La Reina Caída Capítulo 13
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Capítulo 13

La frase se quedó con ella toda la noche, retorciéndose junto a la culpa que ya cargaba. Aunque me cueste la vida. Diego no sabía que estaba firmando su propia sentencia frente a la persona equivocada —o tal vez la única persona correcta, dependiendo de cómo se mirara.

Porque el ritual no decía nada sobre lo que le pasaría a él después de entregar el trono.

Y una parte fría y calculadora de Elena, la que había sobrevivido cinco años gracias a no confiar en nadie, se preguntaba si aquello era exactamente lo que quería: que él desapareciera de su vida en el mismo instante en que ella recuperara todo lo que había perdido.

La otra parte de ella, la que había empezado a nacer en una torre derruida durante una tormenta, se negaba rotundamente a aceptar esa posibilidad.

—Estás muy callada —dijo Diego, encontrándola sentada sola en lo que quedaba de un jardín interior, entre flores silvestres que habían crecido salvajes sobre las piedras rotas.

—Pensando.

—¿En qué?

—En qué pasa después. Cuando encuentres al heredero. Cuando entregues el trono. —Se obligó a mirarlo—. ¿Qué te pasa a vos?

Diego se sentó a su lado, el silencio estirándose entre ellos como una cuerda a punto de romperse.

—No lo sé. Tal vez la maldición me consuma del todo en el momento en que deje de sostenerla.

Tal vez simplemente vuelva a ser un segundo hijo sin trono ni propósito.

—Se encogió de hombros, aunque el gesto no ocultaba del todo el miedo debajo—.

Honestamente, hace un mes eso no me habría importado en absoluto.

—¿Y ahora?

La miró entonces con una intensidad que le robó el aire.

—Ahora hay alguien a quien me gustaría seguir conociendo, sin importar qué forma tome mi vida después de esto.

La distancia entre ellos se redujo sin que ninguno de los dos decidiera conscientemente acortarla. Elena sintió el calor de su mano cubriendo la de ella sobre la piedra fría, un gesto simple que se sintió más íntimo que cualquier otra cosa que hubieran compartido hasta entonces.

—Diego —susurró, la voz cargada de todo lo que no podía decir todavía—, hay cosas de mí que no sabes.

—Lo sé. —Su pulgar trazó círculos lentos sobre el dorso de su mano—. Y cuando estés lista para contármelas, voy a estar acá para escucharlas. Todas. Sin importar cuán difíciles sean.

Elena cerró los ojos, deseando con toda su alma que esa promesa pudiera sobrevivir a la verdad que se avecinaba.