La Reina 2. El pacto de los reyes
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2. El pacto de los reyes

El día de su decimoctavo cumpleaños, Alaric no entregó a su hija un regalo, sino la noticia de que sería enviada a otro reino.

Aylis lo supo antes de que él pronunciara las palabras.

Lo supo por la forma en que su padre evitó mirarla durante el desayuno, por la rigidez de sus manos al partir el pan, por el modo en que Samira permaneció en silencio con los ojos fijos en la ventana, como si contemplara un paisaje que ya no le pertenecía.

Los tres compartieron la mesa aquella mañana y ninguno habló de lo que todos sabían.

Fue una cortesía inútil, la última que Alaric pudo ofrecerle.

La conversación tuvo lugar después del mediodía, en el estudio privado del rey. Mapas enrollados cubrían la mesa. Sobre uno de ellos, alguien había trazado con tinta roja una línea que conectaba Iberia con Persia, atravesando mares y territorios que Aylis solo conocía por los libros.

—Kaveh necesita una alianza sólida con Occidente —dijo Alaric sin rodeos, como si hablara de un tratado comercial—. Nosotros necesitamos estabilidad en las rutas orientales. Tu madre ha mantenido correspondencia con la Casa Zaydan. Todos coinciden en que este matrimonio beneficia a las tres partes.

Aylis observó la línea roja. Pensó en las veces que su padre le había pedido que analizara un mapa, que identificara las rutas vulnerables, los puntos donde un ejército podría ser emboscado, los caminos por donde fluía el comercio y, con él, la supervivencia de un reino.

Ahora comprendía que también ella formaba parte de ese mapa.

Una pieza que debía desplazarse para asegurar el equilibrio.

—¿Y si me niego? —preguntó, no porque creyera que la respuesta cambiaría algo, sino porque necesitaba escucharla.

Alaric levantó la mirada. En sus ojos había algo que Aylis no había visto antes, una especie de cansancio que no procedía del cuerpo sino de la conciencia.

—Entonces buscaré otra forma de proteger este reino. Pero no conozco ninguna que sea mejor.

No dijo que la obligaría. Tampoco dijo que fuera libre. Dejó la decisión suspendida en un espacio estrecho entre el deber y la voluntad, donde ambos sabían que solo cabía una respuesta.

Samira la esperaba en sus aposentos. Había dispuesto sobre la cama un cofre pequeño, de madera oscura con incrustaciones de nácar, que Aylis reconoció de inmediato. Era el mismo cofre que su madre había traído desde los territorios de la Casa Zaydan cuando llegó a Iberia como esposa de Alaric.

—No voy a decirte que será fácil —comenzó Samira, sentándose junto a ella—. Sería una crueldad y una mentira.

Aylis abrió el cofre. Dentro había un peine de marfil, un frasco de perfume sellado con cera y un pequeño cuaderno cosido a mano, con anotaciones en la lengua de los Zaydan.

—Son las notas que escribí durante mis primeros años aquí —explicó Samira—.

Lo que observé, lo que aprendí, los errores que cometí.

Cada corte tiene su propio idioma, Aylis.

No me refiero a las palabras. Hablo de los gestos, los silencios, las distancias entre las personas cuando caminan juntas. En Persia, todo eso será diferente.

—¿Y cómo se aprende un idioma así?

Samira le tomó las manos. Las suyas estaban frías, a pesar del calor de la tarde.

—Escuchando más de lo que hablas. Observando más de lo que muestras.

Y recordando siempre que una cortesía puede ser una amenaza y una sonrisa puede ser una advertencia.

No confundas amabilidad con afecto. No confundas respeto con seguridad.

Y sobre todo, no confundas la admiración de un rey con libertad.

Aylis quiso preguntar si su madre hablaba de Kaveh o de Alaric, pero algo en la expresión de Samira le indicó que la respuesta era ambos.

La noticia del compromiso se extendió por la corte con la velocidad previsible de los asuntos que afectan al poder.

Aylis percibió los cambios de inmediato.

Los nobles que antes la trataban con familiaridad comenzaron a inclinar la cabeza con mayor profundidad.

Las esposas de los consejeros le enviaron obsequios que nunca habían considerado necesarios.

Todo el mundo quería ser recordado por la futura reina de Persia.

Leandro fue el único que no modificó su comportamiento. La encontró en el patio de armas, donde ella practicaba con el arco por última vez antes de que los preparativos del viaje consumieran todas sus horas.

—Así que te vas —dijo, apoyándose contra un pilar con los brazos cruzados.

—Así que te quedas —respondió Aylis sin soltar la cuerda.

La flecha golpeó el centro del blanco. Leandro la observó con una mezcla de emociones que ni él mismo habría sabido nombrar.

Alivio, sin duda. Con Aylis lejos, la sombra que siempre lo había acompañado desaparecería.

Pero también algo parecido al resentimiento, porque incluso en su partida ella conseguía parecer más digna de una corona que él.

—Kaveh es un hombre poderoso —dijo Leandro, eligiendo cada palabra—. Dicen que gobierna con inteligencia.

—Dicen muchas cosas de los reyes. Casi nunca las dicen en su presencia.

Leandro sonrió a medias, como si reconociera en aquella frase una verdad que prefería no examinar.

—Cuídate, hermana.

Fue lo más honesto que le había dicho en años.

La víspera de la partida, Alaric la llevó a la sala de armas. Sobre una mesa de roble descansaban dos objetos envueltos en tela: una espada de hoja estrecha, forjada según las proporciones de su mano, y un arco corto con empuñadura de cuero trenzado.

—No podrás llevarlos a todas las ceremonias —advirtió Alaric—. Pero quiero que los conserves. No como armas, sino como recordatorio de lo que eres cuando nadie te observa.

Aylis desenvainó la espada. La hoja reflejó la luz de las antorchas con un brillo limpio, casi líquido. Pesaba exactamente lo que debía pesar: lo suficiente para ser letal, lo suficiente poco para ser rápida.

—Padre —dijo, y la palabra le supo diferente esa noche, más frágil, más definitiva—. ¿Por qué me enseñaste todo esto si sabías que mi destino era un matrimonio?

Alaric tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía la textura áspera de quien confiesa algo que lleva demasiado tiempo guardado.

—Porque quería que fueras capaz de sobrevivir en cualquier lugar. Incluso en los lugares donde nadie espera que una mujer sepa defenderse.

No era la respuesta que Aylis deseaba. Pero era, quizá, la más verdadera que su padre podía darle.

La travesía duró semanas. El mar se interpuso entre las dos mitades de su vida como una frontera que no figuraba en ningún tratado.

Aylis pasó los primeros días en cubierta, observando cómo la costa de Iberia se disolvía en la distancia hasta convertirse en una línea imprecisa, luego en un recuerdo, luego en nada. Después dejó de mirar hacia atrás.

Laleh no formaba parte todavía de su vida. Tampoco Soraya, ni los jardines del harén, ni las noches interminables en las que aprendería a descifrar las intenciones de un palacio entero. Todo eso esperaba al otro lado del agua, invisible y paciente.

Cuando el barco alcanzó las costas persas, una delegación la recibió con música, incienso y telas bordadas en oro.

Los emisarios pronunciaron fórmulas de bienvenida tan elaboradas que cada frase parecía contener tres significados distintos.

Aylis agradeció con la inclinación precisa que Samira le había enseñado y caminó entre dos filas de guardias hacia el palacio.

El rey Kaveh la esperaba en un salón cuyas columnas se elevaban hasta perderse en la penumbra del techo.

Era más alto de lo que había imaginado, de rostro anguloso y ojos que no revelaban nada.

La observó durante un instante largo, como quien evalúa un caballo de guerra o una pieza en un tablero, y después sonrió con una calidez tan perfecta que resultaba imposible saber si era genuina.

—Iberia nos envía un regalo valioso —dijo Kaveh, y su voz resonó en la piedra como una promesa o una sentencia.

Aylis inclinó la cabeza. No demasiado. Lo justo.

—Iberia no envía regalos, majestad. Envía alianzas.

Algo cambió en los ojos del rey. Un destello breve, casi imperceptible, que podía ser interés o advertencia. Kaveh asintió lentamente y le ofreció la mano para conducirla al interior del palacio.

Las puertas del harén se abrieron ante ella como las fauces de un animal hermoso y paciente.

Dentro, entre fuentes de agua cristalina y mosaicos que reproducían paraísos imposibles, una mujer la observaba desde el fondo de un corredor.

Tenía los ojos oscuros, la postura erguida de quien conoce cada rincón de aquel lugar y una sonrisa tan impecable como la del propio Kaveh.

—Bienvenida —dijo Soraya, y la palabra sonó exactamente igual que una puerta cerrándose.