CAPÍTULO 6. La conspiración de las cadenas
Lo arrojaron por la escalerilla como un fardo de tela vieja.
El cuerpo de Idris golpeó las tablas de la bodega con un sonido sordo, húmedo, que me revolvió el estómago. Los marineros que lo habían traído no se molestaron en bajar tras él. La trampilla se cerró. El cerrojo corrió. Y la oscuridad volvió a ser nuestra única compañera.
Me arrastré hacia él. Las cadenas de los tobillos me permitían apenas tres varas de movimiento, pero tres varas bastaban. Bastaban para alcanzarlo. Para ponerle las manos sobre los hombros, girarlo con cuidado, buscarle el rostro en la penumbra.
—Idris. Idris, ¿me oís?
Un gemido. Bajo, ronco, más sentido que escuchado. Sus párpados temblorosos se abrieron a medias. Los ojos dorados, desenfocados, vagaron por la oscuridad hasta encontrarme. Un destello de reconocimiento. De alivio, quizás. O de dolor tan hondo que se confundía con el alivio.
—Estoy aquí —susurré—. Estoy aquí. No habléis. No os mováis.
No tenía agua limpia. No tenía paños. No tenía ungüentos ni hierbas ni nada que no fuera la tela empapada de mi brial y mis propias manos. Rasgué un jirón de la seda granada, lo mojé con las últimas gotas del odre, y lo apliqué sobre su espalda con la delicadeza de quien toca una reliquia santa.
Idris siseó entre los dientes. Los músculos se le tensaron bajo mis dedos. La piel, allí donde el látigo había abierto surcos, ardía como un hierro al rojo. La carne viva, expuesta, brillaba con una humedad obscena bajo la poca luz que se filtraba por las rendijas.
—Perdonad —murmuré—. Perdonad, no tengo nada más.
—No. —Su voz, un hilo de sonido, apenas un roce de aire contra la garganta—. No os disculpéis. Vuestras manos son suficientes.
Me detuve. Sus palabras, tan sencillas, tan inesperadas, me golpearon con una fuerza que no tenía nada que ver con el dolor físico.
Tragué saliva. Seguí limpiando. Siguiendo el trazado de las heridas con la tela húmeda, retirando los coágulos, las astillas de cuero que el gato había dejado incrustadas en la carne.
Trabajé en silencio. Él resistió en silencio. Solo su respiración, entrecortada, irregular, delataba el suplicio. Y el temblor de sus manos, apoyadas en las tablas, con los nudillos blancos de tanto apretar.
Cuando terminé, o cuando la tela se deshizo entre mis dedos de tan empapada en sangre, me senté junto a él. Con la espalda contra la pared. Con las rodillas recogidas contra el pecho. Agotada. Vacía. Con las manos rojas hasta las muñecas.
—El cuchillo —masculló Idris.
Me giré. Me observaba desde el suelo, con la mejilla apoyada en la madera, los ojos entrecerrados por el dolor.
—Lo encontré.
—Bien.
—¿Cuándo? ¿Cómo lo llevabais encima en el agua?
Una pausa. Su respiración se hizo más profunda, más controlada, como si el esfuerzo de hablar le costara un precio que no estaba dispuesto a mostrar.
—En la bodega. Antes de la tormenta. Lo arranqué de una viga del casco.
Lo guardé entre los dientes. —Una mueca que pretendía ser sonrisa—.
Cuando os sostuve en el agua, lo deslicé en vuestro vestido.
No sabía si sobreviviríamos. Pero si sobrevivíamos vos, quería que tuvierais algo más que palabras.
—Podíais haberlo usado vos. Contra el contramaestre. Contra Yusuf.
—Un solo hombre contra sesenta. —Negó con la cabeza, un gesto mínimo que le arrancó un quejido—. No. Un cuchillo no es para la batalla. Es para la espera. Para el momento exacto. Para la garganta correcta.
Nos miramos. En la oscuridad, con apenas un hilo de luz lunar filtrándose por una rendija, sus ojos dorados brillaban como ascuas bajo ceniza.
Y yo sentí, con una claridad que me asustó, que aquel hombre me conocía.
Que me había leído en tres días de bodega y tormenta y sangre con una precisión que mi propio esposo, en tres meses de matrimonio, no había alcanzado.
—¿Cuál es vuestro plan? —pregunté. Bajo. Tan bajo que apenas fue un movimiento de labios.
Idris se incorporó a medias. Apoyó la espalda contra la pared, junto a mí. Nuestras caderas casi se tocaban. El calor de su cuerpo, incluso maltrecho, incluso destrozado, irradiaba a través de la tela empapada.
—No tengo plan. Aún. —Una pausa—. Tengo paciencia. Tengo memoria. Y tengo un cuchillo en vuestras manos.
—Eso no es un plan.
—Es el principio de uno.
Se giró hacia mí. En la penumbra, su rostro estaba a un palmo del mío.
Veía la línea de su mandíbula, la sombra de la barba incipiente, el brillo del sudor en la sien.
Olía a sangre, a salitre, a hombre. Un olor primitivo, terrenal, que me llenó las fosas nasales y me provocó un mareo que no supe atribuir al hambre.
—Decidme cómo es —farfulló.
—¿El qué?
—El barco. La disposición. Cuántos hombres en cubierta. Cuántos en la bodega. Dónde duerme el capitán. Dónde guardan las armas.
Me incorporé. El letargo se disipó. La mente, afilada por tres días de observación forzada, comenzó a trabajar.
—Sesenta tripulantes. Quizás setenta. Cuarenta en cubierta por turnos. Veinte en el entrepuente. El camarote de Yusuf está en popa, sobre el alcázar. Dos guardias en la puerta. Las armas, en un cofre bajo el mástil de trinquete. Cerrado con llave.
—¿La llave?
—La lleva el contramaestre. Al cuello. Una cadena de hierro.
Idris asintió. Cerró los ojos. Un momento. Dos. Pensando. Calculando. Detrás de aquellos párpados caídos, una mente de príncipe, educada en la estrategia y la guerra, trazaba líneas sobre un mapa invisible.
—¿Las cadenas? —preguntó sin abrir los ojos.
—Grilletes de hierro. Argollas fijas al suelo. Pero la madera está podrida en el costado de babor. Lo he visto. Tres días de agua salada la han reblandecido. Con tiempo, con una herramienta, se podrían arrancar las argollas.
—El cuchillo de obsidiana no corta hierro.
—No. Pero corta madera. Si logramos aflojar las tablas, podemos arrancar la argolla con la madera adherida. Como hicisteis vos anoche.
Abrió los ojos. Me miró. Y en su expresión había algo nuevo. Algo que no era lástima, ni desafío, ni curiosidad. Respeto. Puro, limpio, sin condescendencia.
—Sois peligrosa, señora de Lara.
—Soy viuda, cautiva y estoy encadenada en una bodega. La peligrosidad es un lujo que me queda.
Sonrió. Una sonrisa breve, torcida, que le iluminó el rostro de un modo que me obligó a apartar la mirada. El corazón me dio aquel vuelco absurdo, impropio, que ya conocía. Que me negaba a nombrar.
—Necesitamos más información. La ruta. El destino. Si navegamos hacia Ifriqiya o hacia otro puerto.
—Yusuf mencionó Túnez. El zoco de esclavos.
—Entonces tenemos días. Quizás una semana. —Se mordió el labio inferior. Un gesto inconsciente, pensativo—. Una semana para aflojar las argollas. Para contar a los hombres. Para encontrar el momento.
—¿Y después?
—Después, matamos.
Lo dijo con una sencillez que me heló la sangre. Sin inflexión. Sin drama. Como quien dice después, comemos o después, dormimos. Una constatación. Un hecho futuro tan inevitable como la salida del sol.
—¿A cuántos?
—A los necesarios. Al contramaestre, por la llave. A los guardias del camarote, por Yusuf. Al timonel, para desviar el rumbo. —Me miró—. ¿Podréis?
La pregunta no era retórica. No era una duda sobre mi capacidad física.
Era una pregunta real, directa, que buscaba la verdad en el fondo de mis ojos.
¿Podréis matar? ¿Vos, que nunca habéis empuñado un arma más pesada que una aguja de bordar?
¿Podréis hundir un filo en la carne de otro ser humano y sentirlo ceder?
Pensé en el marinero de la bodega. En su mano desabrochando el cinturón sobre Elvira. En su aliento a vino podrido. En la astilla de madera hundiéndose en su garganta.
—Ya he matado —suspiré.
Idris me observó. Un largo instante. Y después, con una lentitud deliberada, extendió la mano. Sus dedos, marcados por las cicatrices frescas de los grilletes, por las ampollas reventadas del látigo, rozaron los míos. Un roce mínimo. Casi accidental. Casi.
Sus manos sobre las mías. Calientes. Ásperas. Temblorosas. Los dedos entrelazándose con los míos en la oscuridad, apretando con una fuerza que no tenía nada que ver con la estrategia ni con la supervivencia.
—Entonces no estáis sola —murmuró.
El contacto duró tres latidos. Cuatro. Cinco. Su pulgar trazó un arco lento sobre el dorso de mi mano, una caricia inconsciente, involuntaria, que me erizó la piel del antebrazo y me provocó un calor en el bajo vientre que me avergonzó.
Retiré la mano. La apreté contra mi pecho. El corazón me latía en la garganta, en las sienes, en la punta de los dedos.
—Descansad —dije, con una voz que no reconocí. Ronca. Quebrada—. Necesitáis dormir. Mañana seguiremos.
Idris no protestó. Cerró los ojos. Apoyó la cabeza contra la pared. Y en la oscuridad de la bodega, con el vaivén del barco meciéndonos como una cuna maldita, su respiración se hizo lenta, profunda, regular.
Yo no dormí.
Permanecí despierta, con el cuchillo de obsidiana apretado contra el muslo, con la mirada fija en la trampilla cerrada. Escuchando. Contando los pasos del centinela en la cubierta. Midiendo el tiempo entre los relevos. Calculando.
En aquel momento pensando, con una insistencia que me enfurecía, en el calor de sus dedos sobre los míos. En la forma en que había pronunciado mi nombre en el agua. En su boca rozándome la sien. En su corazón latiéndome contra la espalda.
Rodrigo. El nombre me golpeó como una bofetada.
Rodrigo, mi esposo, mi señor, el hombre cuya sangre aún manchaba mi brial.
¿Qué diría si me viera? ¿Qué pensaría al saber que otro hombre me sostenía en la oscuridad, que sus dedos se entrelazaban con los míos, que su calor me resultaba necesario como el aire?
No lo sabía. Y la incertidumbre me dolía más que las cadenas.
Elvira se removió en su rincón. Murmuró algo en sueños. Un nombre. Quizás el mío. Quizás el de madre. Se acurrucó más contra la pared, con los brazos rodeándose las rodillas, pequeña, frágil, con los rizos cobrizos pegados al rostro por el sudor.
Catorce años. Una niña. En un barco de piratas. En una bodega que olía a muerte.
Apreté el cuchillo. La obsidiana me mordió la palma. El dolor, agudo, limpio, me ancló.
Una semana, pensé. Una semana para aflojar las argollas. Para contar. Para esperar. Para matar.
Después, Túnez. O el infierno. Lo que llegara primero.
El barco crujió. Las olas golpearon el casco. La noche se extendió, interminable, sobre la cubierta, sobre la bodega, sobre nuestros cuerpos rotos y encadenados.
Y entonces, cuando el alba comenzaba a teñir de gris las rendijas del casco, Elvira gritó.
No un grito de sueño. No un murmullo de pesadilla. Un grito agudo, desgarrado, total, que me atravesó los tímpanos como una aguja al rojo.
Me giré.
La trampilla estaba abierta. Un hombre descendía por la escalerilla. Un marinero. Ancho. Barba enmarañada. Ojos inyectados. El sayo desabrochado. El cinturón colgando de una mano como una correa de perro.
No miró hacia mí. No miró hacia Idris.
Miró hacia Elvira.
Y sonrió. Una sonrisa húmeda, torcida, idéntica a la del muerto de la bodega. Idéntica a la de todos los muertos que vendrían después.
—Vaya —murmuró, con la voz pastosa del vino—. Vaya, vaya. Qué tenemos aquí.
Elvira retrocedió. Se arrastró hacia la pared. Las cadenas le mordieron los tobillos. Su boca se abrió en un grito mudo, ahogado por el terror.
El marinero dio un paso. Otro. Hacia ella.
Y yo, con el cuchillo de obsidiana apretado contra el muslo, sentí cómo la sangre de los Lara me hervía de nuevo en las venas.
No. Esta vez no.
Esta vez no iba a mirar.