La Reina
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Prólogo
En la noche en que abandonó Persia, Aylis dejó la corona sobre una mesa y comprendió que nunca le había pertenecido.
Era una pieza hermosa. Oro labrado con la paciencia de un artesano que probablemente había muerto antes de verla colocada sobre la cabeza de alguien.
Piedras de un azul tan oscuro que parecían fragmentos de un cielo nocturno arrancados con violencia.
La habían diseñado para impresionar, no para proteger.
Durante casi veinte años, Aylis la había llevado en ceremonias, recepciones y audiencias donde su función consistía en recordar a todos los presentes que el rey Kaveh había elegido a una princesa de Iberia como esposa.
No a una mujer. A una alianza con forma de mujer.
Ahora la corona descansaba sobre la madera pulida de una mesa que pronto sería ocupada por otra persona, y Aylis la contemplaba como se contempla el rostro de alguien a quien se ha dejado de amar sin saber exactamente en qué momento ocurrió.
Los cofres ya estaban preparados. Tres. Había llegado a Persia con una caravana de cuarenta carros cargados de regalos, telas, armas ceremoniales y promesas envueltas en seda.
Se marchaba con tres cofres que contenían ropa, algunos libros, un arco que no había vuelto a tensar desde la muerte de su madre y las cartas que sus hijos le habían escrito cuando eran niños.
Todo lo demás pertenecía al palacio. Todo lo demás siempre había pertenecido al palacio.
Laleh entró sin llamar. Llevaban tantos años juntas que los protocolos se habían disuelto entre ellas como sal en agua tibia. Su rostro mostraba la misma expresión que reservaba para las situaciones en las que sabía que cualquier palabra sería insuficiente pero el silencio resultaría peor.
—Los corredores están llenos de susurros —dijo, cerrando la puerta con cuidado—. Algunas dicen que el rey te ha desterrado. Otras, que preparas un regreso triunfal con un ejército ibérico.
—¿Y qué dice Soraya?
—Nada. Eso es lo que más me preocupa.
Aylis casi sonrió. Casi. Había aprendido a interpretar los silencios de Soraya con la misma precisión con que un marinero interpreta los cambios del viento.
Un silencio breve significaba cálculo. Un silencio prolongado significaba que ya había tomado una decisión y estaba esperando el momento exacto para ejecutarla.
Se apartó de la mesa y caminó hacia la ventana.
Desde allí podía ver los jardines interiores, iluminados por antorchas que los jardineros encendían cada noche siguiendo un patrón que no había cambiado en generaciones.
Naranjos, fuentes de mármol, senderos de piedra clara que serpenteaban entre rosales podados con una geometría obsesiva. Todo era perfecto. Todo era una jaula.
Había amado aquellos jardines durante los primeros años.
Venía de Iberia, de fortalezas construidas con piedra gris y vientos que olían a sal y a bosque.
La exuberancia de Persia la había deslumbrado como deslumbra una llama a quien ha vivido en la penumbra.
Después comprendió que la belleza del palacio no existía para consolar a quienes lo habitaban, sino para recordarles lo que perderían si desobedecían.
—¿Has visto a los niños? —preguntó, aunque sabía que ya no eran niños.
Arman tenía diecisiete años. Navid, quince.
Pero en su mente seguían siendo los dos cuerpos pequeños que había sostenido contra su pecho mientras las nodrizas esperaban con los brazos extendidos para arrebatárselos según las costumbres de la corte.
—Arman está en sus aposentos. Ha pedido que no lo molesten. —Laleh hizo una pausa—. Navid ha preguntado tres veces si puede acompañarte.
El dolor llegó sin aviso, como siempre llegaba, como una grieta que se abre en un muro que parecía sólido.
Aylis apretó los dedos contra el marco de la ventana y dejó que pasara.
No podía permitirse llorar. No todavía. Lloraría después, en el barco, cuando las costas de Persia fueran solo una línea borrosa tragada por la distancia.
Lloraría cuando nadie pudiera usar sus lágrimas como prueba de debilidad.
Navid no podía acompañarla. Ninguno de los dos podía.
Eran herederos de la corona persa, eslabones de una cadena dinástica que no admitía rupturas.
Sacarlos del imperio equivaldría a declarar una guerra.
Aylis lo sabía. Lo había calculado cientos de veces, buscando una fisura en la lógica del poder que le permitiera llevárselos. No la había encontrado.
Así que se marcharía sola. Con Laleh, con tres cofres y con la certeza de que estaba abandonando a las dos personas que más amaba en el mundo para salvar algo que todavía no sabía nombrar. ¿Su dignidad? ¿Su cordura? ¿La parte de sí misma que Persia no había conseguido domesticar?
La puerta se abrió de nuevo. Esta vez no era Laleh.
Kaveh entró con la autoridad de quien nunca ha necesitado pedir permiso para acceder a ningún lugar de su propio palacio.
Vestía una túnica oscura, sin adornos ceremoniales, y eso le daba un aspecto extrañamente vulnerable.
Aylis lo conocía lo suficiente para saber que la elección era deliberada.
Kaveh nunca hacía nada sin calcular el efecto.
—Todavía puedes cambiar de decisión —dijo. No era una súplica. Era una afirmación pronunciada con el tono de quien presenta una última oferta comercial antes de cerrar una negociación.
—No.
—¿Comprendes lo que significa marcharte?
—Mejor que tú, probablemente.
Kaveh se detuvo a tres pasos de ella. La distancia exacta que mantenía cuando quería parecer cercano sin renunciar a su posición de superioridad. Aylis había medido esa distancia tantas veces que podría haberla reproducido con los ojos cerrados.
—Perderás tu título. Tu posición. La protección de esta corte. No podrás intervenir en la educación de Arman ni de Navid. Serás una mujer sin corona en un reino que no te ha visto en veinte años.
Cada palabra era cierta. Y cada palabra estaba diseñada para herirla en el lugar preciso donde Kaveh sabía que era vulnerable.
—Una corona que no protege mi dignidad no es poder —respondió Aylis—. Es cautiverio con joyas.
Algo cambió en los ojos del rey. No fue dolor exactamente.
Fue el reconocimiento incómodo de que aquella mujer había aprendido a devolver los golpes con la misma precisión con que él los asestaba.
Kaveh había admirado siempre la inteligencia de Aylis.
La había utilizado durante años para resolver disputas diplomáticas, anticipar traiciones y evaluar alianzas.
Pero admirar la inteligencia de alguien y aceptar que esa inteligencia pueda volverse contra uno son cosas muy diferentes.
—Iberia no te recibirá como crees —dijo, y en esa frase había algo que se parecía peligrosamente a la sinceridad.
—Quizá no. Pero al menos las puertas se abrirán cuando yo lo decida.
Kaveh no respondió. La miró durante un instante largo, denso, cargado de todo lo que habían sido el uno para el otro y de todo lo que habían fracasado en ser. Después se dio la vuelta y salió de la habitación sin despedirse. Los reyes no se despiden. Se retiran.
Aylis esperó hasta que el sonido de sus pasos desapareció. Entonces fue a buscar a sus hijos.
Arman la recibió de pie, con las manos cruzadas detrás de la espalda, reproduciendo sin saberlo la postura exacta de su padre. Tenía los ojos enrojecidos, pero su voz no tembló cuando habló.
—Entiendo por qué te vas. No te pido que te quedes.
Aylis lo abrazó. Él tardó un momento en responder al abrazo, como si el gesto perteneciera a un idioma que estaba olvidando.
Navid no intentó disimular. Lloró con la rabia limpia de quien todavía no ha aprendido que el mundo castiga las emociones visibles. Le preguntó por qué no podía ir con ella. Le preguntó por qué las reglas importaban más que las personas. Le preguntó si volvería.
Aylis no mintió. Le dijo que no lo sabía. Le dijo que lo amaba con una fuerza que ninguna frontera podría contener. Le dijo que recordara siempre que un heredero no es una posesión de la corona, sino una persona que elige qué clase de rey desea ser.
Después lo soltó. Fue lo más difícil que había hecho en su vida, y Aylis había hecho cosas que la mayoría de los hombres de aquella corte ni siquiera habrían podido imaginar.
Laleh la esperaba junto a los cofres. No dijo nada.
Le ofreció un manto para el frío de la noche y caminó a su lado por los corredores que ambas habían recorrido miles de veces, pasando frente a las puertas cerradas del harén, frente a los guardias que apartaban la mirada, frente a los muros decorados con escenas de batallas que otros habían librado.
Cuando cruzó las puertas del palacio, el aire nocturno golpeó su rostro con una frescura que había olvidado. Olía a tierra, a distancia, a algo que todavía no tenía nombre.
Aylis no miró hacia atrás.
Había dejado de ser la reina de Persia. Pero todavía no sabía qué lugar podría ocupar en un mundo que solo valoraba a las mujeres por las coronas que llevaban o por los hombres a quienes pertenecían.
Lo único que sabía con certeza era que las puertas que acababa de cruzar se habían cerrado detrás de ella, y que el mar que la separaba de Iberia era también el mar que la separaba de sus hijos, de su juventud y de la mujer que había sido.
Delante solo había oscuridad, y en algún lugar de esa oscuridad, una costa que quizá ya no la reconocería.