Capítulo 19
Decidió contárselo al amanecer, cuando el campamento aún dormía y las palabras tendrían, al menos, la dignidad de la privacidad.
Nunca llegó a ese momento.
Un segundo emisario de la Corte Gris llegó antes del alba, esta vez sin disfraz de mercader ni pretensiones diplomáticas: una figura envuelta en túnicas grises que se materializó literalmente entre las sombras del campamento, provocando el caos entre los centinelas.
—General Ferro —dijo la figura, la voz resonando con un eco antinatural—, venimos a ofrecerle una última oportunidad.
Entregue a la heredera cuando la encuentre, y la Corte Gris garantizará que la maldición se transfiera pacíficamente, sin dolor, a un receptáculo que nosotros proporcionaremos.
Continúe protegiéndola, y todos en este campamento sufrirán las consecuencias.
—¿Qué receptáculo? —exigió Diego, la espada ya desenvainada.
—Eso no es asunto suyo, general. Solo sepa que la Corte Gris ha esperado dos siglos para asegurar que el trono de Ashvara jamás vuelva a estabilizarse del todo. Un heredero muerto es muchísimo más útil para nuestros propósitos que uno vivo sentado en el trono.
La revelación cayó sobre el campamento como un baldazo de agua helada: no querían simplemente controlar el caos. Querían que Leonor muriera, sin importar quién resultara herido en el proceso.
La figura desapareció tan repentinamente como había llegado, dejando tras de sí un silencio cargado de terror.
Diego se giró hacia el campamento, dando órdenes rápidas para reforzar la vigilancia, pero Elena apenas lo escuchaba, paralizada por una certeza gelida: si la Corte Gris la quería muerta, cada segundo que ella permaneciera oculta ponía en peligro a todos los que la rodeaban, incluido él.
Tomás la encontró temblando junto a las murallas poco después.
—Es hora, ¿verdad? —dijo, sin rodeos, la certeza en su voz confirmando que había sospechado la verdad desde hacía tiempo—. Tenés que decírselo antes de que sea demasiado tarde.
—Vas a odiarme cuando sepas quién soy en realidad.
—Tal vez. —Se encogió de hombros, con una tristeza cansada—. Pero él va a odiarte muchísimo más si se entera por boca de otro.