La regla Kennedy VEINTICUATRO
92%

VEINTICUATRO

VEINTICUATRO

Connor

Salgo del baño después de lavarme los dientes y encuentro a Gavin cambiando las sábanas. No bromeaba con lo del colchón en el suelo. Empiezo a ayudarlo, pero me hace un gesto para que me aparte y termina él solo, con un aire vagamente avergonzado.

—Te prometo que es cómodo —dice, frotándose la nuca—. Quiero decir, no tiene una costura en medio por la que uno de los dos pueda caerse, pero se duerme bien.

—Cualquier cama contigo será perfecta —digo, y me meto en ella.

Madre mía. No bromeaba. Este colchón parece una nube.

Se mete por el otro lado y se acerca a mí. Se queda tumbado de lado, con la cabeza apoyada en una mano, y luego deja la otra sobre mi estómago, deslizando la palma con suavidad por mis abdominales, arriba y abajo, en movimientos lentos. Se siente tan bien que suspiro y cierro los ojos.

—No tendrías que vivir aquí si acabas jugando con los Blizzards —dice—. Sé que este sitio es un cuchitril.

Suspiro y me abandono aún más a sus caricias.

—Deberíamos quedarnos con el colchón. Es mejor que el que tengo en casa —digo, abriendo un ojo para mirarlo.

—Mi único capricho. —Suelta una risa tímida. Una que no habría creído capaz de soltar. Caigo en la cuenta de que probablemente esta sea la vez que he visto a Gavin más vulnerable, y ha sido aquí, en su casa. Eso me entristece.

Me giro para mirarlo. Su mano se desliza hasta mi cintura y se posa en la parte baja de mi espalda. Sigue trazando allí pequeños círculos con la palma.

—Me hablaste de tu casa en Alaska. ¿Por qué no has hecho aquí algo parecido?

—Ya te lo he dicho. Esa casa es para mi padre, aunque nunca vaya a vivir allí. No cuenta.

—De acuerdo —digo, y le pongo una mano en el pecho—. Entonces, con más razón deberías convertir este apartamento en tu hogar.

Él se encoge de hombros y desliza la mano por mi espalda para empezar a dibujar los mismos círculos sobre mis omóplatos.

—Durante la temporada casi nunca estamos aquí, y luego yo paso todo el verano en Alaska…

—Yo me quedo en casa de tu padre. —Me arriesgo a bromear con él. Vale la pena, porque me regala otra sonrisa. Sigue siendo tímida, pero mentiría si dijera que no me gusta. Es raro ver así a Gavin, pero hace que lo quiera todavía más. Es una faceta que mantiene muy escondida.

—Sí, la casa de mi padre. —Detiene la mano y me atrae hacia él hasta dejarnos pecho contra pecho.

Ya no puedo verle bien la cara, y creo que es intencionado.

Me roza con la nariz el pelo de la nuca—.

Nunca he tenido motivos para poner mi casa en orden.

No es que fuera a invitar aquí a nadie los pocos días a la semana que estaba en la ciudad.

—¿Nunca has deseado tener un lugar bonito al que volver?

Se aparta de mi cuello y me sujeta la cara con la mano, inclinándomela para poder mirarme otra vez.

—Crecí en la pobreza. No necesito gran cosa. Para mí es más importante tener a alguien bueno esperándome en casa.

Me da un beso largo y lento antes de que pueda responder. Cuando se aparta, aprovecho el momento.

—¿Y alguien con quien volver a casa?

—Mejor todavía —dice, sonriendo contra mis labios.

Me besa de nuevo y siento cómo su erección crece entre nosotros, contenida por la tela de sus calzoncillos. Sus caderas se aprietan contra mí mientras deja escapar un gemido ahogado en medio del beso.

—Tu padre —susurro mientras su miembro se acomoda junto al mío, que ha decidido sumarse también a la fiesta.

—Puedo estar callado si tú también lo estás —me susurra al oído antes de mordisquearlo.

—Sabes que no puedo.

—Apuesto a que sí, si te lo ordeno —dice.

Su sonrisa es maliciosa y sus ojos brillan de deseo. La mano se desliza por mi espalda y se cuela bajo la cintura de mis calzoncillos. Me agarra una nalga y la aprieta.

Gimo, y todo mi cuerpo arde con la necesidad de estar tan cerca de él como sea posible. La necesidad de ser suyo. La necesidad de llegar hasta el final.

—Así se hace. Buen chico —dice en voz baja, serena.

Me muerdo el labio inferior y me agacho para quitarme los calzoncillos.

Él hace lo mismo con los suyos, luego me da la vuelta y se coloca entre mis muslos.

Es un alivio volver a sentir el peso de su cuerpo sobre el mío, y aún mejor sentir nuestras erecciones desnudas frotándose despacio una contra la otra.

Se sostiene con una mano y desliza la otra entre nuestros cuerpos.

Pasa el pulgar por la punta de nuestros sexos y recoge el líquido preseminal para extenderlo por la palma y facilitar el movimiento.

Sin apartar los ojos de los míos, acelera el ritmo.

Esta noche no va a demorarlo, y me parece bien.

Después de todo lo que hemos pasado en las últimas treinta y seis horas, necesitamos este alivio, y lo necesitamos ahora.

—Joder, qué maravilla —susurra.

Siento que la piel me arde al oírlo. La sonrisa de su boca ya no es tímida, sino victoriosa. Como si ese rubor que me sube por el pecho, el cuello y las mejillas fuera su recompensa.

—Me encanta ese rubor —dice, inclinándose para besarme.

Levanta la cabeza y me mira a los ojos con intensidad. Está cada vez más cerca del orgasmo, igual que yo. Empiezo a moverme al ritmo de su mano. Se inclina de nuevo y empieza a besarme y lamerme el cuello.

—Eres mío.

—Soy tuyo —digo, mientras noto cómo se me tensan los testículos. Estoy a punto de correrme.

—Y siempre lo serás —dice, apretando nuestras pollas con más fuerza.

—Joder, Connor. Voy a correrme.

—Córrete encima de mí, Gavin —susurro.

Él aplasta la boca contra la mía. El beso ahoga el gemido ronco que se le escapa cuando se corre entre los dos. Yo lo sigo justo después, gimiendo mientras intento no hacer ruido al correrme.

Nuestras caderas dejan de moverse al unísono, pero seguimos así, con él aplastándome contra el blando colchón bajo su peso. Me siento sin fuerzas y completamente consumido por él.

Me acaricia la cara con la mano y deposita un beso suave en mis labios. Se aparta un poco y me mira, saciado y somnoliento.

—Te quiero —dice.

Alargo la mano y le sujeto la mejilla, sintiendo la barba suave bajo la palma. Aún no se ha afeitado, y me encanta. Mi hombre de las montañas de Alaska.

—Yo también te quiero .