10. La sangre de la madre
Rashan llegó desde Oriente sin prometer un solo soldado.
Aylis lo esperaba en la fortaleza de Peñagris, un bastión de piedra oscura enclavado entre dos valles que durante generaciones había servido como refugio a los señores fronterizos de Iberia.
No era un lugar cómodo ni hermoso. Las paredes rezumaban humedad, los corredores olían a musgo y a hierro viejo, y el viento se colaba por las troneras con un silbido constante que impedía olvidar la altura ni la soledad del emplazamiento.
Pero precisamente por eso lo había elegido.
Ningún espía de Leandro se aventuraría hasta allí sin ser detectado a media jornada de distancia.
El general desmontó en el patio sin escolta visible, aunque Gael identificó al menos a seis jinetes apostados entre los árboles del camino. Hombres de la Casa Zaydan. Discretos, bien armados, pacientes como lobos que conocen la ventaja de no mostrarse antes de tiempo.
Rashan vestía sin ostentación. Una túnica de viaje oscura, botas gastadas por el polvo de muchos caminos, un cinturón del que colgaba una espada cuya empuñadura no llevaba adorno alguno.
Solo sus ojos delataban quién era: negros, quietos, capaces de sostener una mirada durante más tiempo del que cualquier interlocutor consideraba tolerable.
Aylis lo recibió de pie en el salón principal, con Laleh a su derecha y Gael un paso detrás. No hubo reverencias. Rashan inclinó brevemente la cabeza, ella respondió con el mismo gesto, y ambos se sentaron frente a una mesa donde no había mapas ni documentos. Solo una jarra de agua y dos copas.
—Tu madre habría preferido que nos reuniéramos en circunstancias distintas —dijo Rashan.
—Mi madre habría preferido muchas cosas que no ocurrieron.
El general bebió un trago largo antes de hablar de nuevo.
—Conozco la situación. Leandro ha firmado una orden para detenerte.
Ha perdido tres alianzas comerciales en el último año.
Sus comandantes del norte apenas responden a las convocatorias y los impuestos que exige superan lo que las provincias pueden entregar sin hambre.
También sé que varios nobles te han pedido que actúes.
—Entonces sabes más de lo que esperaba.
—Saber no es lo mismo que decidir. —Rashan dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco que resonó en la piedra—.
Tengo cuatro mil hombres capaces de cruzar la frontera oriental en menos de quince días.
Caballería ligera, arqueros montados, infantería de asalto.
Suficientes para alterar cualquier equilibrio militar en Iberia.
Pero no los he traído conmigo y no los moveré hasta que entienda algo.
Aylis esperó.
—¿Quieres salvar este reino o quieres demostrarle a tu hermano que siempre fuiste mejor que él?
La pregunta cayó como una piedra arrojada a un pozo profundo. Aylis sintió el impacto antes de escuchar el eco.
Había ensayado respuestas para muchas preguntas.
Para los nobles que la visitaban buscando garantías.
Para los mensajeros que llegaban con noticias cada vez más sombrías.
Para Laleh, que la observaba con esa mezcla de lealtad y preocupación que solo se permite quien ha compartido veinte años de silencios.
Pero Rashan no preguntaba como un aliado que busca confirmación.
Preguntaba como un hombre que necesita saber si merece arriesgar la vida de sus soldados.
—Siento rabia —dijo Aylis. No lo había planeado.
Las palabras salieron antes de que pudiera pulirlas—.
Siento rabia porque mi padre me enseñó a gobernar y luego entregó la corona a alguien que no estaba preparado.
Siento rabia porque Leandro rechazó cada consejo que le ofrecí y ahora me persigue por haberlos dado.
Y siento rabia porque durante veinte años aprendí a construir algo dentro de una corte que no era la mía, y ahora debo hacerlo otra vez en la tierra donde nací, como si nunca hubiera pertenecido a ningún lugar.
Rashan no la interrumpió.
—Pero si actuara solo por rabia, no te habría convocado.
Habría aceptado la primera oferta de los nobles descontentos y habría marchado contra la capital antes de que Leandro terminara de redactar su orden.
No lo hice. No porque carezca de ambición, sino porque conozco la diferencia entre tomar un trono y sostenerlo.
Sacó de entre sus ropas un documento enrollado y lo extendió sobre la mesa.
No era un mapa militar. Era un proyecto.
Líneas de alianza restauradas, rutas comerciales que debían reabrirse, compromisos con las provincias, reformas en la recaudación de impuestos, condiciones para el regreso de las familias exiliadas por Leandro.
Lo había redactado durante las noches anteriores, cuando el insomnio la obligaba a buscar claridad en la escritura.
Rashan leyó despacio. Pasó las páginas sin comentarios, volvió atrás dos veces, se detuvo en un párrafo que establecía los términos de participación de cualquier fuerza extranjera en el conflicto.
—Las tropas de la Casa Zaydan actuarán bajo un mando conjunto —leyó en voz alta—. No recibirán territorios, títulos ni privilegios permanentes. Abandonarán Iberia una vez concluida la campaña. —Levantó la vista—. ¿Sabes lo que esto significa para mis hombres? Sangre derramada sin recompensa.
—La recompensa será una Iberia estable, aliada de la Casa Zaydan por gratitud y no por deuda. Una relación entre iguales. Es lo que mi madre habría querido.
Rashan la miró durante un tiempo que pareció extenderse más allá de las paredes de aquella fortaleza.
Aylis sostuvo la mirada. Había aprendido a hacerlo en el harén, frente a mujeres cuya hostilidad podía disfrazarse de perfume y seda.
Frente a Kaveh, cuyo silencio era siempre un cálculo.
Frente a Soraya, cuyas sonrisas contenían más veneno que cualquier copa envenenada.
—Gael de Arven comandará las fuerzas ibéricas dentro de la coalición —continuó Aylis—. Tú dirigirás a los hombres de la Casa Zaydan. Las decisiones estratégicas se tomarán en consejo conjunto. Ninguno de los dos tendrá autoridad absoluta sobre el otro.
—¿Y tú?
—Yo tomaré las decisiones que ninguno de los dos pueda tomar solo.
Gael, que había permanecido en silencio, cruzó una mirada con Rashan. No se conocían, pero ambos reconocieron en el otro algo que no necesitaba explicación: la disciplina de quien ha servido lo suficiente para distinguir entre un líder que ordena y uno que comprende.
Rashan dobló el documento y lo devolvió.
—Acepto.
No hubo ceremonia. No hubo juramento solemne ni firma sobre pergamino sellado. Solo una palabra pronunciada en una fortaleza fría, entre tres personas que sabían que aquella decisión podía costarles la vida.
Durante las semanas siguientes, Aylis se reunió con gobernadores, nobles menores y comandantes de guarniciones que habían servido a Alaric.
No viajaba abiertamente. Se movía por caminos secundarios, dormía en granjas, cruzaba ríos al amanecer y llegaba a cada encuentro con la ropa húmeda y el rostro marcado por el cansancio.
Laleh la acompañaba siempre, atenta a los detalles que Aylis descuidaba cuando la urgencia la consumía: una comida olvidada, una herida menor en el pie que podía infectarse, el temblor de sus manos cuando releía las cartas de sus hijos.
En cada reunión, Aylis evitaba pedir que la reconocieran como reina. Solicitaba algo más difícil de conceder y más fácil de justificar: apoyo para exigir a Leandro la convocatoria de un consejo extraordinario. Una corrección del rumbo. Una oportunidad de evitar la guerra.
Algunos aceptaron. Otros pidieron tiempo. Unos pocos la miraron con desconfianza y preguntaron qué garantías ofrecía de que la Casa Zaydan no se quedaría en Iberia para siempre.
—La misma garantía que ofrece cualquier alianza —respondía Aylis—. Mi palabra y las consecuencias de romperla.
No todos quedaron convencidos. Pero ninguno la denunció.
Mientras tanto, Beltrán de Oria no permanecía inactivo. Sus informantes detectaron movimientos inusuales en las provincias orientales. Caballos que cambiaban de manos. Mensajeros que viajaban de noche. Reuniones en lugares donde no solía reunirse nadie.
Beltrán no necesitaba pruebas concretas. Le bastaba con la sospecha para construir el relato que Leandro necesitaba escuchar.
—Tu hermana no busca un consejo —le dijo al rey en la penumbra de su despacho privado—. Busca un ejército. Y lo está encontrando.
Leandro escuchó con el rostro tenso, los dedos apretados sobre los brazos del sillón. Cada palabra de Beltrán confirmaba lo que más temía. No que Aylis fuera una traidora, sino que fuera exactamente lo que siempre había sospechado: alguien capaz de hacer lo que él no podía.
Aquella noche, el rey de Iberia firmó una orden secreta para detener a su hermana por el delito de traición contra la corona.
El sello cayó sobre la cera caliente con un sonido pequeño, casi doméstico, que no guardaba proporción alguna con lo que acababa de desatar.