Capítulo 17
Los días siguientes trajeron una felicidad frágil y robada, del tipo que Elena sabía, con el peso helado de la certeza, que no podía durar.
Pero se permitió vivirla de todas formas: las miradas cómplices durante las reuniones de estrategia, los momentos robados junto al río, las conversaciones que se estiraban hasta la madrugada sobre todo y nada.
Tomás no dijo nada al respecto, aunque la mirada que le dedicó una mañana —mitad advertencia, mitad resignación cansada— dejaba claro que no era ningún tonto.
—Se te nota en la cara, Elena —le dijo, mientras compartían la guardia del amanecer—. Y se le nota a él también. Nunca lo había visto así. Ni antes de la maldición, ni durante.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende de cómo termine. —Tomás la miró con una seriedad poco habitual—. La gente feliz tiene más para perder, Elena. Y vos tenés cara de alguien que sabe exactamente cuánto está en juego.
Aquella noche, en la privacidad de la biblioteca real, Elena y Diego compartieron algo más que palabras por primera vez —una intimidad lenta y cuidadosa, cargada de la ternura desesperada de dos personas que sospechaban, cada una por sus propias razones, que el tiempo que les quedaba juntos era limitado.
No hubo prisa, ni palabras vacías: solo la certeza silenciosa de que ambos habían encontrado, contra toda lógica y toda historia compartida de dolor, algo real en medio de la guerra que los rodeaba.
Después, mientras Diego dormía con la cabeza apoyada contra su hombro, Elena observó la marca oscura en su brazo, ahora extendida casi hasta el codo, y sintió que el tiempo se le escapaba entre los dedos como agua.
Tenía que decirle la verdad pronto.
Antes de que la Corte Gris, o el destino, o su propio silencio, lo hicieran por ella.