VEINTISIETE
VEINTISIETE
Connor
No puedo creer que yo esté aquí. Alaska es aún más hermosa de lo que había imaginado.
Los árboles del jardín trasero son viejos y enormes.
Las montañas, inmensas e imponentes. El mar, vasto e infinito.
Sentado en la terraza, con el puerto extendiéndose a nuestros pies, me invade una paz absoluta mientras contemplo la luz de la tarde reflejada en el agua.
Gavin se inclina hacia mí desde su silla y me besa en la mejilla.
—El sol de Alaska te sienta muy bien.
No puedo evitar dejar escapar un pequeño gemido de satisfacción mientras sigo a su lado, esperando a que la cena esté lista.
Ha pasado el día entero ahumando lentamente el salmón que pescamos ayer, y yo he preparado una ensalada con algunas de las verduras que compramos esta mañana en el mercado de agricultores.
Ir a ese mercado se ha convertido en una de mis experiencias favoritas.
La vida en Alaska tiene algo fascinante, porque gran parte de ella todavía funciona a base de trueque.
Habíamos pescado un montón de salmones en un río cercano, que Gavin y Garrett limpiaron y prepararon.
Luego los dividieron en tres partes. Una para nosotros, otra para Garrett y otra para intercambiarla con los vendedores del pueblo por fruta y verdura.
Son algunos de los mejores productos que he probado en mi vida.
No me extraña que Gavin creciera tan grande, si así es como ha comido siempre.
Cuando oigo el rumor grave de un motor subiendo por el camino, levanto la mirada.
El padre de Gavin dijo que vendría a cenar con nosotros esta noche.
Garrett ha pasado casi todas las noches cenando aquí.
Seguimos insistiéndole en que se quede, pero él prefiere volver a su casa.
Aun así, nosotros también hemos pasado mucho tiempo allí.
Ahora que tiene su propio barco, al que ha llamado «La Regla Marshal» porque a él y a Gavin les parece desternillante, dispone de más tiempo para dedicarse a la casa y nosotros le hemos estado ayudando a ponerla en condiciones.
Ni siquiera protestó demasiado cuando Gavin insistió en comprarle un sofá nuevo.
Por alguna razón, el suyo estaba aún peor que el de Gavin. Yo no creía que eso fuera posible.
Es verdad que arreglar aquella casa va a llevar tiempo. Puede que años. Pero a mí no me importa, porque adoro este lugar. Ahora entiendo por qué Gavin, a pesar de haberse marchado de aquí a los dieciséis años, siempre ha tenido la necesidad de volver siendo adulto.
Y ahora que estoy aquí, también entiendo por qué se fue.
Y por qué su padre se empeñó tanto en darle una oportunidad con el hockey , enviándolo a aquel campamento juvenil hace tantos años.
Viéndolos juntos, sé que debió de ser durísimo para los dos vivir separados, pero fue lo mejor.
Claro que en Alaska hay más salidas que la pesca, pero no suelen estar al alcance de hombres como Gavin y Garrett.
El mundo mira a hombres como ellos y los ve como carne de cañón.
Como hombres prescindibles. A veces me abruma la gratitud que siento al pensar que Garrett haya sobrevivido tanto tiempo.
No muchos pescadores comerciales llegan a cumplir los cincuenta.
También he aprendido, simplemente observando, que llevar tu propio barco pesquero implica una barbaridad de trabajo.
Gavin tendrá que seguir pendiente por teléfono y correo electrónico cuando regresemos a Búfalo.
Pero para él, saber que su padre ya no pasa semanas enteras en el mar compensa con creces el esfuerzo. Yo también lo creo.
Y para ponérselo más fácil a Garrett, ha contratado a una mujer encantadora llamada María para que lo ayude con el papeleo.
Garrett protestó, claro, pero tengo la sensación de que ella ya lo ha conquistado en más de un sentido.
Y sospecho que por eso mismo está dejando por fin que Gavin haga algunas mejoras en la casa.
De tal palo, tal astilla. Son exactamente iguales.
—Hola, papá —dice Gavin mientras se acerca a la nevera y saca una zarzaparrilla para él.
—Vuélvela a meter en hielo —dice Garrett—. Hay algo que tengo que hacer antes de ponerme cómodo. —Entonces se acerca a mí y me enseña un juego de llaves—. Creo que le prometí a alguien una clase de conducir.
Lo miro a él y luego echo un vistazo por encima de su hombro. No ha venido en su camioneta, sino en su Chevrolet «El Camino» de 1970.
—No puedes hablar en serio —digo, señalando el coche—. Incluso yo, que no sé nada de coches, sé que se trata de una joya.
—Esto es Alaska. —Garrett hace un gesto amplio a su alrededor—. Aquí hay montones de coches así. —Entrecierra los ojos al mirarme—. Pero no se lo vayas contando a los de los cuarenta y ocho estados de abajo. No queremos que nos desvalijen las reservas de coches fiables.
—¿Fiables? —repito.
Sí, he oído el motor ronronear al subir por el camino, pero el coche es más viejo que Garrett.
Gavin sonríe a su padre.
—Si funcionaba en los setenta, funciona hoy.
—Eso es. —Garrett lo señala con un dedo y asiente.
—Tendré que creérmelo —digo.
Puede que yo no tenga coche, pero sé perfectamente que los de mi padre acababan sin falta en el taller por alguna avería imprevista o por una lucecita del motor cuya reparación costaba una fortuna.
Garrett vuelve a hacer tintinear las llaves delante de mí.
—¿Seguro que quieres enseñarme con eso? —pregunto, dudando un instante antes de cogerlas.
—Claro que sí —responde. Luego le da una palmada en el hombro a Gavin—. A Gavin le enseñé con este mismo coche. Así que contigo también servirá.
Miro a Gavin.
—¿En serio?
Él asiente, sonríe y luego se encoge de hombros.
—También fue el coche donde me hicieron mi primera mamada.
—A mí también —dice su padre.
Los dos se chocan la mano sin mirarse siquiera. Luego Garrett clava los ojos en mí y nos señala alternativamente a Gavin y a mí.
—Y a vosotros no se os ocurra hacer ninguna tontería.
—No hay peligro —digo, levantándome de la silla. Luego miro a Gavin—. ¿Vienes con nosotros?
—No —responde—. No hay sitio. En realidad solo caben dos personas. No hace falta que vayamos apretados en ese asiento.
—Sí —dice Garrett—. No necesito revivir la experiencia de sentarme en tu antiguo sofá.
Gavin le lanza una mirada elocuente.
—Como si el tuyo hubiera sido mejor.
—Eh —protesta Garrett—. No metas a mi sofá barato en esto.
Gavin me aprieta la mano.
—Pásalo bien —me dice. Luego inclina la cabeza hacia su padre—. Es un profesor excelente. Con él estarás bien.
Claro que sí. Es el padre de Gavin. Nunca lo habría dudado.
Gavin
Ver a Connor bajar al volante por el camino hace que el corazón se me llene de orgullo todavía más. No es solo porque esté conduciendo. Es porque está viviendo algo que debería haber tenido hace muchísimo tiempo. Y ahora, además, lo está aprendiendo con mi padre y no con el suyo.
Sobre el papel, la mayoría pensaría lo contrario.
Que Connor fue el que siempre tuvo suerte.
El chico que nació con una cuchara de oro, ni siquiera de plata, en la boca.
Mientras que la mía era de plástico y de segunda mano.
Pero ¿a quién le importa con qué cuchara me dieron de comer?
A mí me quisieron. Y mi padre hizo todo lo que pudo en circunstancias que a veces fueron una auténtica mierda.
Ahora podemos compartir eso con Connor. Y se lo merece.
Se merece el mundo entero. Cuando vuelva, voy a darle un pedacito de él.
Ya lo he dejado sobre la mesa, delante del sitio donde va a sentarse. Es la escritura de esta casa y de la propiedad, modificada para que aparezcan nuestros dos nombres. No me importa que solo llevemos unos meses juntos. Él es el hombre de mi vida y quiero que lo sepa.
Creo que mi padre también lo ve así. Ha aceptado a Connor en nuestras vidas sin vacilar. Le ha enseñado los alrededores. Le ha contado la historia de Alaska.
Cuando le mencioné que quería añadir a Connor a la escritura de la casa, sonrió.
No es que mi padre no quisiera esta casa.
Es que quería que yo la conservara para compartirla con alguien.
Antes de Connor, jamás pensé que eso pudiera pasar.
Durante tanto tiempo fuimos mi padre y yo contra el mundo, que no parecía posible que alguien quisiera unirse a nuestro equipo.
Pero Connor se lanzó de cabeza y encajó como si siempre hubiera pertenecido aquí.
Ahora somos una familia de tres; cuatro, si mi padre consigue no ponerse demasiado gruñón con María.
Creo que harían buena pareja. Es una mujer de Alaska, dura como una piedra.
Sinceramente, por eso la contraté. Bueno, por eso y porque tiene un nieto que juega al hockey base, así que mi padre tendrá una excusa para volver a ir a los partidos.
Lo necesita. Sobre todo ahora que pasa todo el tiempo en tierra firme.
El hockey siempre ha sido una distracción magnífica.
Y esta zona la necesita con desesperación.
Por eso Connor y yo hemos estado hablando de financiar y organizar aquí un campamento juvenil el próximo verano.
Con un poco de trabajo, podemos llamar la atención hacia chicos que saben perfectamente lo que significa jugar con garra.
Los chicos que juegan al hockey aquí tienen algo especial.
Saben caerse y levantarse una y otra vez, sin más motor que el puro impulso de seguir adelante. Merecen una oportunidad de verdad.
Cuando oigo regresar el Chevrolet por el camino de entrada, ya tengo la cena servida. He apartado un poco de salmón para Bouchard, que vendrá a visitarnos la semana que viene. Le encanta mi salmón ahumado, y se ha ganado de sobra unos cuantos kilos como recompensa por toda su ayuda y apoyo.
—Bueno, ¿qué tal ha ido? —le pregunto a Connor en cuanto entra por la puerta.
—Le ha ido bien —responde mi padre por él—. Tiene un talento innato.
Connor me besa en los labios y luego se aparta con una sonrisa traviesa.
—Tenemos que conseguir uno de esos para Búfalo.
Asiento, sonriendo. Si quiere uno, le compraría dos.
—Hay espacio de sobra detrás para meter todo el equipamiento.
—Estaré atento por si aparece alguno —dice mi padre, mientras abre una lata de zarzaparrilla.
Le doy otro beso a Connor y luego les hago un gesto para que se sienten a la mesa.
—¿Qué es esto? —pregunta él, cogiendo el sobre con su nombre.
Tiene las mejillas enrojecidas por el sol, que le ha llenado la nariz de unas cuantas pecas. Todas las noches, cuando nos acostamos, me entran ganas de besárselas una por una.
—Un pequeño regalo —le digo, antes de dar un sorbo a mi zarzaparrilla.
Aunque ya sé cuál va a ser su reacción cuando vea lo que hay dentro, el corazón se me acelera igualmente.
Solo quiero hacerlo feliz. Quiero que sepa que voy a estar a su lado hasta el último día.
Quiero que sepa que alejarse de su padre fue la decisión correcta, y que hizo falta una fuerza inmensa para hacerlo.
Quiero que sepa que siempre lo apoyaré, dentro y fuera del hielo.
Quiero que sepa, y que nunca lo olvide, que lo quiero ahora y siempre.
Y que, pase lo que pase, siempre voy a elegirlo a él.
Abre el sobre y sus ojos se abren como platos. Suelta el aire muy despacio.
—Es un regalo muy grande —dice.
Luego se vuelve hacia mí. Tiene los ojos llenos de lágrimas y, sinceramente, yo debo de tenerlos igual. Si mirara a mi padre, apostaría a que los suyos también están brillantes.
Me inclino sobre la mesa para apartarle el pelo de la frente, dejando que esos mechones dorados y suaves se deslicen entre mis dedos.
—Es el primero de muchos —le digo, sonriéndole—. Ahora vamos a cenar .