La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 1. La noche de los cirios rotos
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La Reina De África: Granada, siglo XIV

La Reina De África: Granada, siglo XIV

Por Juan Vicente Moreno

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CAPÍTULO 1. La noche de los cirios rotos

El aroma del azahar me envolvía como una promesa.

Recuerdo aquella noche con la nitidez cruel de quien graba a fuego cada detalle antes de que el mundo se derrumbe.

Veinte años cumplía yo, Mencía de Lara, señora de la casa de los arrayanes, esposa de don Rodrigo desde hacía apenas tres lunas.

Tres lunas. Un suspiro. Una eternidad. Ambas cosas a la vez.

El patio se engalanó con ciento cuarenta cirios de cera virgen, dispuestos en candelabros de bronce que mi suegra mandó traer de Córdoba antes de morir.

Las llamas temblaban con la brisa cálida de julio, proyectando sombras danzantes sobre los azulejos vidriados, sobre las fuentes donde el agua cantaba su letanía eterna.

Olía a jazmín, a carne asada con romero, a vino especiado que los criados escanciaban en copas de plata labrada.

Rodrigo me observaba desde el otro extremo del patio, recostado contra una columna de mármol rosado.

Su sonrisa. Dios mío, su sonrisa. Aquella curva lenta, perezosa, que me dedicaba cuando creía que nadie lo veía.

Tenía el cabello oscuro recogido en una coleta baja, al modo de los caballeros castellanos, y una mancha de vino tinto en la manga del sayo de brocado que yo misma le había bordado con hilos de oro durante las noches de invierno.

—Señora mía —su voz, grave como el tañido de una campana lejana, cruzó el murmullo de los convidados—, venid. El juglar espera vuestra señal para comenzar.

Me acerqué. Mis zapatillas de terciopelo apenas rozaban las losas.

Llevaba un brial de seda color granada, ceñido en la cintura con un cinturón de eslabones de plata, y el cabello suelto sobre los hombros como mandaba la costumbre en las celebraciones íntimas.

Rodrigo me tomó la mano, y sentí el calor de sus dedos, la aspereza de sus nudillos de espadachín, la callosidad tierna de quien empuña la pluma tanto como la espada.

—Feliz vigésimo aniversario, mi rosa castellana —murmuró contra mi sien, y su aliento me erizó la piel.

—Veinte años y tres lunas de casada —le corregí, alzando el mentón con esa altivez que mi madre, que Dios la tenga en su gloria, me inculcó desde la cuna—. Contad bien, señor esposo, no sea que la aritmética os abandone.

Rio. Una risa franca, amplia, que le arrugó las comisuras de los ojos.

—Contad vos, pues. Yo solo sé que cada día a vuestro lado pesa como un siglo bien vivido.

Me besó la frente. Un beso casto, público, de esposo que honra a su señora ante los convidados. Pero sus dedos, ocultos tras los pliegues de mi manga, me apretaron la muñeca con una urgencia que me robó el aliento.

Elvira, mi hermana pequeña, corría entre las mesas persiguiendo a un gato atigrado que había robado un trozo de cordero. Catorce años, rizos cobrizos, mejillas pecosas y una risa que sonaba como cascabeles. Se giró hacia mí con el gato aprisionado contra el pecho, triunfante.

—¡Mencía! ¡Mirad! ¡Lo he atrapado!

—Soltad a ese pobre animal, Elvira, antes de que os arañe las manos.

—¡Jamás! Es mi trofeo de guerra.

Rodrigo y yo intercambiamos una mirada cómplice.

Aquella niña terca, salvaje, que había quedado huérfana de padre y madre al mismo tiempo que yo, tres inviernos atrás, cuando la peste se llevó a media Castilla.

Mi responsabilidad. Mi alegría. Mi pequeña llama en un mundo que se empeñaba en apagarse.

El juglar tañó el laúd. Una melodía andalusí, dulce y melancólica, que hablaba de jardines perdidos y amores imposibles.

Los convidados guardaron silencio. Yo cerré los ojos y dejé que la música me meciera, apoyada contra el hombro de Rodrigo, sintiendo el latido pausado de su corazón bajo la tela del sayo.

Fue entonces cuando el viento cambió.

No sé cómo explicarlo. Un instante antes, la brisa traía el perfume del azahar y el rumor lejano del mar. Al siguiente, el aire se volvió denso, metálico, con un regusto a salmuera y a algo más oscuro, algo que no supe nombrar hasta mucho después. A sangre. A hierro oxidado. A muerte.

Los cirios se apagaron. No uno. No dos. Los cientos cuarenta, como si una mano invisible los hubiera soplado al unísono. La oscuridad cayó sobre el patio con la violencia de un hachazo.

—¿Qué demonios…? —comenzó Rodrigo, soltándome la mano.

Un grito. Agudo, desgarrado, procedente de la muralla sur. Después otro. Y otro. Y el estrépito sordo de cuerpos al estrellarse contra la piedra.

Elvira se aferró a mi brial. Sus dedos, helados, se clavaron en la seda.

—Mencía. Mencía, tengo miedo.

—Callad. —Le cubrí los ojos con la palma, aunque yo misma temblaba—. No miréis.

Pero miré. Dios me perdone, miré.

Antorchas surgieron en la oscuridad como ojos de bestia.

Decenas. Cientos. Y tras ellas, figuras envueltas en telas oscuras, con cimitarras que relampagueaban bajo la luz rojiza.

Habían escalado la muralla desde el mar.

Piratas. Berberiscos. Galeras surgidas de la nada, amparadas por la tormenta que ahora rugía sobre nuestras cabezas, con truenos que hacían vibrar el suelo bajo mis pies.

El caos se desató. Los convidados, nobles desarmados, corrían hacia las puertas interiores.

Los sirvientes chillaban. El juglar soltó el laúd y huyó.

Un mercenario de la guardia de Rodrigo intentó desenvainar, pero una cimitarra le abrió el vientre antes de que lograra extraer la espada del todo.

Sus entrañas se derramaron sobre las losas con un sonido húmedo, obsceno.

—¡Al torreón! —bramó Rodrigo, arrancando su espada del cinto—. ¡Mencía, llevaos a Elvira al torreón! ¡Ahora!

—No voy a dejaros.

—¡No es una petición! —Me empujó hacia la arcada norte. Sus ojos, normalmente cálidos como la miel de brezo, ardían con una ferocidad que nunca le había visto—. ¡Id! ¡Proteged a vuestra hermana! ¡Por lo que más améis en este mundo, corred!

Me arrastró hacia el pasadizo. Elvira lloraba en silencio, con los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas por el terror. Tropecé con el dobladillo del brial. Rodrigo me sostuvo, me alzó, me besó con una desesperación que me partió el alma.

—Os amo —jadeó contra mis labios—. Decidle a Elvira que la quiero como a una hija. Id. ¡Id!

Me soltó. Se giró. Alzó la espada.

Y lo vi morir.

Un hombre enorme, con el rostro cubierto por un turbante negro, surgió de la oscuridad como un demonio del averno.

Su cimitarra describió un arco amplio, lento, casi ceremonial.

Rodrigo paró el primer golpe. El segundo.

El tercero le cercenó el brazo izquierdo a la altura del codo.

La espada cayó al suelo con un tintineo metálico.

La sangre brotó a borbotones, negra bajo la luz de las antorchas, salpicando los azulejos, mi brial, el rostro de Elvira que gritaba a mi espalda.

Rodrigo cayó de rodillas. Alzó la mirada. Me buscó entre la multitud de sombras y acero. Nuestros ojos se encontraron por última vez. Y en los suyos no había miedo. Solo una tristeza infinita, una disculpa silenciosa.

El cuarto golpe le separó la cabeza del cuerpo.

El sonido. El sonido de la carne al ceder. El crujido del cartílago. El golpe sordo del cráneo rebotando contra las losas. Aquel sonido me habitará hasta el último de mis días.

No grité. No pude. Algo dentro de mí se quebró con una sequedad absoluta, como una rama muerta en pleno invierno. Elvira aullaba. Yo permanecí inmóvil, con la sangre de mi esposo empapándome las zapatillas, mientras el mundo se deshacía a mi alrededor.

Manos toscas me agarraron. Unos dedos sucios, callosos, me arrancaron el cinturón de plata.

Otro me tiró del cabello, arrancándome mechones de raíz.

El dolor me devolvió al cuerpo, a la realidad, a la certeza de que si no corría, Elvira y yo terminaríamos como Rodrigo.

Como los sirvientes cuyos cuerpos ya alfombraban el patio, despojados, mutilados, irreconocibles.

Corrí. Arrastrando a mi hermana, que apenas podía mantenerse en pie.

Corrí por los pasillos del alcázar, entre tapices arrancados y muebles volcados, entre charcos de sangre y miembros cercenados.

El olor. El olor a tripas abiertas, a humo, a miedo.

Un olor que se pega a la lengua y no se va, que se instala en las fosas nasales como un parásito.

No llegamos al torreón.

Una red. Una maldita red de cáñamo, arrojada desde lo alto de la escalera, nos envolvió a ambas. Caí de bruces. Elvira gritó mi nombre. Forcejeé, me arañé las manos contra las cuerdas, pero eran demasiados. Demasiadas manos, demasiadas voces guturales en una lengua que no comprendía.

Me alzaron en vilo. Pataleé. Mordí el antebrazo del hombre que me cargaba sobre el hombro, y sentí el sabor salobre de su sangre en mi boca. Me golpeó. El puñetazo en la sien me nubló la vista, me llenó el cráneo de un zumbido de abejas.

La última imagen que guardé de aquella noche fue la de Elvira, a tres varas de mí, con los rizos cobrizos pegados al rostro por las lágrimas y la sangre ajena, extendiendo una mano hacia la mía sin alcanzarla.

Después, la oscuridad. El hedor a brea. El vaivén nauseabundo de un casco de madera sobre el agua. El crujido de las cadenas.

Desperté horas después. O días. El tiempo carecía de significado en aquella panza de madera podrida.

La bodega. Estaba en la bodega de una galera.

Elvira dormía —o estaba inconsciente— a mi lado, con las muñecas encadenadas a una argolla del suelo.

Yo también. El metal frío me mordía la piel, me rozaba hasta dejarla en carne viva.

El barco se movía. Hacia el sur. Hacia África. Hacia lo desconocido.

Me incorporé con un quejido. El vestido de seda granada, mi vestido de cumpleaños, estaba rasgado, empapado en sangre seca. La sangre de Rodrigo. Me llevé la tela a la nariz. Aún olía a él. A romero, a vino, a la pomada de árnica que usaba para las heridas de espada.

Lloré. Lloré sin sonido, con los dientes apretados, con el cuerpo sacudido por espasmos que me doblaban en dos.

Lloré por mi esposo, por mi hogar, por los ciento cuarenta cirios que nadie volvería a encender.

Lloré por la niña que había sido esa misma mañana, la mujer que besó a su marido bajo el azahar y creyó que la felicidad era un derecho y no un préstamo.

Un ruido. Pasos en la escalerilla. La trampilla se abrió y la luz del día me cegó. Bajó un hombre. Alto, delgado, envuelto en una túnica de lino blanco que contrastaba con la mugre de la bodega. Se movía con la gracia felina de un depredador. Se detuvo ante mí. Me estudió.

Levanté el mentón. Aunque estaba encadenada, aunque olía a vómito y a muerte, aunque mi vestido era un harapo manchado, alcé la barbilla con la altivez de tres generaciones de Lara. No le daría la satisfacción de verme suplicar.

Él sonrió. Una sonrisa lenta, calculada, que no alcanzaba sus ojos. Unos ojos verdes. Verdes como el mar de Alborán. Verdes como la envidia, como el veneno, como la hierba que crece sobre las tumbas.

Se arrodilló ante mí. Con una delicadeza obscena, casi litúrgica, extrajo un velo de seda negra de entre los pliegues de su túnica y me cubrió el rostro. Sus dedos rozaron mi mejilla. Fríos. Secos. Como los de un cadáver.

Pero entonces habló. En castellano. En un castellano perfecto, pulido, sin rastro de acento extranjero, con la cadencia de quien aprendió la lengua en una cuna y no en un mercado.

—Sois el rescate más valioso que he tomado en veinte años, señora de Lara.

El velo me ocultaba el rostro, pero yo podía verlo a él. La cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. La barba recortada con precisión de orfebre. El brillo de una inteligencia afilada, cruel, paciente.

Quise escupirle. Quise gritarle que me matara como a Rodrigo, que no me llevara a su maldito continente de arena y miseria. Pero las palabras se me atoraron en la garganta, ahogadas por un sollozo que me negué a liberar.

Él se puso en pie. Se giró hacia la escalerilla. Y antes de desaparecer en la luz del día, se detuvo.

—Ah, una cosa más.

Su voz descendió hasta convertirse en un susurro íntimo, casi tierno, como el de un amante que comparte un secreto en la oscuridad del lecho.

—Vuestro esposo, don Rodrigo, me suplicó antes de morir. No por su vida. Por la vuestra. Me pidió que os conservara intacta. —Una pausa. El crujido de la madera bajo sus botas—. Qué ingenuo. Como si la integridad de una mujer dependiera de la voluntad de un hombre.

Subió. La trampilla se cerró. La oscuridad regresó.

Pero yo, Mencía de Lara, viuda a los veinte años, cautiva en las entrañas de un barco que navegaba hacia el abismo, apreté los puños hasta que las cadenas me desgarraron las muñecas y juré por la sangre de mi esposo, por la memoria de mis muertos, por el orgullo de un linaje que no se arrodillaría ante ningún pirata del Mediterráneo:

Saldría de aquella bodega. Volvería a Castilla. Pero Yusuf al-Qurtubi, fuera cual fuera su verdadero nombre, pagaría cada gota de sangre derramada en el patio de los arrayanes.

Aunque tuviera que cruzar el infierno entero para cobrar la deuda.

Elvira gimió a mi lado. Le acaricié el cabello con los dedos ensangrentados.

—Estoy aquí, pequeña —le susurré—. Estoy aquí.

Pero ambas sabíamos, con esa certeza muda que solo comparten los condenados, que ya no estábamos en ningún lugar. Que Castilla, el azahar, los cirios de cera virgen y la sonrisa de Rodrigo pertenecían a una vida anterior. Una vida que el mar acababa de devorar.

El barco crujió. Las olas golpeaban el casco como puños contra un ataúd.

Después la galera Estrella de Ifriqiya enfiló la proa hacia el sur, hacia las costas de Berbería, hacia un destino que ninguna carta de navegación castellana se atrevía a trazar.