La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 2. El sabor de la sal y la ceniza
5%

CAPÍTULO 2. El sabor de la sal y la ceniza

Tres días. O cuatro. O cinco. En aquella panza de madera podrida, el tiempo se medía por el vaivén de las olas y por el goteo rítmico del agua salobre que se filtraba por las juntas del casco.

Cada gota, un latigazo contra la sien. Cada balanceo, una náusea que me subía desde el estómago hasta la garganta y me obligaba a tragar bilis para no vomitar sobre Elvira, que dormitaba acurrucada contra mi costado.

El hedor. No existen palabras en castellano, ni en latín, ni en lengua alguna forjada por la boca del hombre, que describan con justicia aquel hedor.

Brea derretida. Vómito seco, incrustado en las tablas como una costra amarillenta.

Orina. Sudor rancio de decenas de cuerpos hacinados.

Y debajo de todo ello, dulce y obsceno, el perfume de la carne que comienza a pudrirse.

Uno de los cautivos, un mercader genovés de barba gris encadenado a tres varas de nosotras, llevaba muerto desde el segundo día.

Nadie lo había retirado. Su cuerpo se hinchaba, se amorataba, y las moscas ¿de dónde salían las moscas en mitad del océano?

zumbaban en torno a sus cuencas vacías con una persistencia de oración fúnebre.

—Mencía.

La voz de Elvira, ronca, apenas un hilo de sonido. Me giré. Tenía los labios agrietados, cubiertos de una película blanquecina de sal reseca. Los ojos hundidos, enormes en su rostro de niña, me miraban con una pregunta que no se atrevía a formular.

—¿Vamos a morir?

Le aparté un rizo cobrizo de la frente. Mis dedos temblaban. Llevábamos sin beber agua desde que nos arrojaron a la bodega. La lengua se me pegaba al paladar como un trozo de cuero seco.

—No.

Una sola palabra. Firme. Mentira piadosa envuelta en autoridad de hermana mayor.

—No vamos a morir. Os lo juro por la memoria de madre.

Elvira asintió. Cerró los ojos. Volvió a dormirse, o a desmayarse, que en aquel infierno ambas cosas se confundían.

Yo no podía dormir. Cada vez que los párpados me pesaban, veía la cimitarra describiendo su arco.

Veía la cabeza de Rodrigo rebotar contra las losas.

Oía el crujido. Siempre el crujido. Abría los ojos de golpe, con el corazón desbocado, y la oscuridad de la bodega me recibía como una boca sin dientes, húmeda y voraz.

Fue al cuarto día o al quinto, qué más daba, cuando descubrí que no estábamos solas.

La luz cambió. Un rayo oblicuo se coló por una rendija del casco, una herida en la madera por donde el sol del mediodía lograba penetrar como una lanza dorada. Y en aquel haz de luz, vi los otros cuerpos.

Éramos diecinueve cautivos. Conté. Conté porque contar me mantenía cuerda, porque la aritmética era un ancla en medio de la sinrazón.

Hombres, en su mayoría: mercaderes, dos soldados de la guardia de Rodrigo, un fraile franciscano que no dejaba de murmurar padrenuestros con los labios agrietados.

Tres mujeres, además de Elvira y yo: una lavandera de la cocina del alcázar, una doncella de cámara y una anciana cuya mirada vacía indicaba que la razón la había abandonado antes que el cuerpo.

Pero al fondo. En el rincón más oscuro, donde la luz no alcanzaba y las ratas correteaban entre las piernas de los encadenados.

Él.

Lo distinguí por el contraste. En aquella penumbra de pieles pálidas, enfermas, cubiertas de mugre y salitre, su piel brillaba.

Oscura como la caoba pulida, como la tierra fértil después de la lluvia.

Un joven. Imposible calcular su edad: ¿dieciocho años?

¿Veinte? ¿Veinticinco? La delgadez le afilaba los pómulos, le marcaba las clavículas bajo los harapos que le servían de vestimenta, pero no lograba ocultar la arquitectura de su cuerpo: hombros anchos, cuello largo, manos enormes encadenadas a una argolla del suelo con grilletes que le habían dejado surcos violáceos en las muñecas.

Me observaba.

No con la mirada furtiva, hambrienta, de los otros hombres de la bodega.

No con la lascivia del marinero que nos arrojó el primer odre de agua podrida y me recorrió el cuerpo con los ojos mientras Elvira se escondía tras mi espalda.

No. Su mirada era otra cosa. Lástima, sí.

Pero también desafío. Curiosidad. Como quien examina una pieza de ajedrez inesperada en el tablero.

Sus ojos. Dorados. Del color del ámbar líquido, del oro viejo, de la miel de brezo cuando el sol la atraviesa. Unos ojos que no pertenecían a aquel lugar de miseria y muerte, que parecían guardar detrás una historia demasiado vasta para caber en una bodega de galera.

Sostuve su mirada. No bajé la mía. Los Lara no bajan la mirada. Ni ante reyes, ni ante piratas, ni ante cautivos de piel oscura que nos estudian desde la penumbra como si fuéramos un enigma a resolver.

Él ladeó la cabeza. Un gesto mínimo, casi imperceptible. Y en sus labios secos, agrietados, se dibujó algo que no era una sonrisa. Un reconocimiento. De igual a igual. De prisionero a prisionera. De alma rota a alma rota.

Desvié la vista. El corazón me latía de un modo extraño, desacompasado, que atribuí a la sed y al hambre. A nada más. A nada que no fuera el instinto de supervivencia.

Elvira despertó al anochecer. Lo supe porque la luz de la rendija se extinguió y el balanceo del barco se volvió más brusco, más violento, como si el mar se encrespara con la llegada de la oscuridad.

—Tengo sed —musitó mi hermana.

—Lo sé, cariño. Lo sé.

—¿Cuándo nos darán agua?

—Pronto.

Otra mentira. El odre que nos habían arrojado el primer día estaba vacío desde hacía horas. Lo apreté contra mi pecho como si la presión pudiera extraer una gota más de aquel cuero reseco.

Elvira se acurrucó contra mí. Su cuerpo temblaba. Fiebre, quizás. O frío. El frío húmedo de la bodega se metía en los huesos, en las articulaciones, en la médula. La envolví con lo que quedaba de mi brial, rasgando la tela con los dientes para cubrirle los hombros.

—Contadme algo —pidió, con la voz pequeña, infantil, de la niña que aún era—. Contadme algo de casa.

Tragué saliva. Me dolía la garganta como si hubiera tragado vidrio molido.

—¿Qué queréis que os cuente?

—El jardín. El patio de los arrayanes. Contadme cómo era antes de… antes de todo.

Cerré los ojos. Y vi los cirios. Ciento cuarenta llamas temblando. El laúd del juglar. La mancha de vino en la manga de Rodrigo. Su sonrisa.

—Los arrayanes estaban en flor —comencé, y mi voz sonó lejana, como si perteneciera a otra mujer, a otra vida—. Las flores blancas, pequeñas como estrellas caídas. Y el agua de la fuente sonaba como una canción que madre cantaba cuando éramos pequeñas. ¿Recordáis?

—La canción del ruiseñor.

—Esa misma. Y los naranjos daban frutos tan dulces que la miel parecía amarga en comparación. Y vos perseguíais al gato atigrado entre las macetas, y Rodrigo os reñía con fingida severidad, y vos le sacabais la lengua.

Elvira rio. Una risa breve, frágil, que se quebró a la mitad como una rama seca.

—Le saqué la lengua al señor del alcázar.

—Se lo merecía.

Otra risa. Más débil. Y después el silencio, roto solo por el crujido de la madera y el lamento del fraile franciscano, que había dejado de rezar y ahora sollozaba como un niño perdido.

Fue entonces cuando oí los pasos en la escalerilla.

No eran los pasos medidos, felinos, de Yusuf al-Qurtubi. Eran torpes, pesados, acompañados del tintineo de un odre de vino y de una risa pastosa, gutural. Un marinero. Borracho. El hedor a vino agrio y a sudor rancio llegó antes que él, inundando la bodega como una marea fétida.

La trampilla se abrió. La luz de un farol de sebo derramó su resplandor amarillento sobre los cuerpos encadenados.

El marinero bajó dando tumbos. Un hombre ancho, con la barba enmarañada y los ojos inyectados en sangre.

Llevaba el sayo desabrochado, el vientre prominente asomando bajo la tela sucia.

Se detuvo. Paseó la mirada por la bodega. Y la detuvo en nosotras.

En Elvira.

Sentí el cambio en el aire. Una tensión eléctrica, animal. El marinero sonrió. Una sonrisa húmeda, torcida, que le mostró los dientes podridos.

—Vaya. Vaya, vaya, vaya.

Se acercó. Un paso. Dos. El farol oscilaba en su mano, proyectando sombras grotescas sobre las tablas.

Me interpuse. Me puse en pie, arrastrando las cadenas, y me planté entre el marinero y mi hermana. El metal me mordió los tobillos, me arrancó piel, pero no me importó.

—Atrás.

Mi voz salió ronca, quebrada, pero firme. La voz de una señora de Lara. La voz de mi madre.

El marinero me miró. Me recorrió con los ojos, deteniéndose en los rasgones del brial, en la curva de mi cadera, en la piel expuesta de mis hombros. Se relamió.

—Apartaos, señora.

—No toquéis a mi hermana.

—Vuestra hermana. —Rio. Una risa grasienta, obscena—. Vuestra hermana es una mocosa. Pero vos… Vos sois otra cosa, ¿verdad? Una noble castellana. Piel de leche. Ojos de cierva.

Su mano se extendió hacia mi mejilla. La esquivé. El golpe de las cadenas al tensarse me arrancó un jadeo.

—Os he dicho que atrás.

—¿O qué? —Se inclinó hacia mí. Su aliento me golpeó el rostro como un puñetazo de vino y cebolla podrida—.

¿Qué vais a hacer, señora de Lara? ¿Llamar a vuestro esposo?

Ah. Cierto. —Se golpeó la frente con la palma, teatral—.

Vuestro esposo ya no tiene cabeza. Una lástima. Con ella os habría defendido.

Algo se rompió dentro de mí. No el miedo. El miedo ya lo había atravesado, lo había dejado atrás como se deja una piel mudada. Lo que se rompió fue la contención. La educación. La dama que mi madre había esculpido con paciencia y disciplina.

Le escupí en el rostro.

El marinero parpadeó. Se limpió la mejilla con el dorso de la mano. Y su sonrisa se borró.

—Puta castellana.

Me golpeó. El revés me cruzó la cara con la fuerza de un mazo. Caí de rodillas. El sabor de la sangre me llenó la boca, caliente, metálico. Elvira gritó. Un grito agudo, desesperado, que me taladró los tímpanos.