VEINTICINCO
VEINTICINCO
Gavin
Mantengo los dedos entrelazados con los suyos mientras conduzco hacia el aeropuerto.
Es temprano. Demasiado temprano. El sol aún no ha terminado de salir y no hemos tenido suficiente tiempo juntos.
Sobre todo si al final todo esto se vuelve en nuestra contra.
Veinticuatro horas de felicidad por habernos reencontrado no compensan toda una vida de posibilidades arrebatadas.
—Tienes un coche bonito —dice Connor.
—No mientas. Es solo un Jeep. Seguro que tú conduces un BMW de lujo o algo así.
Él niega con la cabeza.
—No conduzco nada.
—¿Qué? —pregunto al mismo tiempo que mi padre, desde el asiento trasero, dice: «¿Cómo?».
Connor se gira en su asiento para poder mirarnos a los dos. Se está riendo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le pregunto.
—Vosotros dos —dice, intentando recuperar el aliento. Mueve la mano libre de un lado a otro entre nosotros—. Esa misma indignación en la cara y en la voz. Si no os conociera, pensaría que sois clones.
Cruzo una mirada con mi padre a través del retrovisor. Ambos nos encogemos de hombros, lo que hace que Connor se ría todavía más.
—No cambies de tema —dice mi padre—. ¿Cómo es posible que no sepas conducir?
—Nunca me ha hecho falta —dice Connor, volviéndose otra vez hacia delante.
—Pero sabes conducir, ¿no? —le pregunto.
Por el rabillo del ojo veo cómo se encoge un poco en el asiento de al lado.
—¿Cómo? —pregunto al mismo tiempo que mi padre vuelve a decir «¿Qué?».
Connor se echa a reír otra vez y me suelta la mano para frotarse la cara. No sé si lo hace para secarse las lágrimas de risa o para esconderse de nuestras inquisitivas miradas. Quizá por ambas cosas.
Me inclino hacia él y le acaricio el pelo con los dedos, luego apoyo la mano en la base de su cuello. Le doy unos suaves apretones y él suspira.
—¿Siempre ha sido tan sobón? —le pregunta a mi padre.
—Sí —responde él.
Su tono se ha vuelto grave, y sé lo que está pensando. Después de lo que pasó con mi madre, mis manitas siempre iban a buscarle la cara al despertar, solo para asegurarme de que seguía allí.
Sintiéndome de pronto expuesto, retiro la mano y la apoyo sobre la tapa del café, en el portavasos entre nuestros asientos. No se queda ahí mucho tiempo. Connor la atrapa y vuelve a entrelazar los dedos con los míos.
—Créeme —dice—. No me estoy quejando.
Y entonces lo entiendo. Toda esta conversación está conectada.
Connor no sabe conducir porque aprender nunca fue importante para su padre.
Igual que demostrarle cariño tampoco lo fue.
Puede que nosotros viviéramos en la pobreza, pero entre mi padre y yo nunca faltó el afecto.
Incluso cuando echo la vista atrás, cuando mi madre aún vivía, recuerdo que él siempre fue el más cariñoso de los dos.
Entonces yo era demasiado pequeño para entender por qué, pero siempre lo preferí a él antes que a mi madre.
Él me enseñó no solo a ser un hombre, sino a ser un buen hombre.
A levantarme y seguir adelante por muy feas que se pusieran las cosas.
A expresar el amor tanto en silencio como a gritos.
Enseñarme a conducir fue solo una de las muchas maneras en que me mostró cariño, más allá del dinero.
Mi padre también parece haber llegado a la misma conclusión.
—Así que tu padre nunca te enseñó a conducir —dice.
—No. —Connor niega con la cabeza—. La verdad es que él tampoco conduce mucho, salvo cuando saca uno de sus deportivos para darse una vuelta. Y nunca me habría dejado tocarlos, claro.
—¿Y tu madre?
Connor me mira por encima del hombro.
—¿Tú te subirías a un coche que condujera ella?
—Tienes razón —digo, asintiendo—. Pero entonces, ¿cómo te mueves? Para hacer recados y esas cosas.
—Normalmente con chófer. Así me crie, y la verdad es que tampoco hago muchos recados. Es un poco complicado ir al supermercado cuando todo el mundo sabe quién eres. —Me mira—. Pero tú ya sabes cómo es eso.
—Más o menos —respondo—. A nosotros los aficionados no suelen acosarnos cuando nos cruzan por ahí. A veces nos piden un autógrafo, pero por lo general nos dejan vivir tranquilos.
—Suena bien —dice Connor—. No me malinterpretes, aprecio a los aficionados. Sin ellos no tendría carrera, pero aun así…
Su voz se apaga, así que le aprieto la mano y termino la frase por él.
—Un poco de privacidad no estaría mal.
Él asiente.
—Sí —dice mi padre—. No creo que vayáis a tener mucha dentro de poco.
—No. —Me río cuando llegamos al aeropuerto. Aparco el coche, pero dejo el motor en marcha—. Lo más probable es que no.
Connor inspira hondo. Me suelta la mano y se frota las palmas en los pantalones.
—¿Estás listo? —le pregunto.
Él asiente.
—Sí, lo estoy.
Los tres salimos del coche y rodeo la parte trasera para sacar su bolsa del maletero y ayudarle a colgársela al hombro.
A pesar de lo que acabo de decir en el coche, ya hemos llamado la atención.
Pero, fieles al estilo de los aficionados de los Buffalo Blizzards, ninguno se lanza a molestarnos directamente.
Aun así, algunos ya nos están enfocando con las cámaras de sus teléfonos.
Y está bien. Parte de nuestro plan depende precisamente de que nos reconozcan en el aeropuerto.
Mi padre le estrecha la mano a Connor, luego tira de él para acercarlo y darle un fuerte abrazo acompañado de unas palmadas en la espalda.
—Ven a Alaska este verano y te enseñaré a conducir.
—Me encantaría. —Las mejillas de Connor se tiñen de rojo.
Mi padre lo suelta y se sube al asiento delantero de mi Jeep. Mañana tendré que traerlo otra vez para que tome el vuelo de regreso a Alaska.
Connor se lanza a mis brazos y yo lo aprieto con fuerza contra mí.
—Vendré a recogerte aquí dentro de un par de días.
—Si lo conseguimos —dice, abrazándome con la misma fuerza.
—Lo conseguiremos —le digo, acercando una mano para acariciarle la cara y pasar el pulgar por su mejilla sonrosada—. Pero, si no, puedo esperar hasta el verano. Te quiero.
—Yo también te quiero —responde.
Y entonces soy yo quien lo besa delante de todo el mundo, allí mismo, sobre la sucia acera del aeropuerto.
Connor
Cuando mi avión aterriza en Chicago dos horas más tarde, el mundo del deporte bulle de especulaciones sobre Gavin y sobre mí.
El teléfono desechable que compré en el aeropuerto tiene seis mensajes perdidos suyos, todos con enlaces que así lo demuestran.
El primero es una lista de entrenadores y directores generales que han firmado para respaldar la llamada «regla Marshal».
Más de la mitad de los equipos de la liga han expresado su apoyo.
Sin duda, porque están hartos de perder contra los Blizzards.
Aun así, hay una ausencia llamativa en la lista: St. Louis.
Y eso me da cierta esperanza de que todavía podamos sacar esto adelante.
El siguiente enlace lleva a la historia que mi padre quiere que el mundo se crea.
Que lo que vieron no fue más que a dos deportistas dejándose arrastrar por el momento y la emoción de ganar el oro olímpico.
Sostiene que son los demás quienes lo están convirtiendo en algo distinto solo porque Gavin es gay.
Que todo es un gran malentendido. Que la regla Marshal no tiene nada que ver conmigo.
Y que yo soy cien por cien heterosexual.
Lo cual es ridículo. Soy cien por cien gay.
Estrictamente gay desde que empecé a interesarme por el sexo.
Pero sé perfectamente lo que está haciendo.
Está plantando la semilla en la cabeza de todo el mundo para poder montar luego ese falso «romance para preservar la imagen» con alguna mujer.
Su intento de hacer desaparecer, de un modo eficaz, este «incidente gay».
Lo que no sabe es que Gavin y yo llevamos bastante ventaja en la construcción de mi nueva imagen.
El tercer enlace es otro vídeo publicado en redes sociales.
Se ha hecho viral y muestra a Gavin despidiéndose de mí con un beso a la salida de la terminal del aeropuerto.
Se le ve acariciándome la cara, susurrándome al oído y besándome con una intensidad que deja claro que preferiría estar haciendo cualquier otra cosa antes que subir a un avión y marcharse lejos de mí, de vuelta junto a mi padre.
Hago lo más sensato e ignoro la sección de comentarios, porque estoy seguro de que debe de ser un auténtico vertedero.
El cuarto enlace que me ha enviado lleva a un hilo en redes sociales en el que un periodista deportivo lanza el rumor de que he exigido un traspaso para salir de Chicago.
El quinto enlace es un vídeo en el que mi padre asegura que no hay nada de cierto en el rumor de que yo haya pedido un traspaso.
Puedo ver la furia en su rostro mientras afirma que soy un Broad Wing y que siempre lo seré.
Aunque su mundo se esté desmoronando a su alrededor, pronuncia esa última parte mirando directamente a cámara, como si intentara recordarme cuál es mi lugar.
El sexto enlace que me ha enviado, y este es mi favorito, es de Bouchard.
Está en su casa, hablando con un periodista deportivo por Zoom desde su portátil.
Sobre uno de sus hombros se ve su medalla de oro olímpica, y sobre el otro, su camiseta olímpica del equipo de Estados Unidos, enmarcada.
Debió de pasarse la noche limpiando y planchando esa camiseta para poder lucirla detrás de él en una ocasión como esta.
—¿Te parece que Gavin y Connor no están enamorados en ese vídeo? —pregunta Bouchard.
—Los vídeos pueden resultar engañosos —responde el periodista.
—No es eso. —Bouchard se ríe y añade—: Mira, llevo casi un mes jugando con esos dos. El equipo ha pasado todos los días juntos. No hay uno solo de nosotros que no pueda asegurar que lo que hay entre ellos es de verdad.
—Entonces, ¿el equipo sabía que estaban juntos?
—Están juntos —corrige Bouchard—. Y claro que lo sabíamos. No se puede esconder lo que hay entre ellos.
—Si todos lo sabían, ¿por qué nadie dijo nada? Sobre todo después de que Gavin saliera del armario.