Capítulo 18
No tuvo la oportunidad de elegir el momento.
Tomás la encontró a la mañana siguiente con el rostro pálido y una urgencia que la puso en alerta de inmediato.
—Tenés que venir. Ahora.
La llevó a la tienda de mando, donde Diego esperaba de pie, rígido, con un objeto sobre la mesa que Elena reconoció de inmediato con una punzada de terror helado: el broche real de Ashvara, con el sello de su familia grabado en oro antiguo, la misma pieza que ella había llevado escondida durante años y que, en algún descuido reciente, había perdido sin notarlo.
—Lo encontramos junto al río —dijo Diego, la voz cuidadosamente neutral, aunque sus ojos brillaban con algo que Elena no podía descifrar del todo—. Es el sello real. El auténtico. Solo un miembro de la familia real podría haberlo tenido en su poder.
El silencio cayó sobre la tienda y se sintió como el filo de una espada suspendida sobre su cuello.
—Hay una infiltrada en este ejército —continuó él, cada palabra cayendo como un golpe calculado—. Alguien que ha estado cerca de mí, cerca de mis planes, tal vez desde el principio. Y voy a encontrar quién es, aunque tenga que revisar a cada soldado de esta unidad uno por uno.
Sus ojos se posaron en Elena por una fracción de segundo más larga de lo necesario —no una acusación aún, pero sí una pregunta silenciosa que la aterró hasta la médula.
—¿Qué va a hacer si la encuentra? —preguntó ella, con una calma que le costó cada gramo de autocontrol que le quedaba.
Diego la miró directamente, y por un instante —uno solo, aterrador— Elena tuvo la certeza absoluta de que él ya sospechaba la verdad, aunque aún no se permitiera nombrarla.
—Depende de quién sea —dijo, la voz cargada de un peso que iba mucho más allá de la pregunta—, y de por qué estuvo mintiendo.
Esa noche, mientras el campamento dormía, Elena sostuvo el broche perdido —recuperado en secreto de los efectos personales de Diego, un riesgo casi suicida— y comprendió con una claridad devastadora que ya no tenía tiempo. La verdad iba a salir a la luz, con su permiso o sin él.
Solo le quedaba decidir si sería ella quien la contara, o si dejaría que el destino lo hiciera por ella de la peor manera posible.