La Reina Caída Capítulo 2
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Capítulo 2

La Tercera Unidad olía a cuero mojado, aceite de espada y el sudor rancio de hombres que llevaban demasiadas semanas en campaña.

Elena encontró un rincón vacío junto a la fogata más alejada y se sentó a limpiar su equipo, sin mirar a nadie, deseando volverse invisible como había aprendido a serlo en cada ciudad que la vio pasar.

No duró mucho.

—Así que vos sos la que dejó a Bram en el suelo esta mañana. —Un hombre corpulento, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, se dejó caer frente a ella sin pedir permiso—. Soy Tomás. Sargento de esta unidad, cuando el general no anda mirando por encima de mi hombro.

—Elena.

—Ya sé. Todo el campamento habla de vos.

—Tomás la observó con una mezcla de curiosidad y cautela que Elena conocía bien: la mirada de alguien que sospechaba que ella era más de lo que aparentaba, pero no sabía exactamente qué—.

El general no suele bajar personalmente a mirar las pruebas de ingreso.

—Tal vez le gustó el espectáculo.

—Tal vez. —Tomás no sonrió—. O tal vez vio algo que le recordó a alguien.

Elena mantuvo las manos quietas sobre la empuñadura que limpiaba, aunque algo frío le bajó por la espalda.

—No sé de qué hablas.

—Nadie sabe nunca de qué hablo. —Se puso de pie, la cicatriz de su ceja tensándose con una expresión que podría haber sido diversión—. Bienvenida a la Tercera, Elena. Guardia a las cuatro, marcha al amanecer. No llegues tarde: el general odia la impuntualidad casi tanto como odia las mentiras.

Se alejó antes de que ella pudiera responder, dejándola con la sensación incómoda de que aquella frase no había sido casual.

• • •

La marcha hacia la frontera norte comenzó tres días después, bajo un cielo del color del hierro viejo.

Elena aprendió rápido los ritmos de la Tercera Unidad: quién robaba raciones, quién contaba las mismas tres historias de guerra cada noche, quién miraba al general con adoración y quién lo miraba con el mismo temor calculado que ella sentía.

Diego Ferro cabalgaba al frente de la columna casi siempre en silencio, envuelto en esa capa negra que parecía absorber la luz del atardecer.

Solo una vez, durante el segundo día, Elena lo vio tambalearse en la silla —apenas un instante, una fracción de segundo en la que su mano se aferró al pomo de la montura como si el mundo se hubiera inclinado bajo él.

Nadie más pareció notarlo.

Esa noche, mientras montaban campamento, Elena lo vio alejarse solo hacia el límite del bosque, la mano derecha presionada contra el costado izquierdo del pecho.

Cuando volvió, quince minutos después, tenía el rostro pálido y una calma forzada que a Elena, entrenada durante años para leer las mentiras de los demás, le resultó imposible de ignorar.

Algo lo está consumiendo, pensó. Y sea lo que sea, lo está escondiendo tan bien como yo escondo quién soy.

Por primera vez desde que había cruzado la frontera de su antiguo reino con las manos vacías, Leonor —no Elena, no todavía, no del todo— sintió algo peligrosamente parecido a la curiosidad.