La Reina Caída Capítulo 7
27%

Capítulo 7

Esa noche no pudo dormir. Salió de la tienda que compartía con dos soldadas más y caminó hasta el límite del campamento, donde el bosque empezaba y las fogatas ya no llegaban.

Encontró a Diego ahí, sentado sobre una roca, con la mirada perdida en la oscuridad entre los árboles.

—Tampoco podés dormir —dijo él, sin sorpresa, como si hubiera sabido que ella vendría.

—Demasiadas cosas en la cabeza.

—Bienvenida al club.

Elena se sentó a su lado, más cerca de lo que la prudencia habría aconsejado, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Fue él quien rompió el silencio, con una voz más baja y más honesta de lo que ella le había escuchado nunca.

—Tenía un hermano menor. Antes de todo esto. Él tenía que ser el que gobernara, no yo. Yo era el segundo hijo, el que podía ir a la guerra y perderse en ella sin que nadie llorara demasiado.

—¿Qué pasó?

—Murió antes de la caída de Ashvara. Fiebre, no guerra. Y cuando la corte vieja colapsó y alguien tuvo que tomar el control para evitar que el reino se destrozara en mil pedazos, todos me miraron a mí. —Se rió, amargo—. El héroe accidental. El usurpador reluctante. Depende de a quién le preguntes.

—¿Y a vos qué te parece que sos?

Diego la miró entonces, de verdad, con una intensidad que la dejó sin aire.

—Un hombre que se está muriendo lentamente por un trono que nunca quiso, rodeado de gente que cree que soy un tirano, sin nadie a quien pueda contárselo de verdad. —Una pausa—. Hasta ahora, tal vez.

El corazón de Elena dio un vuelco peligroso.

—No me conocés, general.

—No. Pero quiero. —Se acercó, apenas, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo en el aire frío de la noche—. Y eso me asusta más que la maldición que llevo en el brazo.

Elena debería haberse alejado. Debería haber recordado el cuaderno de cuero negro, la corona robada, el nombre de su padre convertido en cenizas.

En cambio, se quedó quieta, atrapada entre todo lo que sabía y todo lo que estaba empezando a sentir, mientras la distancia entre ellos se reducía centímetro a centímetro hasta casi desaparecer.

Un grito de alarma desde el campamento los separó de golpe, y ambos se pusieron de pie con la misma velocidad entrenada, la intimidad del momento tragada instantáneamente por el instinto de guerra.

—Eso no son buenas noticias —dijo Diego, ya con la espada en la mano.

Elena desenvainó la propia, el corazón todavía acelerado por razones que ya no tenían nada que ver con el peligro.

—Nunca lo son.