8. Cinco años de ruina
Cinco años bastaron para que Leandro confundiera obediencia con lealtad.
Al principio, los cambios fueron sutiles.
Un consejero reemplazado aquí, un tratado renegociado allá, una guarnición trasladada sin explicación aparente.
Aylis los percibió como errores menores, tropiezos propios de un rey que todavía buscaba su forma de gobernar.
Todos los soberanos cometen equivocaciones durante sus primeros meses.
Alaric también las había cometido. La diferencia radicaba en que Alaric escuchaba a quienes le señalaban el error. Leandro no.
La primera vez que Aylis intentó advertirle, lo hizo en privado, sin testigos, sin el menor tono de reproche.
Se presentó en sus aposentos una tarde de otoño y le habló sobre los impuestos que acababa de imponer a las provincias del norte.
Eran excesivos. Las cosechas de aquel año habían sido pobres y las familias que administraban esas tierras ya murmuraban contra la corona.
—No son murmullos, Leandro. Son señales.
Su hermano la miró desde el otro lado de la mesa como si ella hubiera pronunciado una amenaza en lugar de un consejo. Tenía los dedos manchados de tinta y los ojos enrojecidos por noches que no dedicaba al descanso sino a la sospecha.
—Conozco mi reino —respondió—. No necesito que me expliques cómo funciona un lugar donde yo crecí y tú no estuviste.
La frase fue calculada para herir, y lo consiguió.
Aylis se retiró sin insistir. Comprendió que cada palabra suya, por razonable que fuera, llegaba a los oídos de Leandro filtrada por el resentimiento.
No escuchaba un consejo: escuchaba una comparación.
Cada observación de su hermana le recordaba que ella había gobernado un imperio mientras él esperaba una corona que tardó demasiado en llegar.
Beltrán de Oria supo explotar esa herida con la precisión de un cirujano.
Aylis nunca logró determinar en qué momento exacto el consejero de Leandro se convirtió en la voz dominante de la corte.
No fue un golpe visible. Fue una infiltración lenta, como la humedad que corroe los cimientos de una fortaleza sin que nadie repare en las grietas hasta que el muro cede.
Beltrán no contradecía a Leandro jamás. Tampoco lo adulaba de manera burda.
Su método era más sutil: confirmaba los temores del rey y los presentaba como verdades que solo un gobernante inteligente podía percibir.
—Los antiguos consejeros de vuestro padre os respetan, majestad, pero su lealtad pertenece a otra época. Y quizá a otra persona.
No necesitaba pronunciar el nombre de Aylis. La insinuación bastaba.
Uno a uno, los hombres que habían servido a Alaric fueron apartados de sus funciones.
Algunos recibieron destinos honorables en provincias lejanas.
Otros simplemente dejaron de ser convocados a las reuniones del Consejo.
Esteban de Valcázar conservó su posición porque su prestigio era demasiado grande para eliminarlo sin provocar un escándalo, pero su influencia se redujo a la de un testigo incómodo al que se toleraba sin escuchar.
El segundo año, Leandro rompió el tratado comercial con los puertos del sur.
La decisión privó a tres familias nobles de sus principales ingresos y debilitó la flota mercante que Alaric había tardado una década en construir.
Cuando los gobernadores afectados enviaron emisarios para negociar, Beltrán los recibió en nombre del rey y les ofreció condiciones que equivalían a una humillación.
Dos de las tres familias retiraron sus juramentos de fidelidad antes de que terminara el invierno.
Aylis observaba el deterioro desde una distancia cada vez mayor. Leandro había ordenado que sus visitas a la corte fueran limitadas a las ceremonias oficiales, y aun en esas ocasiones, la ubicaban en un lugar secundario, lejos del trono, como si su presencia fuera una concesión y no un derecho.
Laleh le decía lo que nadie más se atrevía a decirle.
—No puedes seguir fingiendo que esto se resolverá solo.
—No finjo. Espero.
—¿A qué?
Aylis no tenía una respuesta honesta para esa pregunta.
Esperaba, quizá, a que Leandro tropezara con sus propios errores y comprendiera la necesidad de cambiar.
O esperaba a que alguien más diera el primer paso, alguien cuya intervención no pudiera ser interpretada como ambición fratricida.
Sabía que cualquier movimiento suyo sería amplificado, distorsionado, convertido en prueba de una conspiración que no existía.
Pero el reino no esperaba.
El tercer año, las rutas comerciales del este se volvieron inseguras.
Bandidos que antes no se habrían atrevido a operar cerca de las fronteras comenzaron a asaltar caravanas con una audacia que revelaba la ausencia de patrullas regulares.
Leandro había redistribuido las guarniciones para concentrar tropas cerca de la capital, convencido de que la verdadera amenaza no provenía de los caminos sino de los nobles descontentos.
El cuarto año, dos regiones del oeste se negaron a enviar los tributos correspondientes. No declararon una rebelión abierta. Simplemente dejaron de obedecer, como quien deja de regar un jardín que ya considera ajeno.
Gael de Arven, que acompañaba a Aylis desde su regreso, comenzó a notar un fenómeno que al principio le pareció casual y después reconoció como un patrón.
Antiguos comandantes de Alaric, gobernadores regionales, comerciantes influyentes y hasta algunos miembros menores del Consejo empezaron a buscar a la princesa.
No la visitaban abiertamente. Enviaban mensajeros discretos, solicitaban audiencias en lugares apartados, le hacían llegar informes sobre la situación de sus territorios como si ella fuera la autoridad a quien debían rendir cuentas.
—Se está formando una corte a tu alrededor —le dijo Gael una noche, mientras revisaban los últimos mensajes—. Aunque no la hayas convocado.
Aylis lo sabía. Y la certeza la aterrorizaba.
Cada carta que recibía, cada noble que inclinaba la cabeza ante ella en lugar de hacerlo ante Leandro, cada murmullo que la señalaba como la verdadera heredera de Alaric la acercaba a un abismo que había jurado evitar.
Porque sabía exactamente cómo se vería desde el trono: una hermana ambiciosa rodeada de conspiradores, una mujer que había aprendido a tejer intrigas en un harén persa y ahora aplicaba esas artes contra su propia sangre.
El quinto año fue el peor.
Leandro sustituyó al comandante de la guardia real por un hombre elegido personalmente por Beltrán.
Aumentó los impuestos por tercera vez consecutiva.
Ordenó la detención de un gobernador que se había negado a entregar provisiones para una campaña militar que nadie comprendía.
Y cuando Esteban de Valcázar presentó ante el Consejo una lista de irregularidades administrativas, el rey lo acusó públicamente de deslealtad y amenazó con disolver la institución.
Esteban no respondió a la amenaza. Se limitó a guardar silencio durante el resto de la sesión, con la expresión de un hombre que acaba de comprender que la ley que ha defendido toda su vida protege a quien la destruye.
Fue entonces cuando llegó la delegación.
Eran seis. Tres nobles del norte, un gobernador costero, un comandante retirado y un representante de los gremios comerciales de la capital. Se presentaron ante Aylis en una finca alejada de la ciudad, escoltados por hombres que no llevaban insignias.
El más anciano habló en nombre de todos.
—Iberia no sobrevivirá otro año bajo este reinado. Vos lo sabéis mejor que nadie. Vuestro padre os preparó para este momento, aunque ninguno de nosotros lo comprendiera entonces.
Aylis los escuchó sin interrumpir. Dejó que expusieran sus agravios, sus temores, sus cálculos sobre las fuerzas disponibles y las regiones dispuestas a levantarse. Cuando terminaron, el silencio en la habitación era tan denso que podía sentirse contra la piel.
—Lo que me piden —dijo Aylis— es que inicie una guerra contra mi hermano.
—Lo que le pedimos —corrigió el anciano— es que impida que su hermano termine de destruir lo que su padre construyó.
Aylis no respondió aquella noche. Los despidió con la promesa de considerar sus palabras, y cuando la puerta se cerró, permaneció inmóvil junto a la ventana durante un tiempo que Laleh no se atrevió a medir.
Afuera, la oscuridad cubría los campos de Iberia como un presagio que nadie había solicitado pero todos reconocían.