Capítulo 9
Los días después del ataque trajeron una tregua frágil entre lo que Elena sabía y lo que sentía.
Diego se recuperó físicamente en menos de dos días —demasiado rápido, no dejó de notar ella, como si la maldición misma acelerara su curación para poder seguir cobrándole el precio después—, pero algo entre ellos había cambiado de forma irreversible.
Ya no fingían que no se buscaban.
Compartían comidas cuando podían, casi siempre en silencio cómodo.
Él le enseñó a leer mapas de estrategia con una precisión que revelaba años de entrenamiento militar real, no improvisado.
Ella, a cambio, le mostró una técnica de combate con dagas gemelas que él juró no haber visto nunca —y que, por supuesto, pertenecía a la guardia real de Ashvara, algo que Elena omitió mencionar con una facilidad que la asustaba.
—Sos un misterio andante, Elena —le dijo él una tarde, mientras ella limpiaba las hojas gemelas junto al fuego—. Cada vez que creo entender de dónde venís, aparece algo nuevo que no encaja.
—Tal vez soy más interesante de lo que parezco.
—Eso ya lo sé. —La miró con una intensidad que le calentó la piel a pesar del frío de la noche—. Lo que quiero saber es qué tan interesante.
Aquella noche, mientras el campamento dormía, Elena se sentó a solas junto al río cercano e hizo lo que se había prometido no hacer: pensó en un futuro donde no tuviera que elegir entre su venganza y el hombre que, contra toda lógica, empezaba a importarle más de lo que debería.
No encontró ninguna versión de ese futuro donde ambas cosas pudieran sobrevivir intactas.
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Empezó a investigar en serio al día siguiente, aprovechando cada momento libre para buscar en los archivos del fuerte cualquier mención histórica de la maldición de la sangre real.
Encontró fragmentos —registros de sacerdotes muertos hacía siglos, notas al margen de tratados sobre la fundación de Ashvara— pero nada completo, nada que le dijera exactamente cómo romper algo que llevaba generaciones tejido en la sangre de su propia familia.
Lo que sí encontró, en un pergamino casi ilegible fechado dos siglos atrás, fue un nombre que le heló la sangre: la Corte Gris, la misma que había enviado los constructos que casi mataron a Diego.
La Corte Gris no sirve al trono, decía el texto. Sirve a quien se beneficia de que el trono nunca se estabilice.
Alguien, en algún lugar, quería que la maldición continuara. Alguien se beneficiaba del caos.
Y Elena tuvo, por primera vez, la certeza helada de que el verdadero enemigo no era el hombre del que se había enamorado sin darse cuenta.