CAPÍTULO 3. El príncipe de oro
Amaneció, si es que puede llamarse amanecer a aquella filtración grisácea de luz entre las rendijas del casco.
El cuerpo del marinero seguía allí, tieso, con la astilla aún clavada en la garganta y el charco de sangre coagulada extendiéndose bajo su vientre como una mancha de vino sobre un mantel.
Las ratas habían acudido durante la noche.
Roían los dedos del muerto con una paciencia artesanal.
Elvira no miró. Le cubrí los ojos con la palma, como la noche del asalto, y la guie hacia el extremo opuesto de la bodega, donde el aire estaba menos viciado, donde el hedor a tripas podridas cedía ante la brisa salina que se colaba por una grieta del costado de estribor.
—No miréis —le repetí—. No miréis jamás.
Ella asintió. Tenía las ojeras hundidas, los labios blancos de deshidratación.
Catorce años. Catorce años y ya conocía el peso de un cadáver en el aire, el sonido de una garganta al abrirse.
¿Qué clase de mundo estábamos construyendo para ella?
¿Qué clase de mujer florecería en aquella tierra abonada con sangre?
Me giré hacia Idris.
El joven estaba sentado contra la pared, con las piernas cruzadas y las muñecas aún marcadas por los grilletes rotos.
No había dormido. Lo supe por la tensión de sus hombros, por la fijeza de su mirada clavada en la trampilla cerrada.
Vigilaba. Como un gato que ha matado un ratón y sabe que el amo vendrá a castigarlo.
Me acerqué. Arrastrando las cadenas de los tobillos, que me dejaban surcos rojos en la piel. Cada paso, un suplicio. Me dejé caer frente a él, a una vara de distancia. Lo suficiente para hablar. Demasiado para tocarse.
—Anoche me salvasteis la vida —comencé. La voz me salió áspera, como papel de lija contra la garganta—. Y la de mi hermana. Os debo una deuda que no sé cómo pagar.
Idris me observó. En la penumbra, sus ojos dorados parecían emitir una luz propia, tenue, como la de un candil visto a través de un cristal ahumado.
—No me debéis nada.
—Los Lara pagamos nuestras deudas.
—Entonces guardad el pago. Lo necesitaréis antes de que esta galera toque puerto.
Un silencio. El crujido del casco. El lamento lejano del fraile franciscano, que había retomado sus padrenuestros con una insistencia de insecto.
—¿Cómo os llamáis? —insistí—. Anoche solo dijisteis Idris.
Él ladeó la cabeza. El mismo gesto que la noche anterior, mínimo, casi felino. Como si evaluara cuánto de sí mismo podía entregarme sin quedar desnudo.
—Idris ben-Zeyad. Hijo menor de Sundiata ben-Zeyad, Mansa del Imperio de Malí.
Las palabras cayeron entre nosotros como piedras en un pozo. Parpadeé. Abrí la boca. La cerré.
—Mansa —repetí, saboreando la palabra. No la conocía. No figuraba en ningún tratado de geografía que hubiera leído en la biblioteca de Rodrigo, entre los volúmenes de Plinio y las crónicas de Marco Polo.
—Rey de reyes. Señor del oro, de la sal y de los ríos. Dueño de un territorio que se extiende desde el gran río hasta donde el sol se hunde en el mar.
Lo dijo sin jactancia. Con la misma naturalidad con que un labriego diría «soy hijo de la tierra».
Pero sus manos, al pronunciar aquellas palabras, se crisparon sobre las rodillas.
Y en sus ojos dorados, bajo la calma, ardía algo que reconocí al instante: orgullo herido.
La misma llama que me consumía a mí desde la noche de los cirios rotos.
—¿Cómo habéis acabado aquí? —La pregunta salió antes de que pudiera contenerla.
Idris miró sus muñecas. Las cicatrices frescas de los grilletes. Las rozó con las yemas de los dedos, como quien palpa una inscripción antigua.
—Cazaba. En la costa. Con mi séquito, veinte jinetes, halcones, perros. Tres lunas atrás. —Una pausa. Su mandíbula se tensó—. Las galeras surgieron de la bruma del amanecer. Diez. Quince. No sé. Demasiadas. Mis hombres lucharon. Cayeron. Yo caí.
—¿Cuántos murieron?
—Todos.
La palabra, seca, definitiva, me golpeó el esternón. Todos. Veinte jinetes. Veinte hombres que habían cabalgado junto a un príncipe, que habían compartido su pan y su fuego, reducidos a carne fría sobre una playa extranjera.
—Lo lamento.
—No lo lamentéis. —Su voz se endureció—. La lástima es un lujo de quienes tienen futuro. Yo solo tengo presente.
Asentí. Comprendía. Dios me perdone, comprendía cada sílaba.
—Entonces somos iguales —murmuré—. Dos reyes encadenados en la bodega de un pirata. Uno de sangre castellana. Otro de sangre africana. Ambos sin corona, sin hogar, sin futuro.
Idris me miró. Fijamente. Con una intensidad que me obligó a sostener la respiración.
—Vos no sois un rey.
—Soy la señora de la casa de Lara. Viuda de don Rodrigo de Lara, señor del alcázar de los arrayanes. Y os aseguro que, en esta bodega, mi título vale tanto como el vuestro: nada.
Algo cambió en su expresión. Una distensión mínima en la comisura de los labios. No una sonrisa. El fantasma de una.
—Sois extraña, señora de Lara.
—¿Por qué?
—Las mujeres de los nobles que he conocido en las costas del norte lloran. Suplican. Se desmayan. Vos escupís. Matáis. Miráis a los ojos de un desconocido y le habláis como a un igual.
—Las mujeres de Castilla no nos desmayamos. —Alcé la barbilla—. Nos desmayamos por conveniencia, cuando conviene a los hombres que nos rodean. Pero cuando la conveniencia se agota, queda la sangre. Y la sangre de los Lara no se desmaya.
Idris rio. Una risa breve, sorprendida, que le iluminó el rostro de un modo que me desconcertó. De pronto no parecía un cautivo, un esclavo, una bestia encadenada. Parecía lo que era: un príncipe. Un joven de veinte años con una risa franca y unos ojos que brillaban como monedas de oro al sol.
El corazón me dio un vuelco. Lo ignoré.
—Vuestra hermana —Idris señaló con el mentón hacia Elvira, que dormitaba en el rincón—. ¿Cuántos años tiene?
—Catorce.
—Es una niña.
—Es mi responsabilidad. Mi única familia. —Tragué saliva. El nombre de Rodrigo se me atoró en la garganta, pero lo pasé de largo—. Lo que queda de ella.
—La protegeré.
Lo dijo sin inflexión. Sin promesa grandilocuente. Como quien enuncia un hecho: el sol sale por el este, el agua corre hacia abajo, yo protegeré a vuestra hermana.
—No os pido que la protejáis. No os conozco. No os debo nada más que una vida, y eso ya es demasiado.
—No lo hago por deuda.
—¿Entonces?
Idris guardó silencio. Miró hacia la trampilla cerrada. Hacia el techo de tablas por donde filtraba la luz del día. Hacia el mundo exterior que nos estaba vedado.
—Porque en mi tierra —contestó al fin, con una voz más baja, más íntima—, un hombre que permite que toquen a una niña delante de sus ojos no merece llamarse hombre. Y yo, señora de Lara, perdí mi título de príncipe la noche que me encadenaron. Pero no pienso perder el de hombre.
Las palabras me golpearon con una fuerza física, como una mano abierta contra el pecho. Sentí el ardor en los ojos. Parpadeé. No lloraría. No delante de él. No delante de nadie.
—Gracias —susurré. Y la palabra, esta vez, no sonó a cortesía. Sonó a verdad.
El día transcurrió en una lentitud de agonía.
El sol se desplazó por la rendija del casco, trazando una línea dorada sobre las tablas como el dedo de Dios señalando a los condenados.
Elvira despertó, bebió las últimas gotas que quedaban en el odre, y volvió a dormirse con la cabeza en mi regazo.
Idris permaneció en su rincón, inmóvil, con los ojos cerrados, aunque yo sabía que no dormía.
Lo delataba la tensión de sus hombros, la regularidad demasiado perfecta de su respiración.
Al caer la tarde —lo supe porque la luz de la rendija se tiñó de cobre—, la trampilla se abrió. No era Yusuf. Era un muchacho de unos doce años, con la piel cetrina y los ojos asustados, que dejó caer un odre de agua y un puñado de galletas duras como piedras. Después desapareció sin una palabra.
Compartí las galletas. Una para Elvira. Una para mí. Una para Idris. El joven la tomó con un gesto de cortesía que me sorprendió: una leve inclinación de cabeza, la mano derecha sobre el corazón. Un saludo de príncipe. De otro mundo. De otro tiempo.
—Gracias, señora.
—Mencía.
Me miró.
—Perdón.
—Mencía —repitió. Y mi nombre, en su boca, con aquel acento musical, con las vocales alargadas como notas de un instrumento de cuerda, sonó distinto. Nuevo. Como si alguien lo pronunciara por primera vez.
Elvira, con la boca llena de galleta, nos observó alternativamente. Arrugó la nariz.
—Estáis muy callados —murmuró.
—Los adultos hablamos poco, Elvira.
—Pues parecíais muy interesados en callar juntos.
Idris soltó una carcajada. Breve, contenida, pero auténtica. Y yo sentí el calor en las mejillas, un rubor absurdo, impropio de una viuda de tres días.
El mar cambió al anochecer.
Lo sentí antes de oírlo. Un cambio en el balanceo.
Más profundo, más violento, como si la galera hubiera dejado de navegar sobre el agua y hubiera comenzado a caer por un precipicio que se repetía una y otra vez.
Las tablas crujieron con un lamento agudo.
Las cadenas tintinearon. El fraile franciscano dejó de rezar y comenzó a gemir.
—Tormenta —murmuró Idris. Abrió los ojos. Su expresión había cambiado. La calma se había esfumado, reemplazada por una alerta animal, tensa—. Una grande.
El viento aulló. Un aullido largo, sostenido, que hizo vibrar el casco de la galera como la caja de un laúd. El agua comenzó a filtrarse por las juntas con una violencia nueva, en chorros helados que nos empaparon en segundos. Elvira gritó. La atraje contra mí, le cubrí la cabeza con los brazos.
La bodega se inclinó. Quince grados. Veinte. Treinta. Los cuerpos de los cautivos rodaron hacia el costado de babor. El cadáver del marinero se deslizó sobre las tablas con un chapoteo obsceno. Las ratas chillaron, dispersándose en todas direcciones.
Un trueno. Tan cerca, tan brutal, que sentí el impacto en los dientes, en la columna vertebral, en el fondo del cráneo. El agua se convirtió en cascada. La rendija del casco se ensanchó, y por ella entró un chorro de espuma salada que me golpeó el rostro como un latigazo.
—¡Mencía! —Elvira se aferró a mi brial con ambas manos. Sus uñas se clavaron en la tela, en la piel debajo—. ¡Tengo miedo! ¡Mencía!
—¡Estoy aquí! ¡No os soltéis!
La galera se escoró de nuevo. Esta vez más.
Mucho más. Cuarenta grados. Cincuenta. Los cuerpos se apilaron unos sobre otros.
Oí huesos al romperse, un crujido seco que no era madera.
Un grito. Dos. El agua me llegaba a las rodillas.
Helada. Negra. Con un sabor a sal y a hierro que me provocó arcadas.
Y entonces el sonido. El sonido que no olvidaré mientras viva.
Un crujido. Enorme. Total. Como si el cielo mismo se partiera en dos.
El mástil. El mástil principal de la galera, aquel tronco de roble de sesenta pies que sostenía la vela cuadrada, se quebró por la base con un estruendo de huesos rotos.
Lo sentí en la bodega: una vibración que recorrió la quilla de proa a popa, un gemido de madera agonizante que hizo callar incluso al viento.
La galera se detuvo. Un instante. Un solo instante de quietud absoluta, como si el mar contuviera el aliento.
Pero después, la ola.
No la vi. La sentí. Una pared de agua que golpeó el costado de estribor con la fuerza de un ariete de asedio.
Las tablas estallaron. La bodega se abrió como una fruta madura.
El agua irrumpió en un torrente blanco, helado, imparable, arrancando las argollas del suelo, arrastrando los cuerpos, las cadenas, los barriles, las ratas, todo, todo revuelto en una sopa negra de madera y carne y sal.
Las cadenas de mis tobillos se tensaron. Tiré. Tiré con todas mis fuerzas. El agua me llegaba al pecho. Elvira chillaba a mi lado, sumergida hasta la barbilla, con los ojos desorbitados.
—¡Soltadme! —grité, no sé a quién. A Dios. Al diablo. A la madera que me apresaba—. ¡Soltadme!
La argolla cedió. El hierro se arrancó de la tabla con un chirrido. Salí despedida hacia atrás, arrastrada por la corriente, golpeándome contra un barril, contra una pared, contra otro cuerpo. El dolor me estalló en el hombro izquierdo. Algo se dislocó. O se rompió. No supe. No importaba.
El agua me arrastró. Hacia arriba. Hacia la abertura que la ola había abierto en el costado de la galera. Hacia el exterior. Hacia el mar.
Intenté agarrarme. Mis dedos arañaron la madera astillada, se llenaron de astillas, de sangre. No encontré asidero. La corriente era un río dentro del mar, una fuerza ciega que no negociaba, que no escuchaba súplicas.
Elvira. Elvira estaba atrás. Encadenada aún. Con el agua al cuello.
—¡Elvira! —grité, extendiendo la mano—. ¡Elvira!
Sus dedos rozaron los míos. Un contacto breve, eléctrico, desesperado. Y después la distancia. El agua. La oscuridad.
Salí despedida por la brecha del casco como un corcho expulsado de una botella. El aire me golpeó el rostro. El cielo, negro, sin estrellas, rugía sobre mi cabeza. La lluvia caía en sábanas horizontales que me cegaban, me ahogaban, me arrancaban el aliento.
Caí al mar.
El agua me tragó. Helada. Negra. Inmensa.
Un universo líquido sin fondo ni orillas, que me succionó hacia abajo con una voracidad de bestia.
Tragué sal. Mis pulmones ardieron. Pataleé, arañé el agua, intenté subir.
Mis manos no encontraban nada. Solo vacío.
Solo la presión brutal del océano apretándome los tímpanos, los ojos, la boca.
Y en la oscuridad del agua, mientras la consciencia comenzaba a deshilacharse como un trapo viejo, vi una sombra. Una forma oscura que se lanzaba tras mí. Que se hundía en el abismo con los brazos extendidos.
Unos ojos dorados. Brillando bajo el agua. Como brasas sumergidas. Como promesas que no se apagan.
Idris.
Se lanzaba al mar. Por mí.
Pero la oscuridad me reclamó.