La Reina 6. El regreso de la extranjera
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6. El regreso de la extranjera

La costa de Iberia apareció entre la niebla como un recuerdo que no sabía si recibirla.

Aylis permaneció en la proa mientras el barco se acercaba al puerto de Almenara.

El viento salado le golpeaba el rostro con una familiaridad que dolía, porque reconocía el olor del mar ibérico, la textura del aire cargado de sal y romero silvestre, pero su cuerpo ya no pertenecía a ese paisaje.

Llevaba casi veinte años respirando el polvo seco de Persia, caminando sobre mosaicos de lapislázuli, midiendo sus palabras en una lengua que no era la suya.

Ahora, frente a los acantilados grises de su tierra natal, se sentía como una mujer que regresa a una casa cuyas habitaciones han sido reorganizadas en su ausencia.

Laleh se acercó sin hablar. Bastó su presencia junto a la borda para que Aylis comprendiera lo que ambas pensaban: que aquel puerto no era un destino, sino el comienzo de otra incertidumbre.

—¿Crees que nos esperan? —preguntó Laleh.

—Nos observan —respondió Aylis—. No es lo mismo.

El desembarco confirmó sus palabras. Un grupo de funcionarios reales aguardaba en el muelle con estandartes del rey Alaric y una escolta de jinetes.

La ceremonia era correcta, incluso generosa, pero Aylis percibió en los rostros de quienes la recibían esa mezcla particular de curiosidad y reserva que había aprendido a descifrar en los salones persas.

La miraban como se mira a un animal exótico que ha regresado al bosque donde nació: con interés, pero sin certeza de que todavía pertenezca al lugar.

Entre los presentes se encontraba un hombre de complexión firme, cabello oscuro cortado a ras y ojos que no pestañeaban más de lo necesario.

Se presentó como Gael de Arven, capitán de una guardia vinculada a la antigua casa de Alaric.

Su familia había servido al rey durante tres generaciones.

Cuando se inclinó ante Aylis, lo hizo con una rigidez que no era frialdad sino disciplina: el saludo de un soldado que reconoce una autoridad antes de que nadie se la confirme.

—Mi señora, el rey Alaric ha dispuesto que vuestra seguridad quede bajo mi responsabilidad mientras permanezcáis en Iberia.

Aylis asintió. No le pasó inadvertido el matiz. Mientras permanezcáis . Como si su estancia fuera provisional, una visita prolongada que podía terminar en cualquier momento.

Los primeros días transcurrieron entre audiencias formales y encuentros cuidadosamente organizados.

Aylis recorrió los pasillos del palacio de Arancel, la residencia principal de Alaric, y descubrió que las piedras seguían siendo las mismas pero las sombras habían cambiado de dueño.

Familias que recordaba poderosas habían perdido influencia.

Nombres que nunca había escuchado ocupaban ahora posiciones decisivas.

Y en cada salón, en cada cena, en cada paseo por los jardines amurallados, la misma pregunta flotaba sin que nadie se atreviera a formularla en voz alta: ¿por qué ha vuelto?

Para algunos, Aylis seguía siendo la hija menor de Alaric, la princesa que había partido como instrumento de una alianza y regresaba con la experiencia de haber gobernado junto a uno de los monarcas más poderosos del otro lado del mundo.

Para otros, era una mujer persa. Así la llamaban en los corredores, bajando la voz, como si el adjetivo fuera una acusación.

Había vivido demasiado tiempo en una corte extranjera.

Había adoptado costumbres, gestos, formas de vestir que no correspondían a una princesa ibérica.

Había dado hijos a un rey que no era el suyo.

Aylis escuchaba esos murmullos con la paciencia que Persia le había enseñado. No respondía. No corregía. Observaba quién los repetía, quién los originaba, quién los utilizaba para medir su reacción.

El reencuentro con Alaric ocurrió una tarde de lluvia fina, en la biblioteca privada del rey.

Aylis lo encontró más delgado de lo que esperaba, con las manos manchadas de tinta y una tos seca que intentaba disimular apretando los labios.

Pero sus ojos conservaban la misma claridad que ella recordaba: la mirada de un hombre acostumbrado a calcular distancias, tanto en los mapas como en las personas.

Se abrazaron sin ceremonias. Durante un instante, Aylis volvió a ser la niña que tensaba un arco en los campos de entrenamiento mientras su padre corregía la posición de sus dedos.

—Has envejecido —dijo ella.

—Y tú has aprendido a decir la verdad sin suavizarla. Eso es persa.

Aylis sonrió, pero la sonrisa se apagó cuando Alaric desplegó sobre la mesa un mapa de Iberia cubierto de anotaciones.

Marcas rojas señalaban regiones en disputa.

Líneas discontinuas indicaban alianzas debilitadas.

Flechas trazadas con mano temblorosa apuntaban hacia fronteras que ya no estaban aseguradas.

—Necesito que veas esto —dijo Alaric—. No como mi hija. Como alguien que ha vivido dentro de una corte donde cada error diplomático puede costar una provincia.

Durante las semanas siguientes, Aylis se convirtió en la interlocutora que Alaric necesitaba.

Discutían sobre tratados comerciales, tensiones con los reinos del norte, descontento entre las familias costeras.

El rey escuchaba sus análisis con una atención que no concedía a muchos de sus consejeros.

A veces asentía. A veces la contradecía.

Pero siempre, al final de cada conversación, permanecía un instante en silencio, como si lamentara algo que no encontraba la forma de expresar.

Leandro observaba esas reuniones desde la distancia que otorga la desconfianza.

Aylis lo notó durante una cena oficial, cuando su medio hermano desvió la mirada cuando Alaric se dirigió a ella para comentar un asunto de gobierno.

No había odio en sus ojos. Había algo peor: el cálculo ansioso de quien suma y resta influencias, buscando confirmar que su posición no ha sido erosionada.

Una noche, Leandro se acercó a ella en los jardines.

—Me alegra que hayas vuelto, hermana.

—Gracias, Leandro.

—Espero que tu regreso no complique las cosas.

Aylis comprendió que aquella frase contenía una pregunta, una advertencia y una súplica. Decidió responder solo a la pregunta.

—No he venido a disputarte nada. He venido a encontrar mi lugar.

Leandro asintió, pero no pareció convencido. Quizás porque él mismo no había encontrado el suyo.

Aylis intentó adaptarse a la vida cotidiana del palacio.

Caminaba por los mercados de Arancel, visitaba los talleres de los artesanos, conversaba con mujeres que habían conocido a su madre.

Pero cada gesto suyo era interpretado. Si hablaba con un noble, se decía que buscaba aliados.

Si guardaba silencio, se decía que conspiraba.

Su antigua condición de reina de Persia la envolvía como una segunda piel que no podía desprenderse, y cada intento de mostrarse sencilla era recibido con la sospecha de que la sencillez formaba parte de una estrategia.

Solo con Laleh podía hablar sin calcular el efecto de cada palabra.

—No sé quién soy aquí —confesó una noche, sentada frente a la ventana de sus aposentos, mirando las luces distantes del puerto.

—Eres lo que siempre fuiste —respondió Laleh—. Una mujer que piensa antes de actuar. Lo que ha cambiado es que ahora no tienes un palacio que te diga cuándo pensar y cuándo callar.

La salud de Alaric empeoró con la llegada del otoño. La tos se hizo más frecuente, las audiencias más breves, las ausencias más prolongadas. Los médicos hablaban de agotamiento. Los cortesanos hablaban de sucesión.

Una tarde, Aylis encontró a su padre solo en la sala de mapas.

No estaba trabajando. Estaba sentado frente al mapa de Iberia, con las manos apoyadas sobre las fronteras del reino como si intentara sostenerlas con la presión de sus dedos.

El mapa tenía zonas sin completar, regiones donde las líneas se interrumpían como promesas incumplidas.

Alaric levantó la vista al escuchar sus pasos.

—Hay cosas que debí hacer de otra manera —dijo, sin que ella le preguntara nada.

Aylis se sentó a su lado. No respondió. Sabía que su padre no hablaba del mapa.

Hablaba de las leyes que nunca modificó. De la corona que nunca le ofreció. De la hija que preparó para gobernar y luego envió a gobernar la vida de otro hombre.

Permanecieron en silencio hasta que la luz de las velas empezó a temblar.

Afuera, el viento del mar golpeaba las murallas de Arancel con la insistencia de algo que no puede ser ignorado para siempre.