Capítulo 23
El gran salón del trono, o lo que quedaba de él, se alzaba ante ellos bajo la luz pálida del atardecer que se filtraba a través del techo derrumbado.
El trono mismo, milagrosamente, seguía en pie —ennegrecido por el fuego, pero intacto en su estructura fundamental, como si algo en su interior se negara a ser destruido del todo.
—Llegás tarde para salvar nada, princesa —dijo Duarte, entrando al salón con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito de guerra—. Este trono ha estado maldito durante dos siglos. Un ritual improvisado en medio del caos no va a deshacer eso.
—No estoy improvisando —respondió Leonor, colocando la mano sobre el broche real que llevaba de vuelta contra su pecho—.
Estoy haciendo exactamente lo que mi familia debería haber hecho hace generaciones: terminar con esta maldición de una vez por todas, en lugar de dejar que consuma a cualquiera que se atreva a sentarse en este trono.
Se volvió hacia Diego, cuyo rostro todavía cargaba las marcas del dolor de la traición reciente, mezcladas ahora con algo más urgente: la necesidad compartida de sobrevivir a los próximos minutos.
—Necesito que estés presente cuando reclame el trono. El ritual lo exige: la sangre legítima, devuelta voluntariamente, frente a quien lo ocupó sin derecho.
—¿Y si no funciona? —preguntó él, la voz tensa.
—Entonces probablemente ambos muramos acá mismo. —No había forma de suavizar esa verdad—. Pero si funciona, la maldición termina. Para vos. Para el próximo que hubiera tenido que cargarla después.
Duarte se abalanzó hacia ellos entonces, entendiendo demasiado tarde que la conversación había sido, en realidad, una distracción cuidadosamente calculada.
Diego se interpuso, bloqueando el ataque con una fuerza desesperada que le costó un corte profundo a lo largo del antebrazo —el mismo brazo marcado por la maldición, que ahora sangraba una luz oscura en lugar de sangre normal.
—¡Andá! —gritó él, sosteniendo a Duarte el tiempo suficiente—. ¡Ahora, Leonor!
Leonor corrió hacia el trono, el corazón desbocado, sabiendo que tenía apenas segundos para hacer lo que generaciones enteras de su familia habían sido incapaces de lograr.