Capítulo 6
La oportunidad llegó en Kelmoor, cuando el general fue convocado a una reunión con el consejo del fuerte y dejó su tienda —y sus papeles— sin vigilancia por primera vez desde que Elena se había unido a la Tercera.
Sabía que era un error incluso mientras se deslizaba adentro.
Los documentos sobre el escritorio eran, en su mayoría, informes de logística: raciones, rutas, números de tropas. Pero debajo de todo eso, oculto entre mapas viejos, encontró un cuaderno encuadernado en cuero negro, cerrado con un broche de hierro deslustrado.
No estaba bajo llave. Tal vez porque nadie mas se atrevería a tocarlo. Tal vez porque él nunca imaginó que alguien lo intentaría.
Las páginas estaban escritas con una letra apretada y nerviosa, muy distinta a la caligrafía ordenada de los informes militares. Fechas. Síntomas. Día 340: el dolor empezó en el brazo izquierdo. Día 402: las marcas llegaron al hombro. Día 610: hoy casi no pude levantarme.
Y luego, una entrada que hizo que el aire se le atascara en la garganta:
La maldición no castiga al usurpador. Castiga al trono vacío.
Se alimenta de quien lo ocupa sin derecho de sangre, consumiéndolo más rápido cuanto más tiempo pase sentado en él.
El único alivio verdadero no es la muerte del portador.
Es la sangre real, devuelta al trono. Si muero antes de encontrar a un heredero legítimo, la maldición no morirá conmigo.
Buscará al siguiente que se siente ahí. Y al siguiente. Hasta que Ashvara entera se consuma.
Elena leyó el párrafo tres veces, sintiendo cómo cada certeza que había cargado durante cinco años se resquebrajaba bajo el peso de la verdad.
No había venido a matar a un tirano.
Había venido a matar al único hombre que estaba sufriendo, en soledad y en silencio, por un crimen que ni siquiera él había elegido cometer. Y si lo mataba sin resolver la maldición de raíz, condenaría al próximo que ocupara ese trono —y al siguiente, y al siguiente— a la misma agonía lenta.
A menos que la sangre real volviera al trono.
Su sangre.
El sonido de pasos afuera de la tienda la sacó del shock.
Devolvió el cuaderno exactamente a su lugar, salió con el corazón desbocado justo cuando Tomás aparecía por la esquina, y se obligó a caminar con normalidad hacia la fogata, aunque cada paso se sentía como caminar sobre el filo de una decisión que ya no podía deshacer.
Romper la maldición no significaba solo salvarlo a él.
Significaba reclamar el trono que había jurado nunca volver a desear.