La Reina Caída Capítulo 15
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Capítulo 15

El peligro llegó con el rostro de alguien que Elena jamás hubiera esperado encontrar tan lejos de la capital: Renata Soler, antigua doncella de la reina, la madre de Leonor.

La mujer llegó al campamento como parte de una delegación de refugiados que buscaban protección militar, y en el instante en que sus ojos se cruzaron con los de Elena a través del patio, Elena supo que estaba perdida.

Renata la había cuidado desde que era una bebé.

No había disfraz, ni nombre falso, ni cinco años de entrenamiento que pudieran engañar a la mujer que le había trenzado el cabello cada noche durante toda su infancia.

El reconocimiento cruzó el rostro de Renata como un relámpago —sorpresa, incredulidad, alegría desesperada— antes de que Elena pudiera intervenir. Se movió con rapidez, interceptando a la mujer antes de que dijera una palabra en voz alta, arrastrándola hacia un rincón apartado del patio.

—No digas nada —susurró, la voz temblando de pánico contenido—. Por favor, Renata. Ni una palabra.

—Mi niña. —Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas—. Creí que habías muerto. Todos estos años...

—Estoy viva. Estoy bien. Pero tenés que fingir que no me conocés. Mi vida depende de eso. Y tal vez la de él también.

Renata siguió su mirada hasta donde Diego supervisaba la llegada de los refugiados a la distancia, y algo en su expresión se endureció de inmediato.

—¿El usurpador? Leonor, ¿qué estás haciendo?

—Es complicado.

—Es tu enemigo.

—Ya no estoy segura de qué es —admitió, la verdad escapando antes de que pudiera contenerla—. Y eso me aterra más que cualquier otra cosa que haya sentido en cinco años.

Renata la observó largamente, la vieja lealtad familiar librando una batalla silenciosa contra la desconfianza acumulada de años de exilio.

—Guardaré tu secreto —dijo finalmente—, porque confío en que sabés lo que hacés. Pero ten cuidado, mi niña. Un corazón dividido entre el deber y el deseo rara vez sale ileso de la elección que eventualmente tendrá que hacer.

El encuentro duró apenas minutos, pero dejó a Elena temblando durante horas, consciente de que su secreto ya no le pertenecía solo a ella.

Cada persona que lo conociera era una grieta más en el muro que había construido con tanto cuidado, y bastaba una sola grieta para que todo se derrumbara sobre el hombre que, contra toda razón, se había convertido en lo más parecido a un hogar que había tenido en cinco años.