VEINTICINCO #2
—No dijimos nada porque todos estuvimos de acuerdo en que no era asunto de nadie. A nadie le ha importado nunca con quién me acuesto yo. ¿Por qué nos importa tanto lo de estos dos?
—¿Fue algún miembro del equipo quien delató a Gavin? ¿Quizás alguien que quería que se fuera y quedarse con su puesto de capitán alterno?
La sonrisa de Bouchard en la pantalla es maliciosa, lista para asestar el golpe de gracia.
—Alguien quería que se fuera del equipo, sí. Pero no fue un jugador. Al menos, no uno en activo.
—Parece que estás insinuando que Connor Kennedy padre es quien delató a Gavin.
Bouchard mira directamente a la cámara.
—No lo estoy insinuando. Lo estoy afirmando. Puedes citarme. Connor Kennedy padre no solo delató a Gavin, sino que además está inventándose esta ridícula negación de su relación.
—Has dicho que estaban enamorados. Me cuesta creerlo. Sobre todo en el caso de Gavin Marshal. No es precisamente lo que uno llamaría un «hombre romántico».
—¿Y quién eres tú para juzgar cómo muestra Gavin su afecto? —lo desafía Bouchard.
—Bueno, teniendo en cuenta que lo que vemos de él es sobre todo una actitud violenta… —replica el periodista, dejando la frase en el aire.
Bouchard no se lo permite.
—¡Es hockey ! —dice, riéndose—. Es un deporte de contacto. Todos tenemos un historial de violencia ahí fuera. Excepto los porteros. —Guiña un ojo—. Nosotros somos unos ángeles.
Ahí termina el vídeo. Me planteo volver a verlo desde el principio.
Ya lo he visto cuatro veces. Como he dicho, es mi favorito.
Pero el conductor del todoterreno negro en el que viajo está girando hacia el aparcamiento del estadio de los Broad Wings.
El entrenador Chris y su mujer me esperan en la entrada de los jugadores.
Gavin
Puede que hasta ahora el día esté saliendo más o menos como estaba previsto, pero sigue siendo una pesadilla.
Soy un manojo de nervios, escondido en la pista de entrenamiento vacía de los Blizzards mientras veo cómo se desarrolla todo.
El entrenador Matthews ha tenido la amabilidad de dejarnos entrar, aunque, como jugador suspendido, técnicamente no debería estar aquí.
Pero lo necesitaba. Si no puedo estar con Connor mientras libra esta nueva batalla con su padre, entonces necesito hacer algo para no perder los nervios.
Patinar, por mucho que mi reputación sobre el hielo sea la de un matón, me mantiene sereno.
Esta sesión de una hora con palo y disco que estoy compartiendo con mi padre es lo único que me despeja la cabeza.
Después de enfrentarnos a la prensa, a mi padre y a mí nos hacía falta desahogarnos tirando unos discos.
Además, el entrenador Matthews está aquí, en su oficina, trabajando en el acuerdo con nuestro director general y esperando a que todo se cierre.
De vez en cuando asoma la cabeza por la puerta para ponerme al día.
Al parecer, los St. Louis Mules, que están tirando la temporada por la borda, están dispuestos a hacerse cargo de la parte restante del contrato de Connor si el entrenador Chris acepta mandar al Chicago a la mierda e irse a entrenarlos a ellos.
Pero quién sabe si eso acabará funcionando. Por su parte, es una jugada arriesgada.
Patino hasta la valla donde mi padre se está secando la frente con una toalla.
Me mira y niega con la cabeza.
—No sé cómo puedes hacer esto todo el día. Me duelen las piernas una barbaridad.
—Yo me pregunto lo mismo de ti en ese barco —le respondo, mientras le paso mi botella de agua.
—Puede que, cuando vuelva a casa, ya no tenga un barco al que regresar —dice tras darle un sorbo.
—Joder —digo, recordando qué día es, aunque me alegro de que no vaya a volver a salir en una de esas trampas mortales—. Tu barco volvía hoy al mar, ¿verdad? —Si nada de esto hubiera pasado y él hubiera podido regresar a Alaska desde Milán, como tenía previsto, habría llegado a tiempo.
Él se encoge de hombros.
—No pasa nada. Al final tendrán que volver al puerto. O puedo conseguir plaza en otro barco si lo necesito.
—O podrías aceptar mi oferta y comprarte tu propio barco para quedarte en tierra firme, llevar el negocio y enviar a otras personas al mar.
—Sabes que no se me dan bien las tareas administrativas.
—Entonces contrataremos a alguien que sí sepa. —Me vuelvo para apoyar una mano en la valla y mirarlo—. Dime que al menos te lo pensarás.
Él asiente, pero me temo que esta es una batalla perdida.
Durante los primeros años tras la muerte de mi madre, cuando estábamos solos, intentó buscar trabajo fuera de los barcos.
Le fue bien, pero el sueldo era mucho más bajo y se dio cuenta de que la tecnología lo había dejado atrás.
Los ordenadores cambian sin parar, pero el mar sigue siendo el mismo.
—¡Marshal! —grita el entrenador Matthews desde su oficina.
¿Es un grito bueno o malo? Voy hacia él patinando, con el corazón en un puño.
—Buenas noticias. Ya no estás suspendido.
—Gracias a Dios —digo, soltando el aire con alivio.
—Y espero veros a los dos mañana por la mañana en la pista para entrenar.
—Sí, señor —respondo, y casi me caigo de lo rápido que giro la cabeza para mirarlo a los ojos—. ¿Los dos?
—Sí. —Sonríe—. Tu chico ahora es un Blizzard. Puedes recogerlo en el aeropuerto esta noche a las diez .