. Quise creer que aquella mancha roja bajo mis uñas se borraría, que el sonido húmedo de la carne al ceder dejaría de resonar en mis oídos cada vez que cerrara los ojos.
Quise creer que la Mencía que bordaba flores de seda y lloraba por un halcón herido no estaba muerta, enterrada bajo tres días de bodega y sangre y cadenas.
No lo creí. Pero asentí.
Elvira, en su rincón, temblaba. Tenía los ojos cerrados, las manos sobre las orejas, los labios moviéndose en una oración silenciosa. Me acerqué. Me arrodillé ante ella. Le tomé las manos. Se las aparté de las orejas.
—Miradme. Miradme, Elvira.
Abrió los ojos. Me vio. Vio la sangre en mi rostro, en mis manos, en mi brial. Y en lugar de gritar, en lugar de retroceder, extendió los dedos y me tocó la mejilla. Con una suavidad que me rompió el alma.
—Estáis herida —susurró.
—No es mi sangre.
—¿De quién es?
Miré hacia el barril. Hacia Idris. Hacia la trampilla cerrada.
—De nadie. De un hombre que ya no existe.
Elvira asintió. No preguntó más. Se acurrucó contra mi pecho y cerró los ojos. Y yo la sostuve, con las manos rojas, con el brial empapado, con el fantasma del marinero aún jadeando en algún rincón de mi memoria.
El alba llegó. Gris. Lenta. Filtrándose por las rendijas del casco como una promesa enferma. El vaivén del barco cambió. Se hizo más suave, más regular, como si las olas hubieran perdido la furia de la tormenta.
Pasos en la cubierta. Voces. Una agitación nueva, distinta a la rutina de los relevos. Gritos que no supe interpretar. Y después, la voz de Yusuf al-Qurtubi, amplificada por la distancia, bajando desde el alcázar como una sentencia:
—¡Tierra! ¡Ifriqiya a estribor! ¡Preparad la mercancía! ¡Hoy vendemos en el zoco de Túnez!
La palabra mercancía me golpeó como un puñetazo en el vientre. Miré a Idris. Él me devolvió la mirada. Y en sus ojos dorados, bajo la luz gris del amanecer, vi el reflejo de mi propio terror.
El zoco. El mercado. Donde nos exhibirían. Donde nos tocarían. Donde nos venderían como reses. Donde la belleza de Elvira, la mía, la piel oscura de Idris, se convertirían en números. En monedas. En pujas de hombres con los dedos manchados de grasa y los ojos hambrientos.
Yusuf descendió por la escalerilla. Su voz, calmada, casi amable, resonó en la bodega como una campana de difuntos.
—Despertad, señores. El viaje ha terminado. Comienza la subasta.
La trampilla se cerró. Sus botas se alejaron.
Y yo, Mencía de Lara, con la sangre de un muerto secándose en mis manos y el cuchillo de obsidiana aún escondido entre los pliegues del brial, miré hacia la rendija del casco. Hacia la luz. Hacia la costa que se acercaba.
Túnez. El zoco. Las cadenas.
Y después, lo que viniera. Porque yo no era mercancía. No lo había sido en el patio de los arrayanes, cuando Rodrigo me besó la frente bajo el azahar. No lo sería en un mercado de esclavos, por muchas manos que me tocaran, por muchos ojos que me desnudaran.
Era una Lara. Y los Lara no se venden.
Aunque tengan que quemar el zoco entero para demostrarlo.