12. El estandarte de Aylis
Aylis alzó su estandarte en una colina desde la que podía verse el reino que estaba dispuesta a salvar.
El viento llegaba del norte, cargado de tierra húmeda y del olor lejano de los campos que todavía no habían sido pisados por ningún ejército.
La tela ondeó con un chasquido seco, y los hombres que esperaban al pie de la pendiente levantaron la vista.
Algunos llevaban armaduras heredadas de sus padres.
Otros apenas contaban con un jubón de cuero y una espada sin filo.
Pero todos miraron hacia la colina como si aquel rectángulo de tela significara algo más que colores sobre lino.
Aylis había elegido los símbolos con cuidado.
El león de Alaric ocupaba el centro, pero rodeado por un arco tensado que no pertenecía a ninguna casa conocida.
Era suyo. Lo había diseñado la noche anterior, sentada junto a una vela que apenas alumbraba la mesa de campaña, mientras Laleh cosía los bordes con hilo dorado y Gael revisaba los mapas de la región.
—No es suficiente con que te sigan —le había dicho Laleh, sin levantar la mirada de la aguja—. Necesitan saber a quién siguen.
Y tenía razón. Hasta ese momento, Aylis había sido una idea difusa para la mayoría de quienes se oponían a Leandro.
La hija de Alaric. La antigua reina de Persia.
La mujer que había escapado de una orden de arresto injusta.
Cada descripción contenía una parte de verdad, pero ninguna la definía por completo.
Necesitaba un rostro político propio, una voz que no dependiera de la memoria de su padre ni de los títulos otorgados por su antiguo esposo.
La reunión tuvo lugar en un valle protegido por colinas bajas y bosques de encinas.
Llegaron representantes de siete regiones, algunos con escolta militar, otros acompañados únicamente por un secretario y un caballo cansado.
Aylis los recibió de pie, sin trono, sin tarima, sin ningún adorno que simulara una corte.
Gael permaneció a su derecha. Rashan, dos pasos detrás, con los brazos cruzados y la expresión de quien evalúa cada rostro antes de decidir si merece confianza.
Aylis habló sin alzar la voz más de lo necesario. No comenzó reclamando la corona. Comenzó describiendo lo que había visto.
—Iberia pierde alianzas cada estación. Las rutas comerciales que mi padre tardó décadas en asegurar han sido abandonadas o vendidas a intermediarios que solo responden ante Beltrán de Oria.
Los impuestos se duplican mientras las cosechas disminuyen.
Los comandantes que protegieron nuestras fronteras han sido sustituidos por hombres cuya única virtud es no contradecir al rey.
Hizo una pausa. Observó los rostros. Algunos asentían con la mandíbula apretada. Otros permanecían inmóviles, esperando algo más.
—No estoy aquí porque crea que la corona me pertenece por derecho de sangre.
Estoy aquí porque conozco este reino. Lo conozco desde que mi padre me llevó a recorrer cada frontera antes de cumplir los quince años.
Lo conozco porque durante casi veinte años negocié en nombre de una potencia extranjera y aprendí a distinguir entre un aliado verdadero y una sonrisa con condiciones.
Y lo conozco porque, desde que regresé, he visto cómo se deshace todo aquello que Alaric construyó.
Un noble del oeste, un hombre corpulento de barba entrecana llamado Rodrigo de Asta, fue el primero en formular la objeción que varios compartían.
—Nadie duda de vuestra inteligencia, señora. Pero las leyes de Iberia nunca han permitido que una mujer ciña la corona. Si las quebramos hoy por vos, ¿qué impedirá que mañana cualquier ambicioso las quiebre por sí mismo?
Aylis no desvió la mirada.
—Las leyes existen para proteger al reino, no para destruirlo.
Cuando un soberano utiliza la ley como escudo mientras incendia todo lo que esa ley debería preservar, la tradición deja de ser un argumento y se convierte en una excusa.
No pido que anulen las leyes de Iberia. Pido que las examinen.
Que el Consejo determine si un rey que persigue a su propia hermana sin juicio, que rompe tratados firmados por su padre y que castiga a ciudades enteras por desobediencia merece conservar la autoridad que juró ejercer con justicia.
El silencio que siguió fue denso, cargado de cálculos y dudas. Aylis lo dejó extenderse. Había aprendido en Persia que las palabras más importantes son las que se pronuncian después de un silencio largo.
—Si el Consejo me reconoce, gobernaré sometida a sus instituciones. Si no lo hace, aceptaré su decisión. Pero no permitiré que Leandro destruya Iberia mientras espero a que alguien más encuentre el valor de decir lo que todos saben.
Tres de los siete representantes ofrecieron su apoyo esa misma tarde. Dos pidieron tiempo para consultar con sus familias. Los otros dos se marcharon sin comprometerse, aunque tampoco regresaron junto a Leandro.
Aquella noche, en la tienda de campaña, la tensión entre Rashan y Gael emergió con la claridad que solo permite la cercanía del fuego.
—Cada día que perdemos negociando es un día que Leandro utiliza para fortificar la capital —dijo Rashan, extendiendo un mapa sobre la mesa—. Mis hombres están preparados. Si avanzamos ahora, podemos tomar las fortalezas del sur antes de que reorganice sus defensas.
Gael negó con la cabeza.
—Si tomamos esas fortalezas con soldados de la Casa Zaydan, cada noble indeciso creerá que esto es una invasión. Necesitamos que las tropas ibéricas lideren el avance. Los hombres de Rashan deben ser vistos como aliados, no como conquistadores.
—Mis hombres no han cruzado medio continente para quedarse mirando —replicó el general.
Aylis intervino antes de que la discusión se endureciera.
—Gael tiene razón en el principio. Rashan tiene razón en la urgencia.
No podemos esperar indefinidamente, pero tampoco podemos ganar una guerra y perder la legitimidad que necesitamos para gobernar después.
Las fuerzas ibéricas protegerán los territorios aliados.
La Casa Zaydan asegurará las rutas de suministro y las posiciones defensivas.
Cuando avancemos, lo haremos juntos, pero bajo un mando que refleje lo que somos: una coalición, no una ocupación.
Rashan la miró durante un instante largo. Aylis reconoció en sus ojos la misma evaluación que le había aplicado durante su primer encuentro. Después asintió, no con entusiasmo, sino con la aceptación pragmática de quien comprende que la estrategia correcta no siempre coincide con la más rápida.
Mientras tanto, los mensajeros de Leandro recorrían las regiones con una versión distinta de los acontecimientos.
Según la proclama real, Aylis había vendido Iberia a Persia a cambio de un ejército.
La Casa Zaydan no era una alianza, sino una fuerza de ocupación disfrazada de parentesco.
La antigua reina no buscaba salvar el reino, sino vengarse de un hermano que legítimamente ocupaba el trono que ella siempre había codiciado.
Aylis conocía el poder de esas palabras.
Sabía que una mentira repetida con suficiente convicción podía convertirse en verdad para quienes necesitaban una razón sencilla para no actuar.
Por eso colocó a Gael al frente de cada columna visible, mantuvo a Rashan en posiciones de apoyo y ordenó que los estandartes ibéricos ondearan siempre por delante de los de la Casa Zaydan.
No era un gesto menor. Era la diferencia entre ser recordada como libertadora o como traidora.
Una tarde, mientras revisaba los informes de las regiones del este, Laleh se sentó frente a ella y le sirvió una copa de vino aguado.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste más de tres horas seguidas?
—No lo recuerdo.
—Eso es una respuesta, Aylis. No una buena, pero es una respuesta.
La protagonista sonrió brevemente. Laleh era la única persona que todavía la llamaba por su nombre sin anteponer un título.
Esa familiaridad, lejos de resultar irrespetuosa, funcionaba como un ancla.
Le recordaba que debajo de los cálculos, las alianzas y los mapas seguía existiendo una mujer que había cruzado un mar para recuperar algo que ni siquiera sabía nombrar.
—¿Crees que estoy haciendo lo correcto? —preguntó Aylis.
Laleh bebió un sorbo antes de contestar.
—Creo que dejaste de tener la opción de no hacerlo cuando Leandro firmó aquella orden. La pregunta ya no es si debes actuar, sino qué clase de reina serás cuando todo esto termine.
Aylis asintió despacio. Miró hacia la entrada de la tienda, donde la luz del atardecer dibujaba sombras alargadas sobre la hierba. Al fondo, el estandarte seguía ondeando en la colina.
Por primera vez desde que abandonó Persia, no se sentía como la esposa de un rey ni como la hija de otro.
Se sentía como alguien que había elegido su propio camino y estaba dispuesta a responder por cada paso.