La Reina Caída Capítulo 16
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Capítulo 16

Diego la encontró esa noche sentada sola en las almenas, con la mirada perdida en las estrellas que empezaban a asomar sobre las ruinas de Ashcaida.

—Estás temblando —dijo, quitándose la capa sin preguntar y colocándola sobre sus hombros con un gesto que ya empezaba a sentirse como una costumbre entre ellos—. ¿Qué pasó?

—Encontré a alguien hoy que conocía a la familia real. —No era del todo mentira—. Me hizo pensar en todo lo que perdí.

Diego se sentó a su lado, cerca, la calidez de su cuerpo un contraste agradable contra el frío nocturno.

—No hablas mucho de tu pasado.

—Vos tampoco de tu hermano, hasta hace poco.

—Buen punto. —Una sonrisa breve, genuina—. Supongo que ambos cargamos cosas que preferimos no nombrar en voz alta.

—¿Y si algún día tengo que contártelo todo? —preguntó ella, la voz apenas un hilo—. ¿Y si lo que te cuento cambia todo entre nosotros?

Diego giró el rostro hacia ella, su expresión suave pero decidida bajo la luz de las estrellas.

—Elena, ya cambiaste todo para mí. No creo que exista una versión de tu pasado que pueda deshacer eso ahora.

—No podés prometer eso sin saber de qué hablo.

—Tal vez no. —Se acercó, apenas, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo en el aire frío de la noche, su mano subiendo para apartarle un mechón de pelo del rostro con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la fuerza que ella sabía que él poseía—.

Pero conozco lo que siento cuando estás cerca, y eso es lo único de lo que estoy completamente seguro en este mundo roto.

La distancia entre ambos desapareció por completo cuando él la besó, lento y cuidadoso al principio, como si le diera a ella toda oportunidad de alejarse.

Ella no la tomó. En cambio, se acercó más, dejándose llevar por primera vez en cinco años por algo que no tenía nada que ver con estrategia o supervivencia.

El beso se profundizó, cargado de todo lo que ambos habían estado conteniendo durante semanas —la tensión, el miedo, la ternura inesperada que había crecido entre enemigos jurados hasta convertirse en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar todavía.

Cuando finalmente se separaron, sin aliento, Diego apoyó su frente contra la de ella.

—Lo que sea que estés escondiendo, Elena... cuando estés lista, voy a seguir acá.

Elena cerró los ojos, deseando con desesperación que esa promesa fuera cierta, sabiendo en el fondo que la verdad que se avecinaba podía destruir todo lo que acababan de construir en un solo instante irreversible.