La Reina Caída Capítulo 3
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Capítulo 3

Para cuando llegaron al fuerte fronterizo de Kelmoor, Elena ya había aprendido tres cosas sobre el general Ferro que no figuraban en ningún panfleto de propaganda ni en ningún relato de taberna.

La primera: comandaba sin gritar. Donde otros oficiales usaban el miedo como herramienta, él usaba el silencio, y de alguna manera resultaba más efectivo. Sus órdenes se obedecían no por terror, sino por algo más parecido a la lealtad, lo cual desconcertaba a Elena más de lo que quería admitir.

La segunda: comía solo, casi siempre de noche, y apenas tocaba la comida.

La tercera, y la que más la inquietaba: la trataba distinto al resto.

No con favoritismo —eso habría sido fácil de descartar—, sino con una especie de atención cuidadosa, como si buscara algo en ella que no terminaba de encontrar.

Dos veces esa semana la había llamado a informar directamente, saltando la cadena de mando habitual.

Dos veces la había mirado un segundo de más antes de despedirla.

—Sos nueva en esto de mentir, ¿no? —le dijo Tomás una tarde, mientras afilaban espadas junto a la muralla oeste.

—No sé de qué hablas.

—Justamente eso. —Se rió, sin humor—. Una buena mentirosa no repite la misma frase cada vez que alguien la incomoda.

Elena dejó la piedra de afilar sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué querés, Tomás?

—Nada. —Levantó las manos en son de paz—. Solo digo que el general no llama a nadie a informar dos veces en una semana a menos que esté tratando de entender algo. Y Ferro no es de los que dejan cabos sueltos. Si fuera vos, tendría cuidado con lo que sea que esté tratando de entender de vos.

Aquella noche, de guardia en la muralla norte, Elena vio una luz encenderse en la torre del comandante mucho después de la medianoche. Se dijo que no era asunto suyo. Se dijo que cualquier mercenaria sensata habría mirado hacia otro lado.

En cambio, subió.

Encontró la puerta de la torre entreabierta y a Diego Ferro de espaldas a ella, sin la capa, la camisa a medio desabrochar.

En su antebrazo izquierdo, apenas visibles bajo la luz de una única vela, distinguió unas marcas oscuras que parecían grabadas en la piel misma —líneas retórcidas que se extendían como raíces desde la muñeca hacia el codo, palpitando con un brillo tenue y enfermizo.

El general se puso rígido antes de que ella dijera una palabra.

—Deberías estar en la muralla norte, soldado.

—Vi una luz.

—Y decidiste investigar en lugar de ignorarla, como habría hecho cualquier persona con instinto de supervivencia. —Se cubrió el brazo con la manga, pero no lo suficientemente rápido—. Interesante elección.

—¿Qué es eso?

—Nada que te concierna.

—Sangraba luz hace un momento. Eso me concierne bastante, general.

Diego se giró por completo, y por primera vez desde que se conocieron, Elena vio algo distinto en su expresión: no el cálculo frío de un comandante, sino el cansancio puro de alguien que llevaba demasiado tiempo cargando un secreto solo.

—¿Por qué te importaría lo que le pasa a un hombre que derrocó un reino? —preguntó, casi en voz baja.

Elena no tuvo respuesta. O tenía demasiadas, y ninguna que pudiera decir en voz alta.

—No me importa —mintió—. Solo me gusta saber qué clase de hombre me da órdenes.

Diego la observó un largo momento, como si sopesara cuánto de eso era verdad.

—Andate, Elena. Antes de que decida que sabes demasiado.