La Reina 9. La reina sin reino
59%

9. La reina sin reino

Aylis había llevado una corona durante casi veinte años, pero en Iberia no poseía ni un trono ni un lugar.

La delegación de nobles aguardaba su respuesta en el salón de la antigua fortaleza de Alcazar, una construcción de piedra gris que el tiempo había oscurecido hasta confundirla con la roca de la montaña.

Eran seis hombres y dos mujeres, representantes de regiones que durante generaciones habían servido a la corona de Alaric.

Algunos habían cabalgado tres días para llegar hasta allí.

Otros habían enviado emisarios antes de atreverse a venir en persona, como si el simple acto de reunirse con la hermana del rey pudiera costarles la cabeza.

Aylis los escuchó sin interrumpirlos. Cada uno expuso sus razones con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota.

Hablaron de cosechas confiscadas, de comandantes sustituidos por hombres sin experiencia, de tratados rotos con reinos vecinos que ahora miraban las fronteras de Iberia con una curiosidad peligrosa.

Un gobernador del norte describió cómo los recaudadores de Leandro habían incendiado un granero para castigar una demora en el pago de tributos.

Una noble del este relató que su esposo, veterano de las campañas de Alaric, había sido despojado de su cargo por negarse a firmar un juramento de lealtad exclusiva a Beltrán de Oria.

Cuando terminaron, el silencio ocupó la sala como una criatura viva.

—No puedo defender el legado de mi padre provocando una guerra contra el hijo que legalmente lo sucedió —dijo Aylis.

Las palabras cayeron sobre la delegación con el peso de una sentencia. El gobernador del norte apretó los puños. La noble del este bajó la mirada. Uno de los hombres más jóvenes, un señor de tierras costeras cuyo nombre Aylis apenas recordaba, dio un paso adelante.

—Entonces, ¿qué nos pedís que hagamos? ¿Que regresemos a nuestras tierras y esperemos a que Leandro termine de destruir lo que queda?

—Os pido que no confundáis la desesperación con la estrategia.

No hubo réplica. La delegación partió antes del anochecer, algunos con resentimiento, otros con una resignación que se parecía demasiado a la derrota.

Laleh esperó a que los caballos desaparecieran tras la primera curva del camino antes de hablar.

—¿Cuántas veces más vas a rechazar lo que sabes que es necesario?

Estaban en la habitación que Aylis ocupaba desde hacía semanas, un espacio austero con una ventana estrecha que daba al valle. Sobre la mesa descansaban mapas, correspondencia sin responder y un cáliz de vino que nadie había tocado.

—No es necesario. Es prematuro.

—Prematuro —repitió Laleh, como si la palabra tuviera un sabor que no le gustaba—. ¿Y cuándo dejará de serlo? ¿Cuando Leandro haya vendido la última fortaleza? ¿Cuando no quede un solo noble dispuesto a arriesgar su nombre por ti?

Aylis no respondió de inmediato. Se acercó a la ventana y observó el valle donde la luz del atardecer teñía los campos de un dorado enfermizo.

En Persia, los crepúsculos eran distintos.

Más largos, más suaves, como si el sol se resistiera a abandonar los jardines del palacio.

Aquí la oscuridad llegaba rápido, sin ceremonias.

—Si actúo ahora, la historia dirá que una hermana ambiciosa destruyó un reino para arrebatarle la corona a su hermano.

—Y si no actúas, no habrá historia que contar. Porque no quedará reino.

Laleh se sentó frente a ella y la miró con esa franqueza que solo se permite quien ha compartido años de encierro, miedo y pequeñas victorias robadas al silencio.

—En Persia aprendiste que el silencio puede ser un arma. Pero también aprendiste que hay silencios que matan. No confundas la prudencia con la parálisis, Aylis. No son lo mismo.

Las cartas llegaron tres días después, traídas por un mercader que las había ocultado entre fardos de tela.

El sello de Arman era inconfundible: cera oscura, la marca del león persa grabada con la precisión de quien ha aprendido que cada detalle comunica autoridad.

El de Navid era más descuidado, como si hubiera sellado el pergamino con prisa, tal vez con impaciencia.

Aylis leyó primero la carta de Arman.

Su hijo mayor escribía con la contención de un hombre que ha crecido rodeado de consejeros que escuchan detrás de las paredes.

Le aconsejaba prudencia. Describía los movimientos diplomáticos de Kaveh, las conversaciones en la corte persa sobre la inestabilidad de Iberia, los intereses de facciones que veían en el conflicto una oportunidad para expandir su influencia.

No permitas que tu causa se convierta en la excusa que otros necesitan para intervenir , escribía.

Una guerra sucesoria en Iberia podría arrastrar a Persia, y entonces ninguno de nosotros podrá controlar las consecuencias.

La letra de Navid era más grande, más urgente, como si las palabras no cupieran en el espacio que les había asignado.

Madre, abandonaste Persia porque decidiste que tu vida no podía seguir siendo gobernada por las decisiones de otros. ¿Vas a permitir ahora que el miedo a ser juzgada te impida hacer lo que sabes que es correcto? No te pido que busques una corona. Te pido que no traiciones lo que eres.

Aylis releyó ambas cartas hasta que la tinta se volvió familiar como una cicatriz.

Arman tenía razón en sus advertencias. Navid tenía razón en su reproche.

Y ella estaba atrapada entre ambas verdades, como había estado atrapada durante años entre los muros del harén: con suficiente inteligencia para comprender su situación y sin espacio suficiente para resolverla.

Esa noche no durmió. Se quedó sentada junto a la ventana, con las cartas sobre el regazo, escuchando el viento que bajaba de las montañas y pensando en sus hijos.

En los primeros pasos de Arman por los jardines del palacio, tan serios, tan medidos, como si incluso a los tres años supiera que lo observaban.

En la risa de Navid, que siempre sonaba demasiado fuerte para los corredores del harén y que las mujeres de Soraya comentaban con disgusto apenas disimulado.

Los había dejado para ser libre. Y ahora la libertad le exigía decisiones que podían ponerlos en peligro.

La información sobre la correspondencia persa llegó a manos de Beltrán antes de que la tinta de la respuesta de Aylis se hubiera secado.

No fueron las cartas mismas —esas permanecían ocultas en un compartimento del cofre que Laleh custodiaba—, sino el dato de que un mercader había entregado documentos sellados con marcas persas en la fortaleza de Alcazar.

Beltrán no necesitaba más. Nunca necesitaba más. Su talento consistía en transformar fragmentos en certezas, sospechas en pruebas, y pruebas en el combustible exacto que alimentaba los temores de Leandro.

—Mantiene contacto con Kaveh —dijo al rey durante una audiencia privada—. Recibe instrucciones. Coordina. No es una mujer sola buscando refugio, majestad. Es una embajadora enemiga operando dentro de vuestro propio reino.

Leandro escuchó con la mandíbula apretada. Cada palabra de Beltrán encajaba con la historia que el rey se contaba a sí mismo desde hacía años: que Aylis había regresado para humillarlo, que su sola presencia era un reproche, que cada noble que la visitaba era un traidor en gestación.

La orden de restringir los movimientos de Aylis llegó a la fortaleza de Alcazar envuelta en el lenguaje impersonal de la burocracia real.

No se mencionaba la palabra arresto. Se hablaba de protección , de precaución , de garantías para la seguridad de la princesa .

Pero el significado era transparente: Aylis ya no podía acercarse a la capital, recibir delegaciones ni mantener correspondencia sin supervisión.

Gael leyó el documento con expresión pétrea y lo devolvió al mensajero sin comentarios.

Cuando se quedaron solos, miró a Aylis.

—¿Cuánto tiempo antes de que la protección se convierta en una celda?

Aylis pensó en las puertas del harén. En cómo los cerrojos de oro seguían siendo cerrojos. En cómo la seda que cubría las ventanas seguía impidiendo ver el exterior.

—Menos del que Leandro imagina.

Intentó una última vez. Envió un mensaje formal solicitando una audiencia con el rey.

Redactó cada frase con el cuidado de quien sabe que las palabras serán leídas por enemigos antes de llegar a su destinatario.

No pidió poder. No reclamó derechos. Pidió únicamente la oportunidad de hablar con su hermano sobre el estado del reino, como hija de Alaric y como alguien que deseaba la estabilidad de Iberia.

La respuesta tardó once días. Cuando llegó, consistía en una sola línea: El rey no considera oportuna la reunión solicitada.

Esteban de Valcázar le envió un mensaje por canales separados. Le aconsejaba abandonar la región de Alcazar y trasladarse a una propiedad más alejada de las rutas principales. No es el momento de desafiar , escribía. Pero tampoco es el momento de permanecer donde pueden encontraros fácilmente.

Aylis comprendió lo que Esteban no decía. El portavoz del Consejo todavía no estaba dispuesto a enfrentarse al rey, pero tampoco quería que la hermana del monarca desapareciera en una mazmorra sin que nadie pudiera impedirlo.

La decisión llegó sin dramatismo, sin un instante de revelación que pudiera señalarse después como el momento en que todo cambió. Fue, más bien, la aceptación de algo que llevaba semanas creciendo en su interior, como una raíz que avanza bajo la tierra antes de romper la superficie.

No podía protegerse confiando en la buena voluntad de Leandro. No podía proteger a Iberia esperando que su hermano comprendiera lo que estaba destruyendo. Y no podía seguir diciéndose que la inacción era prudencia cuando cada día que pasaba el reino se fracturaba un poco más.

Esa noche, mientras Laleh dormía y Gael montaba guardia en el corredor, Aylis escribió un mensaje breve dirigido al general Rashan.

Utilizó un código que su madre le había enseñado años atrás, basado en referencias a textos comerciales de la Casa Zaydan que solo un miembro del linaje podría descifrar.

No pedía soldados. No declaraba una rebelión. Pedía una reunión.

Pero ambos sabían lo que significaba.

Dobló el pergamino, lo selló con cera sin marca y lo entregó antes del amanecer a un jinete que partió hacia el este sin hacer preguntas.

Después regresó a su habitación y observó las dos cartas de sus hijos, todavía sobre la mesa, iluminadas por la primera luz que entraba por la ventana estrecha.

Arman le pedía cautela. Navid le pedía coraje. Y ella, por primera vez desde su regreso a Iberia, había dejado de elegir entre ambos.