La Reina Caída Capítulo 8
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Capítulo 8

El campamento estaba bajo ataque.

No eran soldados de un reino rival, como Elena esperó al principio, sino algo peor: sombras con forma casi humana que se movían entre las tiendas devorando la luz de las fogatas a su paso, dejando tras de sí un frío que calaba los huesos.

—¡Constructos de la Corte Gris! —gritó Diego, ya corriendo hacia el centro del caos—. ¡No los toquen con las manos desnudas!

Elena no tenía idea de qué era una Corte Gris, pero no necesitaba saberlo para reconocer que aquellas criaturas no sangraban cuando el acero las atravesaba: simplemente se deshacían en humo negro y volvían a formarse segundos después, más cerca.

Una de las sombras se abalanzó sobre un soldado joven que Elena apenas conocía de nombre.

Sin pensarlo, se interpuso, empujando al chico fuera del camino justo cuando la criatura le rozaba el antebrazo.

El frío que sintió fue instantáneo y aterrador, como si algo le succionara la vida misma a través de la piel.

—¡Elena!

Diego apareció de la nada, interponiéndose entre ella y la sombra con un movimiento que no tenía nada de humano —una velocidad imposible, una fuerza que solo podía venir de la misma maldición que le corroía el brazo.

La marca oscura brilló con una luz enfermiza mientras él canalizaba algo a través de su espada, algo que hizo que la criatura chillara y se deshiciera en cenizas reales, no en humo temporal.

Cuando terminó, cayó de rodillas, agotado de una forma que iba mucho más allá del cansancio físico.

Elena llegó a su lado antes de que terminara de caer.

—¿Qué fue eso?

—La maldición. —Su voz era apenas un susurro—. A veces... a veces puedo usarla. Pero cada vez que lo hago, me cuesta un pedazo de tiempo que no sé si me sobra.

El resto de la Tercera Unidad terminó de repeler el ataque a su alrededor, pero Elena apenas lo notó, ocupada en sostener el peso de Diego contra su cuerpo, sintiendo el temblor que lo recorría de pies a cabeza.

—Me salvaste la vida —dijo ella, la voz quebrada por algo que no quería nombrar.

—Vos me salvaste a mí primero. Saltándote a proteger a ese chico. —La miró, los ojos grises brillando con una vulnerabilidad total, sin máscara, sin comandante, solo un hombre agotado que había dejado de fingir por un momento—. ¿Por qué lo hiciste?

Elena no tenía una respuesta segura. Solo sabía que en ese instante, con el peso de él contra su pecho y el eco del ataque todavía vibrando en el aire, la línea entre la misión que había jurado cumplir y el hombre que sostenía entre sus brazos se había vuelto irreversiblemente borrosa.

—No lo sé —susurró, y por primera vez en cinco años, no era una mentira ensayada. Era, simplemente, la verdad más aterradora que había dicho en mucho tiempo.