CAPÍTULO 4. El bautismo del mar del Sur
El mar no tiene piedad. No tiene memoria. No tiene nombre. Es un dios antiguo, anterior a todos los dioses que el hombre ha tallado en piedra o pintado sobre pergamino, y su única ley es el hambre. Traga. Devuelve. Traga de nuevo. Sin motivo. Sin justicia. Sin testigos.
Yo me hundía.
Lo supe por la presión. Por el silencio que se espesaba a mi alrededor como una mortaja de plomo.
Por la luz, aquella última claridad verdosa que se alejaba hacia arriba, hacia la superficie, hacia el mundo de los vivos, mientras yo descendía hacia un fondo que no existía, hacia una oscuridad sin nombre ni medida.
Los pulmones me ardían. Un ardor limpio, absoluto, como si alguien me hubiera llenado el pecho de brasas.
La boca se me abrió en un reflejo que no pude controlar, y el agua entró.
Salada. Helada. Con un sabor a hierro y a algas podridas que me provocó una arcada imposible, un vómito que se deshizo en burbujas antes de abandonar mis labios.
Pensé en Rodrigo. No en su muerte. No en la cimitarra ni en el crujido.
En sus manos. En la forma en que me sostenía la nuca cuando me besaba, con los dedos hundidos en el cabello, como si temiera que me evaporara entre sus brazos.
En su voz, grave y perezosa, diciéndome mi rosa castellana al oído mientras el azahar perfumaba la noche.
¿Así se muere?, pensé. ¿Con el nombre del esposo en los labios y el mar llenándote la garganta?
La consciencia se deshilachaba. Los bordes del mundo se volvían borrosos, suaves, como un fresco carcomido por la humedad.
Dejé de patalear. Mis brazos cayeron a los costados.
El agua me mecía con una ternura obscena, maternal, como si el océano fuera una cuna y yo un recién nacido devuelto al vientre de la madre.
Cerré los ojos.
A la sazón, unas manos.
No las sentí de inmediato. Primero fue la presión.
Un desplazamiento del agua, una turbulencia que rompió la calma de mi descenso.
Después, los dedos. Tanteando. Buscando.
Rozándome el hombro, el cuello, la mandíbula.
Y por fin, aferrándose a mi muñeca con una fuerza que me arrancó un jadeo mudo, una burbuja de aire que subió hacia la superficie sin mí.
Abrí los ojos.
Idris.
Su rostro, a un palmo del mío, era una mancha oscura en la penumbra submarina.
Los ojos dorados, abiertos de par en par, brillaban con una intensidad que no pertenecía a este mundo.
El cabello, empapado, le caía sobre la frente en mechones pegajosos.
La boca, cerrada, apretada, con las mejillas hinchadas por el aire contenido.
Me tiró de la muñeca. Hacia arriba. Hacia la luz. Mis pies, inertes, apenas respondieron. El cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de piedra, de hierro, de todo lo que se hunde y no regresa. Idris me rodeó la cintura con el brazo libre. Su pecho contra mi espalda. Su calor. Dios mío, su calor.
En aquel abismo helado, donde el agua me robaba la vida gota a gota, el cuerpo de Idris ardía.
Un calor animal, profundo, que atravesaba la tela empapada de mi brial y se instalaba en la piel, en los huesos, en la médula congelada.
Sentí su corazón. Latía contra mi omoplato con una fuerza brutal, descompasada, como un tambor de guerra.
Un corazón vivo. Un corazón que no era el de Rodrigo.
La culpa me golpeó con más fuerza que el agua.
Un latigazo moral, seco, inmediato. Estaba en brazos de otro hombre.
La piel de otro hombre contra la mía. El latido de otro pecho contra mi espalda.
Y Rodrigo, mi Rodrigo, llevaba tres días pudriéndose bajo las losas del patio de los arrayanes, con la cabeza separada del cuerpo y la sangre seca en el mármol.
Pero el cuerpo no entiende de culpas. El cuerpo entiende de calor.
De aire. De supervivencia. Y mi cuerpo, aquel cuerpo traicionero que se negaba a morir, se aferró a Idris con una desesperación que me avergonzó.
Mis dedos se hundieron en su antebrazo. Mis piernas, por instinto, se enroscaron en torno a su cadera.
Mi frente se apoyó contra su hombro, y sentí la aspereza de su piel, el salitre incrustada en los poros, el temblor de un músculo que se tensaba bajo el esfuerzo de mantenernos a flote.
Él me apretó. Más. Como si quisiera fundirme en su cuerpo, como si la presión de sus brazos pudiera mantenerme unida, entera, viva. Su boca rozó mi sien. No era un beso. Era un ancla. Un punto de contacto en medio del caos. Un estás aquí, no te has ido, sigues respirando.
Subimos. Lentamente. Luchando contra la corriente, contra el peso del agua, contra la gravedad que nos reclamaba para el fondo.
Mis pulmones gritaban. La visión se me nublaba en los bordes.
Pero el calor de Idris me sostenía. Su latido me marcaba el ritmo.
Un, dos. Un, dos. Como un tambor lejano que guía al soldado en la batalla.
La superficie.
El aire me golpeó el rostro como una bofetada. Abrí la boca y aspiré. Un jadeo enorme, animal, que me desgarró la garganta y me llenó los pulmones de un modo que dolía, que quemaba, que me devolvió al mundo de los vivos con la violencia de un parto. Tosí. Escupí agua salada. Volví a toser.
La lluvia me azotaba. El viento aullaba. La galera, a diez varas de distancia, se balanceaba como un corcho en una bañera, con el mástil principal tronchado y la vela rasgada ondeando como un sudario.
Idris me sostuvo. Su brazo bajo mi espalda, su mano en mi nuca, mis pies pataleando en el agua mientras él nadaba con un solo brazo hacia el casco destrozado.
Cada brazada, un esfuerzo sobrehumano. Sentía los músculos de su hombro tensarse bajo mi palma, el temblor de un cuerpo que se agotaba, que se vaciaba.
—Aguantad —jadeó. Su voz, ronca, rota por el esfuerzo—. Aguantad, Mencía.
Mi nombre. Otra vez en su boca. Y esta vez, entre el rugido del mar y el viento y la lluvia horizontal, sonó como una oración.
Una cuerda. Arrojada desde la cubierta, cayó al agua a tres varas de nosotros.
Idris la alcanzó. Se la enrolló en la muñeca con dedos entumecidos.
Y tiró. Tiró de ambos, de mi peso muerto y del suyo, con una determinación que no pertenecía a un hombre agotado, sino a algo más antiguo, más terco, más esencial que la voluntad.
Manos nos izaron. Manos toscas, impersonales, que nos arrastraron sobre la borda como fardos de mercancía.
Caí sobre la cubierta empapada, tosiendo, escupiendo, con el cuerpo sacudido por espasmos que no podía controlar.
La madera estaba helada bajo mis mejillas.
La lluvia me golpeaba la espalda. El cielo rugía.
Idris cayó a mi lado. Bocarriba. Con el pecho subiendo y bajando en jadeos enormes, los ojos cerrados, los labios azulados.
El agua le resbalaba por el rostro, por el cuello, por los brazos extendidos.
Y yo, a su lado, temblando, con el brial pegado al cuerpo como una segunda piel, sentí el impulso absurdo, inconfesable, de acercarme.
De tocarle la mano. De comprobar que su corazón seguía latiendo.
No lo hice. Apreté los puños contra la cubierta y miré hacia otro lado.
Fue entonces cuando lo vi.
Yusuf al-Qurtubi. De pie en el alcázar de popa, envuelto en una capa de aceite que brillaba bajo la lluvia. Inmóvil. Con las manos a la espalda y el rostro alzado hacia el temporal, como si la tormenta fuera una sinfonía compuesta para su deleite.
Nos miraba.
No a la tripulación que achicaba agua. No a los marineros que intentaban asegurar el mástil roto. A nosotros. A Idris y a mí, tendidos en la cubierta como dos náufragos devueltos por la marea.
Pero reía.
Una sonrisa lenta, torcida, que le arrugó la cicatriz de la ceja izquierda y le mostró los dientes blancos bajo la barba recortada. Una sonrisa de propietario. De coleccionista que contempla una pieza recién adquirida y calcula su valor.
Bajó del alcázar. Sus botas resonaron sobre la madera mojada. La tripulación se apartó a su paso como el agua ante la proa de un barco. Se detuvo ante nosotros. Nos observó desde arriba. La lluvia le resbalaba por el rostro sin que parpadeara.
—Vaya. —Su voz, calma, casi amable, cortó el viento como una hoja de cuchillo—. El príncipe de Malí y la rosa de Castilla. Juntos. Empapados. Abrazados.
Idris se incorporó a medias. Apoyó un codo en la cubierta. Sus ojos dorados se clavaron en Yusuf con una intensidad que habría hecho retroceder a un hombre menos arrogante.
—Nos ahogábamos.
—Ya lo veo. —Yusuf ladeó la cabeza—. Qué conmovedor. El esclavo que se lanza al mar por la cautiva. Qué gesto tan noble. Tan inútil.
Se acuclilló. Quedó a la altura de nuestros rostros. El olor a almizcle y a especias que desprendía su capa me revolvió el estómago.
—Os creíais muy astuto, príncipe. Rompiendo las cadenas. Degollando a mi marinero. Lanzándoos al agua como un pez volador. —Una pausa. Sus ojos verdes se entrecerraron—. Pero olvidáis una cosa. En este barco, las cadenas no se rompen. Se refuerzan.
Se puso en pie. Se giró hacia la tripulación, que observaba en silencio, encogida bajo la lluvia.
—Atadlo al mástil de mesana. Cincuenta latigazos. Con el gato de nueve colas.
Un murmullo recorrió la cubierta. Nadie se movió. Nadie protestó.
Yusuf se giró hacia mí. Y su sonrisa se ensanchó.
—Y vos, señora de Lara. Vos presenciaréis cada uno. De pie. Con los ojos abiertos. Si los cerráis, si apartáis la mirada, si derramáis una sola lágrima, duplico la cuenta. Cincuenta se convierten en cien.
El viento aulló. La lluvia me cegó. Idris, a mi lado, no dijo nada. No me miró. No hacía falta.
Dos marineros lo alzaron. Le arrastraron hacia el mástil de mesana, el único que había sobrevivido al temporal, un tronco desnudo de roble que se alzaba en el centro de la cubierta como una cruz sin Cristo. Le ataron las muñecas con cuerdas de cáñamo. Le arrancaron los harapos del torso.
Su espalda quedó expuesta a la lluvia. A mis ojos. Una espalda ancha, musculosa, marcada por las cicatrices antiguas de los grilletes y por la piel nueva, rosada, que aún no conocía el sol. Una espalda de príncipe. De hombre libre. Que dentro de un instante conocería el látigo.
Yusuf se acercó a mí. Me tomó por la barbilla. Sus dedos, fríos, me obligaron a alzar el rostro.
—Mirad, señora. Mirad bien. Esto es lo que ocurre cuando un esclavo toca lo que es mío.
—No soy vuestra.
—No. Aún no. —Me soltó. Se limpió los dedos en la capa, como si mi piel le hubiera manchado—. Pero lo seréis. Todo en este barco es mío. El aire que respiráis. El agua que bebéis. El hombre que se ahogó por vos.
Se giró. Alzó la mano.
El contramaestre, un hombre calvo con los brazos como troncos de encina, desenrolló el gato de nueve colas. Nueve tiras de cuero trenzado, con nudos en las puntas, empapadas en salmuera para que el dolor fuera más hondo, más duradero, más imposible de olvidar.
La primera lluvia de cuero cortó el aire con un silbido.
El primer latigazo cruzó la espalda de Idris de hombro a cadera.
Y yo, Mencía de Lara, viuda de tres días, cautiva sin cadenas, abrí los ojos de par en par y miré.
Porque si los cerraba, cien latigazos. Cien.
Y aquel hombre se había lanzado al mar por mí.
Aquel hombre me había sostenido en la oscuridad del océano con el corazón latiéndome contra la espalda como un tambor de guerra.
Miré. Y no lloré. Y no aparté la vista.
Fue cuando cada latigazo me golpeó a mí.