La Reina 13. La guerra de las dos legitimidades
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13. La guerra de las dos legitimidades

La primera batalla no comenzó con una carga de caballería, sino con una retirada fingida.

Aylis había estudiado el terreno durante tres días antes de que las fuerzas de Leandro aparecieran en el horizonte.

Conocía cada barranco, cada arroyo seco, cada pendiente donde la tierra suelta podía convertir una formación ordenada en un desastre.

El comandante enemigo, un hombre llamado Hugo de Antella, controlaba la fortaleza de Peñalcor con una guarnición bien alimentada y muros gruesos.

Rashan quería atacar de frente, romper las puertas con arietes y resolver la cuestión antes de que Leandro enviara refuerzos.

—Si tomamos esa fortaleza por asalto, perderemos trescientos hombres —dijo Aylis, señalando el mapa extendido sobre la mesa de campaña—. Y cada uno de esos hombres tiene un nombre, una familia y una razón para estar aquí que no incluye morir contra una puerta de roble.

Rashan apretó la mandíbula. No estaba acostumbrado a que le corrigieran delante de sus oficiales, pero tampoco era un hombre que confundiera la terquedad con la estrategia.

—¿Qué propones?

—Que Hugo de Antella salga a buscarnos.

La maniobra era sencilla en su concepción y difícil en su ejecución.

Gael condujo un contingente ibérico hacia las posiciones de la fortaleza, provocó una escaramuza breve y desordenada, y se retiró con la torpeza calculada de quien parece haber perdido el control de sus tropas.

Hugo, que llevaba semanas encerrado esperando un ataque que no llegaba, interpretó la retirada como debilidad.

Salió con la mitad de su guarnición para perseguir a los fugitivos.

Los encontró a tres leguas de la fortaleza, en un valle estrecho donde la caballería no podía desplegarse. Rashan cerró la salida por el norte. Gael detuvo su falsa huida y giró. Los arqueros de la Casa Zaydan ocuparon las alturas.

Hugo comprendió la trampa cuando ya no tenía espacio para maniobrar.

La rendición se produjo antes del mediodía.

Aylis ordenó que los prisioneros fueran tratados con respeto y que los heridos recibieran atención sin distinción de bando.

No lo hizo por generosidad abstracta, sino porque cada soldado devuelto a su pueblo con la historia de una reina que no había ordenado su ejecución valía más que diez victorias en campo abierto.

Peñalcor cayó sin que sus muros sufrieran un solo golpe de ariete.

La noticia se extendió por las regiones fronterizas con una velocidad que ningún mensajero habría podido igualar.

Las victorias militares tienen su propia forma de viajar: se deforman, se agrandan, se adornan con detalles inventados, pero conservan siempre un núcleo que la gente reconoce como verdadero.

Aylis había vencido sin arrasar. Había demostrado que sabía pelear y que prefería no hacerlo.

Tres gobernadores regionales enviaron emisarios en la semana siguiente. Dos ofrecieron apoyo abierto. El tercero pidió garantías de que sus tierras no serían entregadas a los Zaydan como recompensa.

Aylis los recibió a todos con la misma fórmula: escuchó primero, habló después, prometió poco y cumplió todo lo que prometía.

Pero la coalición no era un bloque sólido. Dentro de su propio campamento, las fracturas empezaban a mostrarse como grietas en un muro que parece firme hasta que alguien apoya el peso.

Un barón del sur exigió que las tierras confiscadas a los partidarios de Leandro fueran distribuidas entre quienes habían apoyado la causa desde el principio.

Otro noble propuso ejecutar a los comandantes capturados para enviar un mensaje claro.

Un tercero sugirió que las familias que permanecían junto al rey debían perder sus títulos de forma permanente.

Aylis escuchó cada propuesta con la expresión serena que había perfeccionado durante veinte años en Persia, esa máscara que no revelaba ni aprobación ni rechazo hasta que ella decidía mostrar una de las dos.

—No he levantado un estandarte para repartir castigos —respondió al barón del sur—. Si convierto esta guerra en una cosecha de venganzas, el día que me siente en el trono gobernaré un reino de rencores. Y los rencores no pagan impuestos, no defienden fronteras ni alimentan ciudades.

El barón no quedó satisfecho, pero tampoco se atrevió a insistir. Había algo en la forma en que Aylis sostenía la mirada que recordaba demasiado a Alaric.

Mientras tanto, Leandro respondía con la única herramienta que Beltrán le había enseñado a utilizar: el miedo.

Ordenó represalias contra tres ciudades que habían permitido el paso de las tropas de Aylis.

Los graneros fueron requisados, los mercados cerrados y los alcaldes destituidos.

En una de ellas, la guarnición real detuvo a catorce comerciantes acusados de financiar la rebelión.

Las pruebas eran tan débiles que ni siquiera el juez designado por Leandro se atrevió a firmar las condenas sin protestar.

La noticia llegó al campamento de Aylis por boca de un mensajero que había cabalgado dos días sin detenerse. Tenía el rostro cubierto de polvo y los ojos enrojecidos, pero su voz no temblaba cuando describió lo que había visto.

Laleh observó cómo Aylis recibía el informe. Conocía cada una de las señales: la mandíbula tensa, los dedos que se cerraban lentamente sobre el borde de la mesa, la respiración que se detenía un instante antes de volver con un ritmo deliberado.

—Leandro está perdiendo —murmuró Laleh cuando el mensajero se retiró.

—Y por eso es más peligroso ahora que cuando tenía el control —respondió Aylis.

Las represalias provocaron exactamente lo contrario de lo que Leandro esperaba.

Dos comandantes de la guardia real desertaron esa misma semana.

Uno de ellos trajo consigo los planos de defensa de tres fortalezas del norte.

El otro llegó solo, con su espada envuelta en un paño, y pidió servir bajo las órdenes de Gael.

Aylis los aceptó a ambos, pero ordenó que fueran vigilados discretamente durante un mes. La confianza, en tiempos de guerra, era un lujo que no podía permitirse sin verificación.

Beltrán, dentro del palacio, ocultaba la magnitud de las pérdidas con la habilidad de un hombre que había construido toda su carrera sobre la distancia entre la realidad y lo que el rey deseaba escuchar.

Presentaba las deserciones como traiciones previsibles de familias que nunca habían sido verdaderamente leales.

Describía las victorias de Aylis como avances menores en territorios secundarios.

Prometía que la llegada del invierno detendría la campaña y que la primavera traería refuerzos de regiones que aún no se habían pronunciado.

Leandro quería creerle. Necesitaba creerle. Porque la alternativa era aceptar que su hermana no solo era más capaz, sino que el reino entero empezaba a reconocerlo.

Por las noches, el rey caminaba solo por los corredores del palacio. Pasaba frente al retrato de Alaric sin detenerse, como si la mirada pintada de su padre pudiera juzgarlo incluso desde el lienzo.

La tarde en que Farid llegó al campamento, Aylis estaba revisando los informes de abastecimiento con Gael. El emisario persa apareció escoltado por dos jinetes de la Casa Zaydan, vestido con la sobriedad elegante de quien representa a una corona sin necesidad de exhibirla.

Llevaba el sello de Kaveh en un cofre de madera oscura y dos cartas selladas con la cera que Aylis reconoció antes de leer una sola palabra.

Farid se inclinó ante ella con el respeto que se ofrece a una soberana, no a una antigua esposa.

—Persia observa —dijo—. Y el rey desea que sepas que no observa con indiferencia.

—Dile a Kaveh que agradezco su atención —respondió—. Y que mañana hablaremos de lo que Persia espera a cambio de ella.

Farid asintió. Conocía a Aylis lo suficiente para saber que aquella frase cortés contenía una frontera que no debía cruzarse sin invitación.

El campamento se preparaba para la noche.

Los fuegos se encendían entre las tiendas y el olor a pan recién hecho se mezclaba con el del cuero húmedo y la tierra pisada.

En algún lugar, un soldado cantaba una canción que Aylis había escuchado de niña en las cocinas del palacio de Alaric.

Caminó a solas un largo rato, contemplando las estrellas sobre un reino que todavía no era suyo, pero que cada día se parecía más al lugar donde finalmente podría dejar de huir.