VEINTISÉIS
VEINTISÉIS
Connor
La expresión de mi padre cuando cuelga el teléfono, después de hablar con el entrenador y director general de los Blizzards, es de pura furia. Da miedo, pero ya no soy un niño y, a partir de ahora, ya no estoy bajo su control. Ha perdido, y lo sabe.
—Lo siento —le digo, porque es verdad—. Ojalá no hubiera tenido que llegar a esto. —Y es verdad. Me habría gustado que pudiéramos separarnos sin hacernos daño. Me habría gustado que nunca me hubiera puesto en una situación en la que tuviera que hacer algo así.
Se le dilatan las fosas nasales y señala la puerta.
—Fuera de mi oficina, pequeño ingrato de mierda.
Aprieto los dientes y asiento. Luego me pongo en pie y salgo del despacho. Michelle viene detrás de mí. Me acompaña hasta el vestuario para que recoja mis cosas. Cuando llegamos a la puerta cerrada, me pone una mano en el hombro.
—¿Estás bien?
Trago saliva y luego exhalo un suspiro largo mientras contemplo el logotipo de los Broad Wings, pintado en colores llamativos sobre la puerta.
He mirado ese emblema toda mi vida. Lo he llevado conmigo desde que nací, en cada etapa y en cada hito.
Un Broad Wing de nacimiento que alza el vuelo para convertirse en un Blizzard.
—Estoy bien. Solo necesito un minuto.
Me da una palmada en el hombro.
—Te dejaré un poco de privacidad —dice, y se aleja mientras teclea en su teléfono.
Puede que mi trabajo aquí haya terminado por hoy, pero el suyo no ha hecho más que empezar.
Sé con certeza que mi padre ha convocado al entrenador Chris a una reunión en la que ella estará presente, contrato en mano, igual que ha hecho conmigo, para negociar su salida de la organización de los Broad Wings.
Después, todavía tendrá que rematar con la liga los últimos detalles de la regla Kennedy.
Vuelvo a respirar hondo y abro la puerta del vestuario.
El utillero ya ha guardado mi equipamiento en la bolsa, pero aún quedan algunas cosas personales en mi taquilla que quiero llevarme.
Como la placa con mi nombre, que mi padre sin duda tirará a la basura.
También la pila de discos que he ido reuniendo a lo largo de los años, firmados por mis ahora excompañeros.
Y una sudadera del equipo que solía ponerme durante el calentamiento, antes de enfundarme el uniforme completo para un partido.
Evidentemente, ya no voy a necesitarla. Me compraré otra, junto con el resto del uniforme de los Blizzards.
Pero que las cosas hayan terminado mal aquí, con mi padre, no significa que no quiera conservar esto como recuerdo de mis años como Broad Wing.
Estoy metiéndolo todo en mi bolso y asegurándome de que mis patines estén bien sujetos cuando suena el teléfono. Lo saco del bolsillo. Es Gavin. Una sonrisa se dibuja en mis labios y noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas.
—Hola.
—Hola —dice con suavidad—. ¿Estás bien?
Trago saliva para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta. Ha sido un día larguísimo y apenas son las dos de la tarde. Pero me alegra mucho oír su voz, aunque solo hayan pasado unas horas desde que me dejó en el aeropuerto.
—Estoy bien. Te echo de menos.
—Yo también te echo de menos. Pero te veré esta noche. Busca mi Jeep justo fuera del aeropuerto. Estaré esperándote.
—Vale —digo con la voz quebrada, y me dejo caer pesadamente en el banco. Me seco los ojos con el dorso de la mano, agradecido de estar solo. No quiero que nadie me vea así.
—Connor. —Puedo oír la preocupación en su voz cuando pronuncia mi nombre—. Todo va a salir bien.
—Lo sé —respondo—. Es solo que… es demasiado.
—Ojalá pudiera estar ahí contigo.
—Lo estás —le digo, tirando de los cordones de su sudadera del equipo estadounidense, la que me puse esta mañana antes de salir de su casa. Cuando me subo la capucha, me envuelve su olor.
—Supongo que sigues llevando mi sudadera. —Puedo oír la sonrisa en su voz.
Sonrío también y dejo escapar una risita.
—Sí.
—Apuesto a que a tu viejo le ha encantado.
—Para ser sincero —suspiro—, creo que estaba tan disgustado conmigo que ni siquiera se ha dado cuenta.
Pero esa no era la razón por la que llevaba la sudadera. No me la puse para provocar a mi padre. Me la puse porque necesitaba sentir a Gavin conmigo. Porque necesitaba su refugio.
—En fin, ¿los canales deportivos están hablando de todo esto? —pregunto, porque necesito cambiar de tema.
—La verdad es que no lo he mirado —dice con una risa—. Se lo preguntaré a Bouchard.
—Buena idea. Ya sabes que hoy está viviendo para esto.
Mis ojos por fin dejan de humedecerse y una sonrisa auténtica me curva la boca.
—A veces pienso que él deseaba esto más que nosotros.
—Tampoco exageremos —dice Gavin.
Oigo ruido de cajas al otro lado de la línea, y el sonido de algo de cristal golpeando.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto con curiosidad.
—Mi padre y yo estamos recogiendo mis cosas.
—¿Por qué? Y no te ofendas, pero ¿de verdad hacen falta dos personas para eso?
—No, no hacen falta. —Se ríe, respondiendo antes a la segunda pregunta que a la primera—. He firmado un nuevo contrato de alquiler para nosotros, en el edificio de Bouchard. Ni se te ocurra venir a vivir a este agujero.
—¿Cómo? Si me acaban de traspasar.
—Bouchard lleva años insistiendo en que me mude a ese edificio. Me puse en contacto con el agente inmobiliario después de que te fueras esta mañana, para firmar el contrato en cuanto me confirmaron que venías. Es un sitio agradable. Espero que te guste.
—¿Vas a estar tú allí? —pregunto, y mis malditos ojos vuelven a llenarse de lágrimas.
—Sí.
—Entonces me encantará.
Gavin
Mudarse es bastante fácil. Lo único que tuvimos que hacer mi padre y yo fue atar mi colchón a la baca del Jeep y meter mi ropa en el maletero.
Dejé todo lo demás, incluido el sofá, que ahora tiene una hendidura por haber tenido ayer a tres hombres corpulentos sentados en él todo el día, para el próximo inquilino.
Que lo considere un premio de consolación por las abolladuras en la pared y los trozos que faltan en la encimera de la cocina.
Bouchard está encantado, claro. Ya ha instalado a mi padre en su apartamento, tres plantas por debajo del mío y del de Connor, en una cama de verdad para que pueda pasar la noche.
Me sentí mal por no haber tenido tiempo suficiente para preparar la habitación de invitados para que se quedara con nosotros, pero él dijo que no pasaba nada y que, de todos modos, Connor y yo necesitábamos intimidad esa noche.
Y no le falta razón. Y no es solo porque necesitemos tener sexo ruidoso más tarde.
Bueno, eso forma parte del asunto, sí, pero también necesitamos un poco de tiempo a solas.
Sinceramente, nunca lo hemos tenido, y después de las cuarenta y ocho horas que acabamos de vivir, que nos han dejado a ambos vulnerables y a flor de piel, necesitamos relajarnos antes de volver a convertirnos en el centro de atención.
El entrenamiento de mañana va a ser un desastre.
El responsable de relaciones públicas del equipo ya me ha advertido que me comporte lo mejor posible.
Nada de contestar mal a la prensa ni mandarlos a la mierda, y nada de lanzar tiros al cristal en su dirección por mucho que me apetezca.
De hecho, me han dado instrucciones de comportarme como Connor cuando trato con la prensa.
Encender el encanto, sonreír, reír, ser accesible.
En otras palabras, ser todo lo contrario a mi habitual yo gruñón.
Sonrío mientras piso el acelerador para incorporarme a la autopista rumbo al aeropuerto.
Supongo que no será tan difícil hacer lo que me pide nuestro responsable de relaciones públicas.
Al fin y al cabo, Connor saca lo mejor de mí.
Joder, me duelen las mejillas de tanto sonreír desde que él forma parte de mi vida.
Nunca me había dado cuenta de lo mucho que tenía abandonados esos músculos.
Lo cual es curioso, teniendo en cuenta el tiempo y el esfuerzo que dedico al resto.
Me entra un mensaje de Connor en el móvil.
Le echo un vistazo rápido. Su avión ha aterrizado.
Voy a llegar justo a tiempo para recogerlo.
Estoy impaciente. Estoy deseando besarlo.
Estoy deseando que se suba al coche. Estoy deseando empezar mi nueva vida con él.
Una vida en la que tengo una razón para querer formar un hogar.
Una razón para no sentirme tan solo cuando estoy lejos de Alaska.
Para tener a alguien a quien quiero lo suficiente como para abrazarlo por la noche y relajarme con la tranquilidad de saber que seguirá ahí por la mañana.
Es fácil reconocerlo con mi sudadera con capucha del equipo de Estados Unidos y su enorme bolsa con el equipamiento de hockey , cruzando las puertas corredizas de cristal del aeropuerto cuando llego. Aparco el Jeep y salgo corriendo a su encuentro para librarlo de la pesada bolsa.
—Gracias —dice, y lo beso antes de que pueda decir nada más.
Por suerte, él venía en uno de los últimos vuelos que aterrizaban esa noche en Búfalo, así que el aeropuerto está tranquilo. Aunque esta mañana necesitábamos que nos vieran compartiendo un momento íntimo, ahora vuelvo a agradecer nuestra privacidad.
—¿Qué tal el vuelo? —pregunto cuando volvemos a estar en mi Jeep y nos dirigimos a nuestra nueva casa.
—Bien —se ríe—. Sin duda, ha sido el mejor de los cuatro en los que he estado en las últimas cuarenta y ocho horas.
—Dios mío. Eso es mucho incluso para un jugador de hockey. —Le cojo la mano y la sostengo entre las mías.
—Y que lo digas. ¿Cuándo es nuestro primer partido fuera de casa?
—El jueves —digo—. Así que tendrás dos días de descanso de aviones.
—Al menos mi próximo vuelo será contigo.
—El próximo y todos los demás —digo.
—Y todas las habitaciones de hotel —añade. Puedo oír la sonrisa en su voz—. Y las comidas hipercalóricas de los restaurantes.
—Esas son mis favoritas —dice tras bostezar.
Llevo su mano a mis labios y la beso.
—Las mías también.
—Lo siento —dice mientras vuelve a bostezar.
—¿Cansado? —Piso un poco más el acelerador para llegar antes a casa. Es tarde. De todos modos, las carreteras están vacías.
—Agotado —responde—. He estado como un cable de alta tensión todo el día. Pero ahora me está dando una pequeña bajada de adrenalina.
—Ha sido mucho para ti —digo. Lo ha sido, y soy consciente del peso que todo esto debe de suponer para él—. No te arrepientes de nada, ¿verdad?
—¡Por Dios, no! —responde.
Le echo un vistazo. Me mira con ojos cansados, enrojecidos, pero también satisfechos.
—Haré que valga la pena.
—Ya lo has hecho .