Capítulo 24
El trono se sintió frío bajo sus manos cuando finalmente se paró frente a él, el broche real brillando con una luz propia que Leonor jamás había visto antes, como si reconociera por fin, después de cinco años de exilio, a su legítima dueña.
—Yo, Leonor de la casa real de Ashvara —dijo, la voz elevándose con una fuerza que no sabía que poseía—, reclamo este trono por derecho de sangre, voluntariamente, ante quien lo ocupó sin ese derecho.
Detrás de ella, Diego caía de rodillas, la batalla contra Duarte perdida por un instante mientras la maldición en su brazo estallaba en una luz cegadora, como si sintiera que su tiempo se acababa.
—Termina esto —jadeó él, la sangre oscura corriendo por su brazo—. Ahora, Leonor. No importa lo que me pase a mí.
—Sí importa —replicó ella, girándose hacia él—. Por eso el ritual dice «ante quien lo ocupó», no «después de que muera». Necesito que estés vivo para esto, Diego. Necesito que estés vivo, punto, sin condiciones.
Se arrodilló junto a él, colocando ambas manos sobre la marca oscura de su brazo, sintiendo el frío antinatural de la maldición luchando contra el calor de su propia sangre real.
—Te libero de esta carga —dijo, canalizando cada gota de poder que el broche le ofrecía— no porque lo debas, sino porque elijo hacerlo. Porque te elijo a vos, con toda tu historia y la mía, con toda la mentira y toda la verdad que construimos entre las dos.
La luz que estalló entonces no tenía nada de oscuro: dorada, cálida, expandiéndose desde el punto donde sus manos tocaban su piel hasta envolver todo el salón en un resplandor que obligó incluso a Duarte a retroceder, gritando algo que sonaba más a furia que a dolor.
Cuando la luz se disipó, la marca en el brazo de Diego había desaparecido por completo.
—¿Funcionó? —susurró él, la voz cargada de una esperanza casi dolorosa de sostener.
Leonor, ahora sentada en el trono que había jurado nunca desear, sintió el peso de la corona invisible asentándose sobre sus hombros con una certeza que iba más allá de cualquier duda.
—Funcionó —confirmó, con lágrimas que finalmente se permitió dejar caer—. Ashvara tiene una reina de nuevo. Y vos, Diego Ferro, sos libre.