CAPÍTULO 2. El sabor de la sal y la ceniza #2
El marinero me apartó de una patada. Se giró hacia Elvira. La agarró del cabello. Mi hermana forcejeó, pataleó, le mordió la mano. Él le devolvió el golpe. Elvira se desplomó contra la argolla, aturdida.
—No. —Intenté arrastrarme hacia ella. Las cadenas me lo impidieron. Tiré, tiré hasta que sentí los huesos de los tobillos crujir—. ¡No la toquéis! ¡A mí! ¡Tomadme a mí y dejadla!
El marinero no me escuchó. O no quiso escucharme. Desabrochó el cinturón. El sonido de la hebilla al soltarse resonó en la bodega como una sentencia.
Y entonces ocurrió.
Un crujido. No de madera. De hierro. Un chasquido seco, brutal, seguido del tintineo de eslabones al caer sobre las tablas.
Me giré.
El joven de piel oscura. El de los ojos dorados.
Estaba de pie. Las cadenas que lo habían sujetado al suelo colgaban rotas, con los eslabones arrancados de cuajo, como si una fuerza sobrehumana los hubiera retorcido hasta partirlos.
Los grilletes aún le ceñían las muñecas, pero la argolla del suelo había cedido, arrancada de la madera con un trozo de tabla adherido.
El marinero se giró al oír el ruido. Apenas tuvo tiempo de abrir la boca.
El joven cruzó la bodega en tres zancadas. Tres zancadas silenciosas, felinas, que apenas perturbaron el aire. En la mano derecha empuñaba una astilla de madera. Una simple astilla, arrancada de las tablas del casco, de un palmo de largo, afilada en un extremo como una daga improvisada.
El marinero intentó llevar la mano al cuchillo del cinto. No llegó.
La astilla se hundió en su garganta. Justo bajo la mandíbula, en el triángulo blando de carne donde la vida late con más fuerza. El joven la empujó con un movimiento seco, preciso, quirúrgico. La punta asomó por la nuca.
El marinero abrió la boca. No salió sonido. Solo un borboteo húmedo, rojizo. Sus manos se alzaron hacia la garganta, arañando la madera clavada, intentando extraerla. Sus ojos se desorbitaron. El farol cayó de sus dedos y rodó por el suelo, derramando sebo ardiendo sobre las tablas.
Se desplomó. De rodillas primero. Después de bruces. La sangre manó a borbotones bajo su cuerpo, extendiéndose en un charco oscuro que brillaba a la luz moribunda del farol.
Silencio.
Un silencio absoluto, roto únicamente por el goteo del agua salobre y el jadeo de Elvira, que se había encogido contra la pared con las manos sobre la boca.
El joven permaneció de pie sobre el cadáver.
La astilla ensangrentada aún goteaba entre sus dedos.
Su pecho subía y bajaba con un ritmo pausado, controlado.
Ningún temblor. Ningún atisbo de horror o remordimiento en su rostro.
Solo una calma terrible, antigua, como la de quien ha matado antes y matará de nuevo.
Se giró. Sus ojos dorados buscaron los míos.
Pero en aquella mirada no había triunfo. No había jactancia. Había algo peor: reconocimiento. La certeza compartida de que ambos acabábamos de cruzar una frontera de la que no existía regreso. De que la sangre, una vez derramada, nos hermanaba de un modo que ningún juramento feudal podría igualar.
Abrió la boca. Sus labios, secos, agrietados, formaron una palabra en un idioma que no reconocí. Musical, gutural, con vocales largas que resonaron en la bodega como el tañido de una campana lejana.
Después, en un castellano torpe pero comprensible, con un acento que nunca había oído en boca de ningún hombre:
—Estáis a salvo. Por esta noche.
Elvira sollozó. Me arrastré hacia ella, la envolví en mis brazos, le cubrí la cabeza contra mi pecho. Su corazón latía desbocado contra mis costillas, como un pájaro atrapado en una jaula de hueso.
El joven se acuclilló a tres pasos de nosotras. Depositó la astilla ensangrentada en el suelo con una delicadeza que contrastaba con la violencia del acto. Y me miró. Fijamente. Con aquellos ojos de ámbar que parecían ver a través de la piel, a través de la carne, hasta el hueso mismo del alma.
—¿Cómo os llamáis? —pregunté. Mi voz apenas era un susurro.
Una pausa. El barco crujió. Las olas golpearon el casco.
—Idris —contestó. Solo eso. Idris. Como si el apellido, el linaje, la historia que sin duda cargaba a sus espaldas, fueran un lujo que aquel lugar no merecía.
Asentí. No pregunté más. No hacía falta. En aquella bodega hedionda, entre cadáveres y cadenas, los nombres completos eran un privilegio de otro mundo. De un mundo con jardines de azahar y cirios de cera virgen y esposos que sonreían bajo la luz de las antorchas.
Un mundo que ya no existía.
Elvira se durmió entre mis brazos, exhausta, con las mejillas surcadas de lágrimas y salitre. Yo permanecí despierta, con la espalda contra la pared húmeda, escuchando la respiración pausada de Idris en la penumbra.
El barco navegaba hacia el sur. Hacia África. Hacia un destino sin nombre.
Pero en algún lugar de la cubierta, sobre nuestras cabezas, oí las botas de Yusuf al-Qurtubi paseando de un extremo a otro de la galera. Paciente. Vigilante. Como un lobo que olfatea la sangre de sus presas y sabe que no tienen adónde huir.
Cerré los ojos. Apreté a Elvira contra mi pecho. Y en la oscuridad de aquella bodega maldita, con el sabor de la sangre aún en los labios y el fantasma de Rodrigo susurrándome al oído que no me rindiera, tomé una decisión.
Sobreviviría. Aunque tuviera que arrancar las cadenas con mis propias manos. Aunque tuviera que matar. Aunque tuviera que convertirme en algo que mi madre no reconocería.
Sobreviviría. Y después, cobraría.
El mar rugió. La galera se estremeció. Y la noche, larga como una condena, se tragó lo que quedaba de luz.