11. La primera traición
Los hombres de Leandro llegaron antes del amanecer y llamaron justicia a lo que era miedo.
Gael los escuchó primero. No el ruido de las botas contra el empedrado, sino algo anterior, más tenue: el chirrido de una rueda de carro detenida donde no debía detenerse, el ladrido cortado de un perro que reconoce a quien no pertenece al barrio.
Llevaba tres noches durmiendo vestido, con la espada al alcance de la mano y la puerta de su habitación entreabierta hacia el corredor que conectaba con los aposentos de Aylis.
No porque hubiera recibido una orden. Porque sabía contar.
Había contado los días desde que Beltrán interceptó los últimos mensajes.
Había contado las ausencias en la guardia del ala norte, los relevos adelantados sin explicación, las miradas que los soldados nuevos intercambiaban cuando creían que nadie los observaba.
Tres noches atrás, un oficial que sirvió bajo Alaric le dijo, sin mirarlo a los ojos, que le convenía buscar destino en otra provincia. Gael no necesitó más aritmética.
Despertó a Laleh con un golpe seco en la puerta. Ella abrió con los ojos ya lúcidos, como si tampoco hubiera dormido de verdad.
—Ahora —dijo Gael.
Laleh no preguntó. Cruzó el pasillo descalza y entró en la habitación de Aylis.
La encontró sentada junto a la ventana, con una carta abierta sobre las rodillas.
La luz de una vela casi consumida le iluminaba las manos pero dejaba el rostro en sombra.
Aylis levantó la mirada y Laleh comprendió que ya lo sabía.
Quizá lo había sabido antes que Gael, antes que los perros, antes que las ruedas del carro.
Lo había sabido desde el momento en que Leandro dejó de recibirla.
—No voy a huir como una fugitiva de mi propia tierra —dijo Aylis.
—Entonces morirás como una mártir en la tierra de tu padre, y eso no salvará a nadie.
Laleh pronunció las palabras sin crueldad, con la precisión de quien lleva veinte años distinguiendo entre el orgullo y la supervivencia. Aylis la miró un instante largo. Luego dobló la carta, la guardó contra el pecho y se puso de pie.
—Necesito la orden. El documento con el sello. Si huimos sin pruebas, Leandro dirá que escapé porque era culpable.
Gael apareció en el umbral. Traía la espada ceñida y un arco cruzado sobre la espalda que Aylis reconoció: era el suyo, el que Alaric le entregó antes de partir hacia Persia. Lo había conservado él sin que ella lo supiera.
—Tenemos menos de una hora —dijo el capitán—. Tal vez menos. Han cerrado la puerta del río y hay antorchas en el camino del molino.
—Necesito esa orden, Gael.
Él apretó la mandíbula. No discutió. Se volvió hacia Laleh.
—¿Puedes entrar en la cancillería?
—Puedo intentarlo.
Laleh se movió con la velocidad silenciosa que había perfeccionado en los corredores del harén persa, donde cada paso podía significar la diferencia entre la información y el desastre.
Conocía a uno de los escribanos de la residencia, un hombre mayor que había servido a Alaric y que guardaba copias de los documentos oficiales por costumbre y por desconfianza.
No tardó en encontrarlo despierto, vestido, con un legajo preparado como si estuviera esperando que alguien viniera a pedírselo.
—Llévelo —dijo el escribano—. Y que Dios proteja a quien tenga razón.
Mientras Laleh regresaba con el documento sellado, Gael organizó la salida.
Cuatro hombres de confianza, los últimos que quedaban de la vieja guardia de Alaric, formaron un perímetro discreto alrededor del patio trasero.
Los caballos estaban ensillados desde la medianoche.
Gael había aprendido de Aylis algo que ningún manual de armas enseñaba: preparar la retirada antes de que el enemigo declare la batalla.
Las fuerzas de Leandro llegaron por tres direcciones. Eran más de las que Gael había calculado. Beltrán no había escatimado. Quería una captura limpia, rápida, sin espacio para la negociación ni para el escándalo de una resistencia prolongada.
Aylis escuchó los primeros gritos desde el corredor.
Reconoció la voz del oficial que dirigía el destacamento: un hombre joven que ella había visto en la coronación de Leandro, arrodillado con fervor genuino.
Ahora venía a arrestarla en nombre del mismo rey al que ella había jurado servir.
La ironía no la sorprendió. La entristeció.
Gael abrió la puerta del patio.
— Ahora o nunca — dijo Gael
Aylis montó. Laleh subió detrás de uno de los soldados. El grupo salió por el pasaje que conectaba la residencia con los huertos exteriores, una ruta que los arquitectos de Alaric habían diseñado para emergencias que el viejo rey esperó no necesitar jamás.
En la oscuridad del camino, entre los árboles frutales que olían a tierra húmeda y a flores tardías, Aylis tuvo que usar el arco.
No contra un hombre. Contra una cuerda. Alguien había tendido una trampa entre dos postes para derribar a los jinetes.
La flecha cortó la soga con una limpieza que sorprendió incluso a Gael.
Los músculos recordaban lo que la mente había intentado olvidar durante años de diplomacia y paciencia.
Más adelante, en un cruce vigilado por dos soldados del rey, Gael desmontó y los enfrentó con la economía brutal de un veterano que no busca gloria sino segundos. Los desarmó sin matarlos. Aylis se lo había pedido antes de salir.
—Son hombres de Iberia. Obedecen órdenes que creen legítimas. No los conviertas en enemigos si podemos convertirlos en testigos.
Cabalgaron hasta el amanecer. Cuando el sol apareció sobre las colinas, Aylis detuvo su caballo en una elevación desde la que podía verse, a lo lejos, el perfil de la residencia que acababa de abandonar.
Columnas de humo se elevaban desde el patio.
No sabía si habían incendiado sus pertenencias o si el fuego era accidental.
Tampoco importaba. Lo que ardía era la última ficción de que podía coexistir con el reinado de su hermano.
Laleh le entregó el documento. Aylis rompió el sello y leyó las palabras que Leandro —o Beltrán, o ambos— habían elegido para justificar su captura.
La acusaban de conspiración con potencias extranjeras, de preparar una invasión mediante las fuerzas de la Casa Zaydan, de mantener correspondencia secreta con el rey Kaveh para entregar territorios ibéricos a cambio de apoyo militar.
Cada acusación contenía un fragmento de verdad deformado hasta volverse irreconocible.
Había escrito a Kaveh, sí, pero para rechazar su ayuda.
Había contactado a Rashan, pero para establecer condiciones, no para planificar una conquista.
La mentira más eficaz, pensó Aylis, es aquella que utiliza los hechos como material de construcción.
Llegaron a la fortaleza de Arven tres días después.
El castillo pertenecía a la familia de Gael y había servido a Alaric durante las guerras de unificación.
Sus muros no eran los más altos de Iberia, pero estaban construidos sobre roca viva y controlaban el paso entre dos valles que ningún ejército podía ignorar.
Desde allí, Aylis dictó su respuesta.
No se dirigió a Leandro. Se dirigió a Iberia.
Ordenó que se distribuyeran copias de la orden de arresto en cada ciudad, cada consejo regional, cada guarnición que todavía recordara el nombre de Alaric.
Junto al documento incluyó una declaración breve, sin adornos retóricos, sin súplicas.
Describió los hechos. Enumeró las decisiones de Leandro que habían debilitado al reino.
Y formuló una sola pregunta: si un rey persigue a quienes le advierten del peligro, ¿quién protegerá al reino cuando el peligro llegue?
Esteban de Valcázar recibió la copia en su residencia del Consejo.
Leyó la orden de arresto dos veces. La primera, como jurista.
La segunda, como ciudadano de un reino que empezaba a desconocer.
Leandro había actuado sin consultar al Consejo, sin presentar pruebas ante un tribunal, sin respetar los procedimientos que el propio Alaric había establecido para proteger a los miembros de la familia real.
Esteban no estaba listo para reconocer a Aylis.
Pero aquella noche redactó una carta dirigida a los demás consejeros en la que denunciaba la violación institucional y exigía explicaciones al monarca.
La grieta se había abierto.
En la fortaleza de Arven, Aylis contempló el mapa de Iberia extendido sobre la mesa de piedra. Gael señalaba posiciones. Laleh organizaba los mensajes que llegaban de las provincias. El viento de la montaña entraba por las ventanas estrechas y agitaba los bordes del pergamino.
Aylis colocó la mano sobre el mapa, en el centro exacto del reino, donde su padre había construido la capital.
—Ya no lucho solo por mi libertad —dijo, y su voz no temblaba, aunque algo dentro de ella sí lo hacía—. Lucho por lo que Iberia necesita seguir siendo.
Nadie respondió. No hacía falta. Las palabras no estaban dirigidas a ellos. Eran un juramento que Aylis se hacía a sí misma, el último antes de cruzar una frontera de la que no habría regreso posible.