La Reina Caída Capítulo 11
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Capítulo 11

Decidió arriesgarse esa misma noche.

Encontró a Diego revisando informes en su tienda, la marca del brazo cubierta por la manga como siempre, aunque Elena ya había aprendido a notar los pequeños gestos que él hacía cuando el dolor lo alcanzaba: la mandíbula tensa, la respiración más controlada de lo normal.

—Necesito preguntarte algo —dijo ella, cerrando la solapa de la tienda tras de sí—. Sobre la Corte Gris.

Diego levantó la vista tan rápido que la pluma que sostenía dejó una mancha de tinta sobre el papel.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—En un archivo viejo. Tomás confirmó el resto.

Algo cruzó su rostro —sorpresa, luego algo más profundo, casi alivio, como si llevara años esperando poder hablar de esto con alguien que no lo mirara con lástima o miedo.

—Creo que ellos mataron a mi hermano —dijo, la voz baja y cargada—. Creo que orquestaron todo: la fiebre que se lo llevó, el colapso de la corte vieja, incluso mi ascenso al trono. Necesitaban a alguien débil, alguien sin derecho legítimo, alguien maldecible.

—¿Por qué?

—No lo sé con certeza. Pero cada pista que encuentro apunta a lo mismo: quieren que Ashvara permanezca fracturado, gobernado por alguien que se consume lentamente en vez de por un heredero legítimo y fuerte. Un reino débil es un reino fácil de controlar desde las sombras.

Elena sintió que las piezas encajaban con una precisión aterradora: si la Corte Gris había orquestado la caída de su familia, entonces la muerte de sus padres, el exilio, cinco años de sombras y entrenamiento —todo eso podía no haber sido obra de Diego en absoluto, sino de alguien mucho más peligroso escondido detrás de él.

—¿Qué pasaría —preguntó, con cuidado— si un heredero legítimo apareciera?

Diego la miró, y por un instante algo en sus ojos se afiló con una esperanza casi dolorosa de contemplar.

—Le entregaría el trono sin dudarlo un segundo. No lo quiero, Elena. Nunca lo quise. Solo quiero que esta maldición termine, aunque eso signifique mi propia muerte.

Las palabras le calaron tan hondo que, por un momento, Elena tuvo que apartar la mirada para que él no viera lo que reflejaban sus ojos: la culpa, el amor creciente, y el terror absoluto de saber que ella era, precisamente, esa heredera que él esperaba sin saberlo.