La Reina Caída Capítulo 5
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Capítulo 5

Despertó antes del amanecer, con el cuerpo agarrotado contra la piedra fría y un peso cálido sobre los hombros que no recordaba haber tenido al dormirse.

La capa de Diego.

Elena se incorporó de golpe, buscando con la mirada, pero él ya estaba de pie junto a la ventana rota, observando cómo la tormenta perdía fuerza sobre las montañas. No dijo nada sobre la capa. Ella tampoco.

—La marcha se reanuda en una hora —dijo él, sin girarse—. Andá a comer algo antes de que Tomás se robe tu ración.

Elena se puso de pie, dobló la capa con cuidado —demasiado cuidado, no dejó de notar— y se la devolvió.

—Gracias.

—No fue nada.

—No pregunté por qué lo hizo.

Diego finalmente se giró, y por un instante algo vulnerable cruzó su rostro antes de que la máscara de comandante volviera a su lugar.

—Ni yo tengo una buena respuesta. Andá.

• • •

Los días siguientes trajeron un cambio sutil que nadie más pareció notar, pero que Elena sintió como un tembladeral bajo sus pies: Diego empezó a buscar su compañía de formas pequeñas y deliberadas.

Le preguntaba su opinión sobre rutas de marcha frente a los demás oficiales.

La dejaba junto a él en el mapa de estrategia, no como quien pone a prueba a un soldado, sino como quien empieza, contra su voluntad, a confiar.

Tomás lo notó, por supuesto. Tomás notaba todo.

—Vas a meterte en problemas —le dijo una noche, mientras compartían guardia—. El general no hace esto. Nunca. Y vos tampoco parecés la clase de persona que se deja acercar fácil.

—No sé de qué me hablas.

—Ya. —Tomás suspiró, mirándola con algo parecido a la lástima—.

Mirá, no sé quién sos en realidad, Elena.

Pero sé reconocer a alguien que carga un secreto pesado cuando lo veo, porque yo cargo el mío.

Solo te digo: lo que sea que estés planeando, tené cuidado.

Ferro no es tan duro como parece, y eso lo hace más fácil de romper, no más difícil.

La advertencia se quedó con ella mucho después de que Tomás se fuera a dormir, resonando contra la culpa que había empezado a crecerle en el pecho como una enredadera silenciosa.

Porque Tomás tenía razón en algo que ni siquiera sabía: ella no estaba ahí para acercarse a Diego Ferro.

Estaba ahí para destruirlo.

Y cada día que pasaba, esa certeza se sentía menos como una misión y más como una traición que aún no había cometido.