La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 5. La danza del látigo
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CAPÍTULO 5. La danza del látigo

Conté.

Conté porque contar era lo único que me mantenía anclada a la realidad, lo único que impedía que la mente se fracturara y me abandonara en aquel lugar de horror.

Un latigazo. Dos. Tres. El cuero trenzado silbaba en el aire, describía su arco cruel, y mordía la espalda de Idris con un chasquido húmedo que me resonaba en los dientes. Cuatro. Cinco. Seis.

La piel se abrió al noveno. No de golpe.

No como en las historias que los juglares cantaban en las cortes, donde la sangre brotaba limpia y roja como el vino.

No. La piel se rajó con una lentitud obscena, como un fruto demasiado maduro, y debajo asomó la carne viva, rosada, brillante bajo la lluvia. Diez. Once. Doce.

Idris no gritó.

Apretó los dientes. Los músculos de la espalda se le tensaron como cuerdas de arco. Las manos, atadas al mástil, se crisparon hasta que los nudillos se volvieron blancos. Un sonido escapó de su garganta: un gemido bajo, contenido, más animal que humano, que me atravesó el esternón como una flecha.

Trece. Catorce. Quince.

La sangre comenzó a correr. Trazos rojos, paralelos, que descendían por los omoplatos, por la columna, por las caderas, y se perdían en la tela del pantalón empapado. La lluvia los diluía, los extendía, convertía la espalda de Idris en un mapa de ríos escarlata.

Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho.

Yusuf observaba desde el alcázar. De pie.

Inmóvil. Con los brazos cruzados sobre el pecho y aquella sonrisa torcida que no se borraba, que parecía tallada en la carne como la cicatriz de la ceja.

No disfrutaba. No exactamente. Era algo peor: estudiaba.

Me estudiaba a mí. Cada latigazo era una pregunta dirigida a mi rostro, a mis ojos, a la línea de mi mandíbula.

¿Cuánto más soportaréis, señora de Lara?

¿Dónde está vuestro límite? ¿Dónde se quiebra el orgullo?

Diecinueve. Veinte.

No lloraría. Me lo juré. Me lo juré con los dientes apretados, con las uñas clavadas en las palmas hasta sentir la sangre propia, caliente y familiar, resbalando entre los dedos. No lloraría. No le daría esa victoria. No le daría ninguna.

Veintiuno. Veintidós. Veintitrés.

Idris emitió otro sonido. Más agudo esta vez.

Un siseo entre los dientes, como una serpiente pisada.

Su cabeza cayó hacia adelante. El cabello empapado le cubrió el rostro.

Pero no cayó. No se desplomó. Se sostuvo.

Con las piernas temblorosas, con los tendones del cuello tensos como cables de amarre, se sostuvo.

Veinticuatro. Veinticinco.

El contramaestre se detuvo. Respiró. Cambió el gato de mano. La pausa duró tres segundos. Tres segundos de silencio en los que solo se oyó la lluvia y el goteo de la sangre sobre la cubierta.

Pero algo se rompió dentro de mí.

No el orgullo. No exactamente. Algo más hondo.

Más antiguo. Algo que tenía que ver con la imagen de Idris sosteniéndome en el agua, con su boca rozándome la sien, con su corazón latiéndome contra la espalda como una promesa.

Algo que tenía que ver con el hecho de que aquel hombre, aquel príncipe sin corona, se había arrojado al océano por una mujer que apenas conocía, y ahora le arrancaban la piel a latigazos por mi culpa. Por mí. Por salvarme.

Di un paso. Las piernas me temblaban. El brial empapado se me pegaba a los tobillos como una mortaja.

—Basta.

Mi voz salió baja. Casi un susurro. El viento se la llevó.

Di otro paso.

—He dicho que basta.

Más fuerte. Con la ronquera de quien ha tragado agua salada y bilis. Pero firme. Con la firmeza de los Lara, la que mi madre me grabó a fuego en la médula antes de que la peste se la llevara.

Yusuf giró la cabeza. Me miró. Y en sus ojos verdes, bajo la lluvia, brilló algo que no supe nombrar. Satisfacción, quizás. O hambre. O ambas cosas entrelazadas como raíces bajo la tierra.

—¿Basta? —Su voz, suave, casi tierna, cortó el viento—. ¿La rosa de Castilla me pide clemencia?

—Os pido que detengáis esto.

—¿Por qué?

—Porque es un hombre. Porque se lanzó al mar para salvarme. Porque vuestra venganza es contra mí, no contra él.

Yusuf descendió del alcázar. Un escalón. Dos. Tres. Sus botas resonaron sobre la madera mojada. Se detuvo ante mí. Tan cerca que sentí el calor de su aliento bajo la lluvia, el aroma a almizcle y a especias que impregnaba su capa.

—Tenéis razón, señora. Mi venganza es contra vos. —Alzó una mano. Me rozó la mejilla con el dorso de los dedos. Un gesto casi gentil. Casi—. Y contra todos los que llevan la sangre de los que me robaron mi reino. Pero vos me habéis pedido algo. Y en mi tierra, las peticiones se pagan.

—¿Qué queréis?

La pregunta salió antes de que pudiera contenerla. Y en cuanto la pronuncié, supe que había caído en la trampa. Lo vi en sus ojos. El destello. El brillo del depredador que ha acorralado a la presa y saborea el momento antes del mordisco.

—Una noche. —Lo dijo con una sencillez aterradora. Como quien pide un vaso de agua. Como quien encarga una pieza de tela al mercader—. Una noche en mi camarote. Vos. Yo. Sin testigos. Sin cadenas. Sin títulos. Solo un hombre y una mujer.

El mundo se detuvo. La lluvia siguió cayendo, pero yo dejé de sentirla. El viento siguió aullando, pero yo dejé de oírlo. Solo existía la voz de Yusuf, suave como seda podrida, y el significado de sus palabras, que me golpeó el vientre como un puñetazo.

—Una noche —repitió, saboreando cada sílaba—, y el príncipe de Malí conserva su espalda. Y su vida. Y vos conserváis la vuestra. Un precio justo, ¿no os parece? Un cuerpo por una vida. Carne por carne.

Miré a Idris. Colgado del mástil. Con la espalda convertida en un surco de sangre. Con los ojos cerrados y la mandíbula apretada. Esperando. Sin suplicar. Sin pedir. Esperando lo que yo decidiera con la misma calma terrible con que había esperado la muerte del marinero en la bodega.

Volví a mirar a Yusuf.

Sentí la sangre de los Lara hervirme en las venas.

Caliente. Roja. Feroz. La sangre de mi madre, que prefirió morir de peste antes que arrodillarse ante el recaudador del rey.

La sangre de mi padre, que cabalgó contra los moros en la frontera con tres costillas rotas y una sonrisa en los labios.

La sangre de tres generaciones que no se habían doblado ante ningún hombre, ningún rey, ningún dios.

—No.

Una sola palabra. Seca. Definitiva. Como el golpe de una puerta al cerrarse.

Yusuf parpadeó. La sonrisa no se borró. Se ensanchó.

—¿No?

—No. —Alcé la barbilla. Le sostuve la mirada.

Verde contra verde, porque yo también tengo los ojos verdes, los ojos de los Lara, y no los bajaría ante él ni ante nadie—.

No me venderé. No me arrodillaré. No abriré las piernas por vos ni por ningún hombre en este mundo.

Y si creéis que la amenaza de un látigo va a cambiar la sangre que me corre por las venas, es que no conocéis a los Lara.

No conocéis a Castilla. No me conocéis a mí.

El silencio que siguió duró tres latidos. Tres latidos en los que la lluvia llenó el vacío, en los que la tripulación contuvo el aliento, en los que el mundo entero pareció suspenderse sobre el filo de una navaja.

Yusuf rio. Una risa breve, seca, sin alegría. Una risa de reconocimiento. De admiración, incluso.

—Magnífica —murmuró. Casi para sí mismo—. Absolutamente magnífica.

Se giró hacia el contramaestre. La sonrisa seguía en su rostro. Intacta. Inamovible.

—Cincuenta se convierten en cien.

El contramaestre abrió la boca. La cerró. Asintió. Alzó el gato de nueve colas.

—¡Esperad! —grité. Di un paso hacia él. Otro. Las cadenas de los tobillos, que me habían devuelto al atarme de nuevo en la cubierta, me cortaron la piel. No me importó—. ¡Os he dicho que no! ¡No tenéis derecho! ¡No es vuestro!

—Todo en este barco es mío, señora. Os lo he dicho ya. —Yusuf se acercó. Me tomó por la barbilla otra vez. Me obligó a mirarlo. Sus ojos, a un palmo de los míos, eran dos pozos verdes sin fondo—. Y vos, mi rosa castellana, vais a aprender lo que significa pertenecerme.

Me soltó. Se giró. Alzó la mano.

El látigo cantó.

Veintiséis. Veintisiete. Veintiocho. Veintinueve. Treinta.

Conté. Conté porque era lo único que podía hacer.

Lo único que me quedaba. Contar los latigazos que caían sobre la espalda de un hombre que se había arrojado al mar por mí, mientras yo, Mencía de Lara, señora de la casa de los arrayanes, viuda de don Rodrigo, permanecía encadenada en la cubierta con los ojos abiertos y el orgullo intacto y el alma haciéndose pedazos.

Cincuenta. Sesenta. Setenta.

La espalda de Idris era un despojo. Un campo arado por el dolor.

La sangre ya no corría: manaba. En chorros oscuros que la lluvia diluía y extendía por la cubierta en abanicos rojizos.

Los músculos se veían bajo la piel desgarrada.

El tejido, rosado y brillante, asomaba entre los jirones como una obscenidad.

Ochenta. Noventa.

Idris ya no gemía. Había dejado de gemir. Su cabeza colgaba sobre el pecho. Los pies apenas tocaban la madera. Solo las cuerdas de las muñecas lo mantenían erguido. Un cuerpo suspendido entre la vida y la inconsciencia, entre el dolor y la misericordia del desmayo.

Cien.

El último latigazo. El contramaestre soltó el gato. El cuero cayó al suelo con un sonido sordo, empapado.

Silencio.

Yusuf descendió del alcázar. Se acercó al mástil. Observó la espalda destrozada de Idris con la expresión de un mercader que examina una res en el matadero.

—Desatadlo. Arrojadlo a la bodega. —Se giró hacia mí. La sonrisa seguía allí. Siempre allí—. Y a la señora de Lara, encadenadla en su rincón. Que reflexione sobre el precio del orgullo.

Me arrastraron. Me tiraron del cabello, de los brazos, de las cadenas. Caí de rodillas sobre la cubierta empapada. La lluvia me golpeaba el rostro. La sangre de Idris me manchaba las manos, el brial, la boca. Sangre caliente. Sangre de otro hombre. Sangre derramada por mi culpa.

Yusuf se inclinó sobre mí. Una última vez. Su aliento, caliente, me rozó la oreja.

—La próxima vez que me digáis que no, señora, no serán cien.

Se alejó. Sus botas resonaron. La trampilla de la bodega se abrió. Me empujaron escaleras abajo.

La oscuridad me tragó.

Horas. Quizás una noche entera. El tiempo, en aquella bodega, era una abstracción sin forma, un líquido espeso que se vertía sobre los cuerpos sin medida ni compasión.

Elvira dormía en mi regazo, con la respiración superficial y los labios aún agrietados.

El fraile franciscano había dejado de rezar.

O había muerto. No me acerqué a comprobarlo.

Me senté contra la pared. Con las manos en el regazo. Con la mirada perdida en la oscuridad. El dolor de los tobillos, donde las cadenas habían mordido hasta el hueso, era un latido sordo, constante, casi reconfortante en su familiaridad. Un dolor mío. Conocido. Controlable.

No lloré. Me negué. Me negué con la misma terquedad con que me había negado a Yusuf.

Llorar sería rendirse. Llorar sería aceptar que el mundo me había vencido.

Y los Lara no se rinden. Aunque les arranquen la piel.

Aunque les roben el esposo, el hogar, la dignidad.

Aunque les muestren el precio de su orgullo tallado en la espalda de otro.

Moví las manos. Me dolían los dedos, entumecidos por el frío y la humedad. Me froté las palmas. Y al hacerlo, al deslizar los dedos por los pliegues del brial empapado, sentí algo.

Un bulto. Pequeño. Duro. Escondido entre las capas de tela rasgada, en un lugar donde no lo había notado durante días. Un lugar donde solo alguien que me hubiera sostenido muy cerca, muy apretado, habría podido deslizarlo sin que yo lo advirtiera.

Lo extraje. Lo palpé en la oscuridad. Una empuñadura. Corta. Lisa. Fría. Y una hoja. Ancha en la base, afilada en la punta. No era metal. Era piedra. Piedra volcánica, ligera, con un filo que me cortó la yema del índice al rozarlo.

Obsidiana.

Un cuchillo de obsidiana.

Lo apreté contra el pecho. Contra el corazón, que latía desbocado, loco, vivo.

Y comprendí. Comprendí cuándo. Comprendí cómo.

En el agua. En la oscuridad del océano, mientras Idris me sostenía, mientras su cuerpo me rodeaba y su boca me rozaba la sien.

Sus manos no solo me habían sujetado. Sus manos me habían armado.

El príncipe de Malí. El hombre que acababan de azotar hasta dejarlo sin sentido.

El hombre cuya espalda era un campo de carne abierta.

Aquel hombre, en el instante mismo de salvarme la vida, había pensado en la mía después.

En la venganza. En el futuro. En la posibilidad remota, absurda, maravillosa, de que un día aquella hoja encontrara la garganta de Yusuf al-Qurtubi.

Apreté el cuchillo contra mi pecho. La obsidiana me mordió la piel. Una gota de sangre, tibia, resbaló entre mis dedos.

En la oscuridad de la bodega, con Elvira respirando contra mi costado y el hedor a brea y a muerte llenándome las fosas nasales, sonreí.

Una sonrisa pequeña. Feroz. Con los labios agrietados y los ojos secos y la sangre de Idris aún bajo las uñas.

Una sonrisa de Lara.

La próxima vez que Yusuf al-Qurtubi me mirara con aquellos ojos verdes de propietario, con aquella sonrisa de coleccionista, encontraría algo más que orgullo.

Encontraría un filo.

Pero el filo tendría mi nombre.