Capítulo 12
La campaña los llevó finalmente a Ashcaida, la antigua capital, ahora reducida a una guarnición militar rodeada de los restos quemados de lo que alguna vez fue el palacio real.
Elena no había vuelto desde la noche en que huía con las manos vacías, y caminar entre esas ruinas junto al hombre que él creía responsable de destruirlas fue una de las experiencias más difíciles de su vida entera.
—¿Estás bien? —preguntó Diego, notando cómo se le tensaba el cuerpo entero al cruzar lo que quedaba del salón del trono—. Te pusiste pálida.
—Este lugar tiene mala energía —mintió, aunque la verdad era muchísimo más simple y más dolorosa: reconocía cada piedra, cada columna caída, cada resto carbonizado de los tapices que su madre había mandado tejer.
Esa noche, mientras el resto del ejército acampaba en el patio exterior, Diego la llevó a lo que quedaba de la biblioteca real —una de las pocas áreas del palacio que había sobrevivido relativamente intacta, protegida por hechizos antiguos que el fuego no había logrado quebrar del todo.
—Vengo acá cuando necesito pensar —explicó, pasando los dedos por lomos de libros cubiertos de polvo—. Hay algo en este lugar que aliviana el peso de la maldición, aunque nunca entendí por qué.
Elena sí lo entendía: la biblioteca había sido construida sobre uno de los puntos de poder más antiguos ligados a la sangre real de Ashvara, un lugar donde la magia de su linaje corría más cerca de la superficie. Que aliviara el dolor de Diego tenía mucho más sentido del que él imaginaba.
Entre los libros, encontraron juntos —por primera vez trabajando codo a codo sin secretos entre ellos, o casi— un tratado antiguo sobre las maldiciones de sangre y trono.
Confirmó lo que el diario de Diego ya insinuaba, pero añadió un detalle que hizo que a Elena se le helara la sangre en las venas: la maldición solo podía romperse mediante un ritual realizado en el corazón del antiguo salón del trono, donde la sangre legítima debía reclamar el asiento voluntariamente, en presencia de quien lo había ocupado sin derecho.
—Entonces necesitamos encontrar al heredero —dijo Diego, sin sospechar la ironía de sus propias palabras—, quien quiera que sea, dondequiera que esté.
Elena cerró el libro con manos temblorosas.
—¿Y si ya lo encontraste?
—Entonces mi deuda con Ashvara por fin terminaría —dijo él, sin dudar ni un instante—, y podría descansar sabiendo que hice lo correcto, aunque me cueste la vida.