1. La hija que no debía gobernar
Antes de aprender a inclinarse ante una corte, Aylis había aprendido a tensar un arco.
Lo recordaba con la nitidez de las cosas que marcan el cuerpo antes que la memoria: los dedos enrojecidos por la cuerda, el temblor del antebrazo al sostener la tensión más tiempo del necesario, la voz de su madre corrigiendo la postura desde algún lugar a su espalda.
Samira nunca levantaba el tono. No hacía falta.
Bastaba con que pronunciara el nombre de su hija para que Aylis comprendiera que algo debía corregirse.
Tenía once años la primera vez que acertó tres flechas consecutivas en el centro de una diana a cuarenta pasos.
Su padre estaba presente. No aplaudió. Se limitó a inclinar levemente la cabeza, un gesto que en la corte de Iberia valía más que cualquier elogio público.
Alaric era un hombre que medía sus palabras como otros medían el oro: con extrema precaución y plena conciencia de su valor.
Aquella tarde, mientras los criados recogían las flechas del campo de prácticas, el rey caminó junto a su hija por el sendero de grava que bordeaba las murallas del castillo.
—¿Sabes por qué un arquero espera antes de soltar? —preguntó sin mirarla.
—Porque la prisa desperdicia la flecha.
—Porque la paciencia convierte una flecha en una decisión.
Aylis no comprendió del todo aquellas palabras. Las guardó, sin embargo, en el mismo lugar donde almacenaba todo lo que su padre le enseñaba: un rincón silencioso de su mente que con los años se convertiría en su recurso más valioso.
La educación de Aylis no seguía el camino habitual de las princesas ibéricas.
Otras jóvenes de su rango aprendían música, bordado, lenguas extranjeras y las normas de cortesía que transformaban a una mujer noble en un ornamento útil para las alianzas matrimoniales.
Aylis también recibió esa formación, pero a sus lecciones se añadieron mapas, tratados militares, crónicas de campañas antiguas y largas conversaciones con los consejeros de su padre.
Fue Samira quien lo exigió. La reina procedía de la Casa Zaydan, un linaje asiático cuya influencia se extendía por rutas comerciales que cruzaban desiertos y cordilleras.
En la tradición de los Zaydan, las mujeres no gobernaban ejércitos, pero conocían la guerra.
No firmaban tratados, pero los redactaban.
Samira había crecido escuchando a generales discutir estrategias mientras las demás niñas aprendían a servir el té con la inclinación correcta.
No estaba dispuesta a permitir que su hija creciera ignorando la mitad del mundo.
Alaric aceptó porque reconocía en Aylis algo que no encontraba en su hijo.
Leandro, nacido de un matrimonio anterior, poseía la constitución adecuada, el linaje correcto y la posición legal que las leyes de Iberia exigían a un heredero.
Pero cuando el rey desplegaba un mapa sobre la mesa del consejo y señalaba un punto conflictivo en la frontera oriental, era Aylis quien formulaba la pregunta precisa.
Era ella quien identificaba la debilidad en una línea de suministro o la contradicción en un informe de los espías.
Leandro observaba. No con admiración, sino con la atención minuciosa de quien procura entender la causa de una molestia que no sabe nombrar.
El episodio que selló la distancia entre ambos hermanos ocurrió durante un ejercicio militar organizado en los campos al sur de la capital.
Alaric había dispuesto una simulación de batalla para los jóvenes oficiales.
Leandro, que entonces contaba dieciséis años, comandaba un grupo de caballería.
Aylis, con catorce, dirigía una unidad de infantería ligera compuesta por soldados que la doblaban en edad y que aceptaron sus órdenes con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
La instrucción era sencilla: Leandro debía tomar una colina defendida por las fuerzas de Aylis. Disponía de superioridad numérica y de la ventaja del terreno abierto que rodeaba la posición.
Aylis estudió el campo durante la noche anterior.
Caminó por los senderos que lo cruzaban, midió distancias con los pasos, observó dónde el suelo se volvía blando después de las lluvias recientes.
Al amanecer, colocó a sus hombres no en la cima de la colina, sino en los flancos bajos, ocultos entre arbustos y zanjas de riego que Leandro no había considerado relevantes.
Cuando la caballería cargó, encontró la cima vacía. Antes de que pudiera reorganizarse, las fuerzas de Aylis emergieron desde los costados y cortaron su línea de retirada. La simulación terminó en menos de una hora.
Alaric no comentó el resultado frente a la corte. En privado, permitió que una sonrisa breve cruzara su rostro, tan fugaz que solo alguien acostumbrado a leer sus expresiones habría podido notarla.
Leandro desmontó de su caballo sin hablar. Cruzó el campo con la mandíbula apretada y no dirigió la palabra a su hermana durante tres días.
Aylis no celebró la victoria. Había visto algo en los ojos de Leandro que la inquietó más que cualquier derrota: la certeza de que aquel ejercicio no quedaría archivado como un juego de juventud.
Se convertiría en una herida, y las heridas de los príncipes tienen la costumbre de infectar reinos enteros.
Una noche, semanas después del ejercicio, Aylis encontró a su padre en la biblioteca del castillo. Alaric revisaba correspondencia a la luz de varias velas dispuestas sobre un escritorio cubierto de sellos y lacre. El aire olía a cera caliente y a tinta fresca.
—Padre.
Alaric levantó la vista. Señaló una silla frente a él.
—¿Por qué me educas como si fuera a heredar el trono? —preguntó Aylis sin rodeos.
El rey dejó la pluma sobre la mesa. La observó durante un instante largo, como si estuviera decidiendo cuánta verdad cabía en aquella conversación.
—Porque una princesa que no comprende el poder será devorada por quienes sí lo comprenden.
—Pero nunca podré gobernar Iberia. La ley no lo permite.
—No —admitió Alaric—. La ley no lo permite.
—Entonces, ¿para qué sirve todo esto? ¿Los mapas, las estrategias, las lecciones con los consejeros?
Alaric se reclinó en la silla. Por un momento pareció más viejo de lo que era, como si la pregunta de su hija hubiera añadido peso a sus hombros.
—Tu matrimonio decidirá el destino de alianzas que pueden proteger o destruir este reino. El hombre que se case contigo debe saber que no está adquiriendo un adorno, sino una mente capaz de sostener una corona. Y tú debes saber exactamente lo que entregas y lo que conservas.
Aylis guardó silencio. La respuesta era honesta, y precisamente por eso resultaba difícil de aceptar. Su padre no la estaba preparando para gobernar. La estaba preparando para ser entregada con el mayor valor posible.
Aquella noche, de regreso en su habitación, Aylis se detuvo frente al arco que colgaba de la pared. Lo había recibido de Samira el día en que cumplió diez años. La madera estaba pulida por el uso, oscurecida en los puntos donde sus dedos la habían sostenido miles de veces.
Pensó en la lección de su padre sobre la paciencia. Pensó en la colina donde había derrotado a Leandro. Pensó en las puertas que se abrían para ella en cada sala de estudio y en la única puerta que permanecería cerrada para siempre: la del trono.
Comprendió, con la claridad fría que precede a ciertas decisiones, que todo lo que había aprendido no la convertiría en reina de Iberia. La convertiría en la esposa más valiosa que su padre pudiera ofrecer.
Fue entonces cuando escuchó por primera vez el nombre del rey Kaveh de Persia.
Lo pronunció un emisario que había llegado aquella tarde, un hombre de ropas oscuras y acento extranjero que fue recibido por Alaric a puertas cerradas.
Aylis captó el nombre a través de un corredor, fragmentado entre murmullos y pasos apresurados.
Kaveh. Un rey lejano. Un trono desconocido. Un destino que alguien había comenzado a negociar sin consultarla.
Aylis no durmió aquella noche. Permaneció sentada junto a la ventana, con el arco sobre las rodillas, mirando las estrellas que cubrían el cielo de Iberia como si fueran puntos en un mapa que todavía no sabía leer.