VEINTITRÉS
VEINTITRÉS
Gavin
Mis compañeros de equipo, mi padre y yo estamos en el salón, comiéndonos los restos ya fríos de las pizzas que pedimos hace horas, cuando llaman otra vez a la puerta.
Son casi las cuatro de la madrugada. Miro a Bouchard, que sigue repantigado en mi sofá, aunque ya no tan apretado porque Tavish se ha tirado al suelo para estirar las piernas.
—¿A quién más has invitado?
—A nadie —dice Bouchard con la boca llena. Termina de masticar y traga—. Lo juro.
Me levanto y voy hacia la puerta, esperando encontrarme a algún otro compañero de equipo. O quizá a mi entrenador. La verdad es que no me vendría mal sentarme con él y asegurarme de que sigo teniendo trabajo. Pero cuando abro, me encuentro con algo mucho mejor.
Connor.
Lo meto dentro del apartamento, lo rodeo con los brazos e inspiro hondo contra su cuello.
—Hola —me susurra al oído, dejando caer la bolsa de viaje al suelo.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —le pregunto, apretándolo todavía más contra mí.
Se ríe.
—El entrenador Chris me dio tu dirección del registro de jugadores. Espero que no te importe.
—¿Que si me importa? Estoy furioso por no haber pensado en hacerlo yo primero.
—Casi mejor que no lo hicieras —dice él.
—Intenté llamarte.
—Lo sé. —Hace una pausa—. Bueno, no lo sé porque no tengo el teléfono. Mi padre todavía lo tiene. Pero lo supuse. Siento no haberte llamado. No pude.
Aflojo el abrazo lo justo para mirarlo a los ojos.
—Así mejor.
Connor sonríe y me da un beso suave en los labios. Tiene los ojos abiertos y mira por encima de mi hombro.
—Haría algo más, pero veo que ya tienes compañía.
Lo suelto, aunque dejo una mano bien apoyada en su espalda mientras miro a mis compañeros.
—¡Fuera!
Bouchard y Tavish empiezan a levantarse.
—Es broma —les digo. Luego le sonrío a Connor—. Más o menos.
Bouchard no vuelve a sentarse.
—Pero deberíamos irnos —dice, mirando a mi padre—. ¿Quieres venirte conmigo? Tengo una habitación libre. Con una cama de verdad. Y sábanas, incluso.
—No necesito una cama —responde mi padre—. Pero tampoco quiero estar en este sofá cuando estos dos se vayan a dormir.
—Qué listo —dice Bouchard—. Yo compartí pared con su habitación. No son precisamente silenciosos.
—Vete a la mierda. —Le hago una peineta.
—La verdad es que deberíais quedaros todos —dice Connor—. Al menos hasta que ponga a Gavin al corriente de lo que está pasando. Vamos a necesitar toda la ayuda posible. —Señala a Bouchard—. Sobre todo la tuya. Supongo que sigues en contacto con el resto del equipo olímpico.
—Claro. —Bouchard sonríe y vuelve a dejarse caer en el sofá mientras saca el teléfono—. Voy a crear un chat grupal.
Connor se aparta de mí y se sienta en el suelo. Coge un trozo de pizza y le da un mordisco enorme.
—Lo siento —dice, mirándome—. Me muero de hambre.
—Come —le digo mientras voy hacia la cocina—. Te traigo algo de beber.
Abro la nevera y saco una cerveza y una zarzaparrilla.
—¿Puedo tomar agua? —pregunta, mirando el reloj—. Es demasiado tarde o demasiado temprano para empezar a beber.
—Ah, claro —digo—. Aquí hemos perdido por completo la noción del tiempo.
—Sí —dice Bouchard—. Un reloj de pared habría estropeado la decoración del sitio.
Le dedico otra peineta y saco un vaso del armario, procurando que no sea uno de los que tienen una mella.
Lo lleno, vuelvo al salón y se lo doy a Connor.
Cuando lo coge, me siento detrás de él en el suelo, con las piernas dobladas a ambos lados y la espalda apoyada en la pared.
Él se recuesta sobre mí y yo le rodeo la cintura con un brazo.
Todavía no puedo creer que esté aquí. Me desborda el alivio de tenerlo apoyado contra mí, calmándome los nervios y devolviéndome algo parecido a la paz.
Tavish nos mira y luego hace un gesto con la barbilla hacia Bouchard.
—¿Han estado así todo el tiempo?
Bouchard coge otro trozo de pizza y se encoge de hombros.
—No. Pero tampoco eran tan discretos como se pensaban.
—Ese es el eufemismo del año —dice mi padre.
—Lo entiendo —digo—. Todos os habíais dado cuenta.
Connor se vuelve lo justo para mirarme.
—No te enfades demasiado con ellos. Lo que digan puede ayudarnos.
—¿Y eso cómo?
—Bueno, si mi padre está intentando convencer a todo el mundo de que nunca estuvimos juntos, tener a un equipo entero dispuesto a salir en nuestra defensa y decir que eso es mentira debería reforzar bastante nuestra posición.
—Pero, aun así, si hacemos pública nuestra relación, básicamente le estaremos dando a tu padre toda la munición que necesita para imponer su llamada «ley marcial» —digo.
Connor esboza una sonrisa ladina.
—Todavía no has oído todo lo que he venido a contarte.
Connor
Sabía que Gavin iba a estar nervioso. ¿Cómo no iba a estarlo después de cómo nos separaron al final del partido olímpico?
Todavía no conozco todos los detalles de lo que pasó de su lado, pero, a medida que le voy contando cada nueva pieza de lo ocurrido hoy, noto cómo se relaja un poco más.
Y cuando termino de explicarle todo lo que Michelle, la mujer del entrenador Chris, está poniendo en marcha, una calma visible se apodera de él.
Sobre todo cuando comprende que, a partir de ahora, lo único que tiene que hacer es apoyarme.
Estar a mi lado. Proteger lo que es suyo.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo? —me pregunta.
Tiene la barbilla apoyada en mi hombro y ahora me rodea el torso con los dos brazos.
Bouchard y Tavish siguen sentados en el suelo con nosotros, mientras Garrett está tumbado boca arriba en ese pobre sofá que parece suplicar que alguien lo libre de su miserable existencia.
Gavin no exageraba cuando dijo que traernos la cama de la residencia olímpica sería una mejora sustancial.
Aun así, no pienso decir nada. Soy feliz aquí.
No me importa cómo sean los muebles. Aunque, dicho esto, si el traspaso se concreta y termino en Búfalo, nos mudaremos.
La vida de Gavin necesita mejorar con urgencia. Una vez más, de tal palo, tal astilla.
—Estoy seguro —respondo—. Llevo mucho tiempo preparado.
No nos referimos a salir públicamente como pareja.
Aunque eso también importa, y sí, estoy preparado.
Se trata de alejarme de mi padre todo lo posible.
Lo necesito. Quizá incluso más de lo que necesito a Gavin.
Mi padre ha llevado el pie en el acelerador y las manos en el volante de mi vida desde que tengo memoria.
Ya va siendo hora de que quite el pie y sea yo quien decida adónde voy.
—El equipo está listo —dice Bouchard, dejando el teléfono a un lado—. Cualquier cosa que diga tu padre sobre vuestra relación, nosotros la desmentiremos. No puede suspendernos a todos. —Se inclina hacia Gavin y chocan los puños.
—Pero no esperes que no lo intente —dice Garrett con una risa grave.
—Hablas como un hombre con experiencia —dice Gavin, volviendo un poco la cabeza hacia su padre.
—Odio decirlo, Connor —dice Garrett, girándose para mirarme—. Siempre he odiado a tu padre. Pero tú no te pareces en nada a él. Pase lo que pase después de esto, tienes un hogar conmigo y con Gavin.
—Gracias —digo. Y lo digo de verdad.
Me ha llegado.
Garrett se incorpora.
—Ahora deberíamos intentar dormir algo. Mañana va a ser un día largo.
Detrás de mí, Gavin niega con la cabeza.
—Papá, quédate. No hace falta que te vayas.
—Tonterías —tose Bouchard, y a mí se me escapa la risa.
—No somos unos salvajes —digo.
—¿Ah, no? —replica Tavish, señalando a su alrededor—. Mira el apartamento de tu novio.
—A mí me parece acogedor —respondo, encogiéndome de hombros. Estoy perfectamente cómodo entre los brazos de Gavin.
—He pasado semanas enteras en viejos barcos pesqueros llenos de moho que eran más lujosos que este apartamento —dice Garrett, aunque vuelve a sentarse en el sofá.
Tengo la sensación de que en realidad no quería irse.
Tavish se levanta del suelo y le tiende una mano a Bouchard para ayudarlo a ponerse de pie.
—Pero nosotros sí deberíamos irnos. ¿Vas a ir al entrenamiento el lunes? —pregunta una vez que lo ha incorporado.
—Eso espero —dice Gavin.
Noto su reticencia a moverse y apartarse de mí para dejar pasar a sus compañeros.
—Suponiendo que me dejen volver a entrar al edificio.
—Te dejarán —digo mientras me pongo de pie con él.
Michelle está trabajando a contrarreloj, y confío en que consiga dejar la regla Marshal en nada. En cuanto a mi traspaso, bueno, eso sí va a requerir algo más parecido a un milagro.
Bouchard me da una palmada en el hombro.
—Y quizá a finales de semana ya lleves la camiseta de los Blizzards.
—Eso espero.
—Nosotros también —dice Tavish—. Tengo ganas de ver lo que tú y yo podemos hacer juntos sobre el hielo.
Gavin
En cuanto cierro la puerta detrás de mis compañeros, vuelvo a agarrar a Connor. Una parte de mí sigue sin poder creer que esté aquí. Y una parte todavía mayor no puede creer que haya aparecido con un plan para arreglar todo esto.
—No hagas que me arrepienta de no haberme ido con Bouchard —dice mi padre desde el sofá, con una sonrisa burlona.
Connor se zafa de mi abrazo y va hacia la bolsa de viaje que ha dejado junto a la puerta.
—Me alegro de que sigas aquí —dice—. Tengo algo que creo que vas a querer ver. —Me señala con un dedo—. Ve a sentarte con tu padre.
Intrigado, hago lo que me dice mientras él abre la bolsa y mete la mano dentro.
Saca una caja de caoba pulida, con los cinco anillos entrelazados del emblema olímpico incrustados en ambos lados, y me la entrega.
La tapa es de cristal. Dentro está mi medalla, reluciente y dorada. Del mismo color que el pelo de Connor.
Abro la caja y paso los dedos por encima, notando la textura y leyendo lo que pone: Juegos Olímpicos de Invierno, Milán .
Levanto la mirada hacia él.
—¿Cómo la has conseguido?
Connor me sonríe. Tiene los ojos brillantes.
—La tenía el entrenador Chris. Me pidió que te la trajera.
Trago para disimular el nudo que se me forma en la garganta.
Cuando me sacaron del hielo y del pabellón, di por perdido este momento.
Entonces me daba igual, porque lo único que quería era volver con Connor.
Y la verdad es que desde entonces apenas he tenido tiempo para pensar en ello.
Ir a los Juegos Olímpicos había sido mi sueño desde niño, desde aquellas veces en que veía ganar al equipo estadounidense sentado al lado del padre de Connor.
Luego la liga decidió que los jugadores de la NHL no podían ir a los Juegos, antes siquiera de que mi carrera empezara, y tuve que hacerme a la idea de que ese sueño quizá nunca llegaría a cumplirse.
Después, cuando por fin nos permitieron volver a competir por nuestros países, me atreví a soñarlo otra vez.
Y ahora, con esta medalla en las manos, comprendo de golpe cuánto significa.
No solo para mí, sino para todo el mundo del hockey.
Las últimas tres semanas, peleando por ella, han sido un torbellino.
Hemos pasado por encima de todo el que se interponía en nuestro camino hacia el oro.
Y ahora está aquí. Por fin. En mis manos.
Miro a mi padre y le entrego la caja.
—Apuesto a que nunca pensaste que llegaríamos a tener una de estas entre las manos.
—Te equivocas —dice.
Hace lo mismo que yo. Pasa los dedos por la superficie fría de la medalla. Luego cierra la caja, me la devuelve y me da una palmada en el hombro. Deja la mano ahí un segundo más. Lo oigo tragar saliva.
—Lo has hecho muy bien, hijo.
—Gracias —digo, apoyando la cabeza en su hombro—. Tú también .