La Reina Caída Capítulo 1
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La Reina Caída

La Reina Caída

Por Cristian Ariel Rossi Yanguas

© inepub.com

Capítulo 1

El puerto de Valduna olía a sal, brea y mentiras.

Leonor llevaba tres años perfeccionando el arte de pasar desapercibida, y esa mañana, mientras se abría paso entre carretas cargadas de grano y marineros que gritaban en media docena de dialectos, se dijo a sí misma que esta sería la mentira más grande de todas.

No Leonor. Ya no. Desde que cruzó la frontera con las manos vacías y el nombre de su padre convertido en una palabra que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta, había sido Elena. Elena de ninguna parte. Elena sin familia, sin historia, sin trono que reclamar.

Se detuvo frente al cartel clavado en el poste del muelle, las letras aún frescas de tinta.

EL EJÉRCITO DEL GENERAL RECLUTA. SE BUSCAN MERCENARIOS PARA LA CAMPAÑA DE LA FRONTERA NORTE. PAGA EN ORO DE VALDUNA. PRESENTARSE ANTES DEL OCASO.

No decía su nombre. No necesitaba hacerlo. Todo el continente sabía a quién servía ese ejército: al hombre que se había sentado en el trono de Ashvara sobre las cenizas de su familia, hacía ya cinco años.

Leonor —Elena— apretó la empuñadura de la daga oculta en su manga y caminó hacia la fila de reclutas.

• • •

La prueba de ingreso se llevaba a cabo en un patio de tierra apisonada, rodeado de soldados que apostaban entre ellos sobre quién duraría más en pie.

Elena se quitó la capa, dejó ver los brazos desnudos —cicatrices incluidas, cada una una historia que no pensaba contar— y esperó su turno contra un hombre el doble de su tamaño.

Lo dejó inconsciente en cuarenta segundos. No por crueldad. Por eficiencia. Cuanto antes terminara, antes podría desaparecer entre la multitud de nuevos reclutas y evitar miradas curiosas.

No contó con que él estuviera observando desde las sombras del porche de mando.

—Otra vez —dijo una voz.

No era una petición.

Elena se giró y, por primera vez en cinco años, se encontró cara a cara con el hombre que había destruido su vida.

El general Diego Ferro no se parecía a los retratos que circulaban en los panfletos de propaganda del reino usurpado.

No tenía la sonrisa cruel de un tirano ni los ojos fríos de un carnicero.

Tenía el aspecto de un hombre que no dormía bien, con un cansancio antiguo instalado detrás de una mirada gris que la recorrió de arriba abajo no con deseo, sino con la precisión de quien evalúa un arma.

—¿Nombre? —preguntó, bajando los escalones del porche.

—Elena.

—¿Solo Elena?

—Los apellidos son un lujo que no todos podemos pagar, general.

Algo se movió en la comisura de su boca. No una sonrisa. El fantasma de una.

—Peleás como alguien entrenado por el ejército real. El viejo, quiero decir. El que ya no existe.

Cada palabra le clavó algo frío en el pecho, pero Elena mantuvo la expresión vacía, la misma que había perfeccionado durante mil noches de práctica frente a un espejo roto.

—Peleo como alguien que quiere comer esta semana.

Esta vez, la sonrisa llegó de verdad, breve y torcida.

—Me gusta eso. —Se giró hacia el oficial que llevaba el registro—. Que se una a la Tercera Unidad. Empieza mañana al amanecer.

Cuando se alejaba, se detuvo. No se volvió del todo, pero habló lo suficientemente alto para que ella lo oyera.

—Elena.

—¿General?

—Bienvenida al ejército que derrocó a una reina.

Elena observó su espalda mientras se retiraba, la capa negra ondeando contra el viento del puerto, y pensó, con una calma que la asustó más que cualquier otra cosa que hubiera sentido en cinco años:

Todavía no sabes cuál.