La Reina 7. La muerte del padre
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7. La muerte del padre

Alaric murió al amanecer, cuando el reino todavía creía que habría tiempo para prepararse.

La noticia recorrió los pasillos del palacio antes de que el sol terminara de asomarse sobre las murallas.

Los guardias bajaron la cabeza al verla pasar, y ese gesto mínimo —esa inclinación apenas perceptible, repetida en cada rostro— fue lo que le confirmó a Aylis que no se trataba de otro episodio de fiebre ni de otra noche difícil.

Su padre había dejado de respirar mientras ella dormía en una habitación al otro lado del corredor, separada de él por dos muros de piedra y un silencio que jamás podría perdonarse.

Lo encontró tendido sobre las mantas, con las manos cruzadas sobre el pecho.

Alguien había cerrado sus ojos y encendido una vela junto a la cabecera.

La habitación olía a cedro y a ungüentos medicinales, a la mezcla amarga que los médicos habían estado preparando durante semanas sin que ninguno se atreviera a admitir que ya no servía de nada.

Aylis se sentó en el borde de la cama. No lloró.

No porque el dolor fuera pequeño, sino porque era demasiado grande para encontrar salida por un camino tan simple.

Tomó la mano de su padre y la sostuvo entre las suyas.

Estaba fría, pero conservaba la forma que ella recordaba: los nudillos anchos, las líneas marcadas por décadas de empuñar espadas, firmar tratados y sostener el peso de un reino que ahora quedaba huérfano.

—Debiste haberme despertado —le dijo a la mujer que vigilaba la puerta.

—Fue muy rápido, alteza. Un suspiro, y después nada.

Aylis asintió sin responder. Sabía que la muerte rara vez concede la cortesía de esperar a que los vivos estén preparados.

Antes de que el cuerpo de Alaric se enfriara por completo, la corte ya se había puesto en movimiento.

Los primeros en llegar fueron los consejeros. Después, los comandantes de la guarnición. Luego, los representantes de las familias nobles que mantenían residencia en la capital. Cada uno traía palabras de pesar y una pregunta idéntica cosida detrás de los labios: qué ocurriría ahora.

Aylis observó cómo el duelo se transformaba en cálculo.

Los mismos hombres que inclinaban la cabeza ante el féretro intercambiaban miradas laterales, medían distancias, evaluaban quién se colocaba más cerca del cuerpo y quién permanecía en los márgenes.

Cada posición dentro de la sala funeraria era una declaración. Cada silencio, una apuesta.

Leandro apareció al mediodía, vestido de negro, con el rostro tenso y los ojos enrojecidos.

No se acercó a Aylis. Caminó directamente hasta el catafalco, se arrodilló durante un tiempo que pareció ensayado y se levantó mirando hacia los nobles reunidos, como si necesitara confirmar que todos habían sido testigos de su dolor.

Beltrán de Oria se mantenía dos pasos detrás de él. No hablaba. No necesitaba hacerlo. Su presencia junto al futuro rey era en sí misma un mensaje que cualquier observador atento podía descifrar.

Laleh se acercó a Aylis y le rozó el brazo.

—Están contando —murmuró—. Quién te mira a ti y quién lo mira a él.

—Lo sé.

—¿Qué vas a hacer?

Aylis no respondió de inmediato. Contempló el rostro inmóvil de su padre, esa expresión que la muerte había convertido en una calma que Alaric nunca tuvo en vida, y sintió que algo se cerraba dentro de ella. Una puerta. Una etapa. La última protección que le quedaba en este reino.

—Voy a cumplir lo que prometí.

La ceremonia se celebró tres días después, bajo un cielo gris que parecía haber sido diseñado para la ocasión.

Los estandartes de Iberia ondeaban a media asta sobre las torres.

El cortejo recorrió las calles principales de la capital mientras la gente observaba en silencio desde las ventanas y los portales.

Algunos lloraban. Otros simplemente miraban, con esa expresión vacía que adoptan quienes comprenden que el mundo acaba de cambiar pero todavía no saben en qué dirección.

Aylis caminó detrás del féretro junto a Leandro.

No intercambiaron una sola palabra durante el trayecto.

La distancia entre ambos —apenas un brazo extendido— contenía veinte años de ausencia, una infancia compartida a medias y todo aquello que ninguno de los dos había tenido el valor de decir mientras Alaric aún vivía.

En la cripta, cuando depositaron el cuerpo del rey en el sepulcro de piedra, Aylis cerró los ojos y recordó la última conversación que había tenido con su padre.

Alaric frente al mapa incompleto, señalando fronteras que se desdibujaban, murmurando nombres de regiones como si recitara una oración.

No le había pedido que salvara el reino.

No le había pedido nada. Quizás porque sabía que pedirle algo habría significado reconocer que debió haberle dado mucho más.

De acuerdo con la ley, Leandro fue proclamado rey al día siguiente del funeral.

Esteban de Valcázar, portavoz del Consejo de Iberia, leyó los artículos sucesorios con una voz desprovista de emoción.

La tradición era clara. El heredero varón de mayor rango asumía la corona.

No existían excepciones, no se contemplaban circunstancias atenuantes, no importaba que la hija del difunto monarca hubiera gobernado a su lado durante décadas ni que poseyera una experiencia que su medio hermano jamás podría igualar.

La ley hablaba, y la ley no conocía matices.

Tres familias nobles se acercaron a Aylis antes de la coronación.

Lo hicieron por separado, en voz baja, con la cautela de quienes tanteaban un terreno que podía hundirse bajo sus pies.

La propuesta fue siempre la misma, formulada con palabras distintas: que impugnara la sucesión, que presentara su candidatura ante el Consejo, que recordara al reino quién era verdaderamente capaz de ocupar el trono de Alaric.

Aylis los escuchó a todos. Les agradeció a todos. Y a todos les dijo que no.

—Mi padre dedicó su vida a construir la unidad de este reino —explicó al último de ellos, un hombre canoso cuyo apellido había figurado junto al de Alaric en más de una batalla—. No voy a destruirla el mismo día en que lo enterramos.

El hombre asintió con respeto, aunque sus ojos revelaban algo que se parecía a la decepción.

Leandro fue coronado en el salón del trono, ante los representantes de todas las regiones y bajo la mirada vigilante del Consejo.

Aylis se arrodilló junto a los demás. Pronunció el juramento de lealtad con voz firme, sin vacilación, sin que un solo temblor delatara lo que sentía al inclinar la cabeza ante un hombre que ella misma había derrotado en un ejercicio militar cuando ambos eran casi niños.

Después de la ceremonia, buscó a Leandro en sus aposentos. Los guardias dudaron antes de dejarla pasar, y esa duda —nueva, inédita, impensable mientras Alaric vivía— le indicó que las cosas habían comenzado a cambiar más rápido de lo previsto.

Leandro la recibió de pie, con la corona todavía puesta, como si temiera que quitársela pudiera hacer que desapareciera.

—Quiero que sepas que cuentas conmigo —dijo Aylis—. Conozco este reino y conozco los reinos que lo rodean. Puedo ayudarte a mantener las alianzas que nuestro padre construyó.

—¿Y a cambio?

—A cambio de nada. Eres el rey. Solo te pido que gobiernes pensando en Iberia.

Leandro la miró durante un largo instante. Había algo en sus ojos que Aylis reconoció porque lo había visto muchas veces en la corte persa: la expresión de alguien que recibe una oferta generosa y solo puede preguntarse qué esconde.

—Gobernaré como considere necesario —respondió—. No necesito que me recuerdes cuál es mi obligación.

Aylis inclinó la cabeza y se retiró.

En el corredor, Beltrán de Oria esperaba su turno para entrar. Al cruzarse con ella, sonrió con una cortesía tan impecable que resultaba imposible distinguirla de una amenaza.

Esa noche, Laleh encontró a Aylis sentada junto a la ventana de su habitación, mirando las luces de la capital.

—¿Crees que hiciste bien?

—Creo que hice lo único que podía hacer sin traicionar la memoria de mi padre.

—¿Y si Leandro no gobierna como Alaric esperaba?

Aylis no contestó de inmediato. Fuera, las antorchas de las murallas parpadeaban contra la oscuridad como promesas frágiles.

—Entonces tendré que decidir qué pesa más: la lealtad que juré o el reino que esa lealtad debería proteger.

Laleh se sentó a su lado sin añadir nada. Ambas habían aprendido en Persia que hay preguntas cuya respuesta solo se revela cuando el precio de responderlas se vuelve imposible de ignorar.

Aylis pensó en la coronación. Recordó el momento exacto en que la corona tocó la frente de Leandro. Recordó sus manos, ligeramente temblorosas. Recordó la forma en que sus ojos recorrieron la sala buscando algo que no encontró.

La primera emoción de su hermano al recibir la corona no había sido orgullo.

Había sido miedo.

Y Aylis sabía, mejor que nadie, lo que un gobernante asustado era capaz de destruir.