VEINTIUNO
VEINTIUNO
Connor
Visto en retrospectiva, besar a Gavin en mitad de la pista fue una pésima idea. Él no volvió. Se perdió la ceremonia de entrega de medallas. Y mientras voy sentado en el jet que mi padre ha fletado para llevarnos de vuelta a Chicago, sé que todo ha sido culpa suya.
—¿Dónde está? —pregunto.
Tengo la mandíbula tan apretada que me duele.
Llevo así ocho horas. Mi teléfono desapareció cuando regresé al vestuario y no tengo manera de ponerme en contacto con Gavin.
Sobre todo porque mi padre no me ha quitado los ojos de encima ni me ha dejado acercarme lo suficiente a nadie como para pedir ayuda.
Ni siquiera he podido escabullirme a buscar una cabina.
—Ya te lo he dicho —responde mi padre—. Ha vuelto a Búfalo. Y mientras los dos finjáis que esto no ha pasado, se quedará allí y podrá conservar su carrera.
Levanto las manos, frustrado.
—¿Cómo esperas que eso funcione? Todo el mundo me vio besarlo. No hay forma de negarlo. Acéptalo. Soy gay y estoy enamorado de Gavin Marshal.
Me ruborizo en cuanto las palabras salen de mi boca. Nunca lo había dicho en voz alta, pero eso no las hace menos verdad. Estoy enamorado de Gavin. Perdida y completamente enamorado. Y lo estoy desde hace mucho más tiempo del que me atrevo a admitir.
—No. No lo estás. —Me mira con una frialdad dura, inamovible—. Lo que estás es confundido.
Pongo los ojos en blanco.
—He sido gay toda mi vida, papá. No estoy confundido.
Sus fosas nasales se dilatan.
—No eres gay. Quizá bisexual. Pero para cuando empiece la próxima temporada, eso ya no importará, porque habré limpiado tu imagen. Este verano anunciarás tu compromiso. Te enviaré una lista de candidatas para que elijas.
Lo miro con abierto desprecio.
—No voy a hacer eso.
—Lo harás si quieres que Gavin Marshal conserve su carrera.
—Haz lo que te dice —interviene mi madre con voz cansada desde su asiento, mientras pasa una página de la revista que lleva horas fingiendo leer.
No ha dicho una sola palabra desde que subimos al avión.
Sigue con las gafas de sol puestas, a pesar de que es medianoche, y no tengo ni idea de cómo puede ver nada así.
La rabia me sube de golpe.
—¿Ese es tu gran plan? ¿Amenazar la carrera de Gavin? Estás desesperado. Y se nota.
Cruza las piernas de otra manera y me observa entrecerrando los ojos. Tiene esa expresión de suficiencia que se le pone cuando sabe algo que yo no sé. Lo cual, tratándose de él, seguramente significa que lleva varios movimientos de ventaja.
—Ese es solo mi plan B para manteneros a raya —dice—.
Mi plan principal está en marcha desde que descubrí lo vuestro.
Para cuando este avión aterrice, la regla Marshal ya habrá sido presentada ante la NHL para su revisión y, en cuanto la aprueben por unanimidad, entrará en vigor de inmediato.
Si no hubieras besado a ese chico en televisión nacional como un auténtico idiota, ni siquiera tendrías que preocuparte por cómo te afectará.
Se me va el color del rostro. El corazón me empieza a golpear con fuerza contra las costillas.
—¿Qué es exactamente la regla Marshal?
—La norma que provocará la expulsión inmediata de cualquier jugador de la NHL que mantenga una relación sentimental con otro.
—¡Pero eso significaría que a mí también me expulsarían de la NHL!
—Solo si Gavin y tú intentáis seguir juntos. Si os mantenéis separados una vez entre en vigor, los dos podréis seguir jugando.
La forma en que pronuncia «los dos» me deja claro que, en realidad, solo le importa uno.
Gavin
Lo odio. Lo odio con toda mi alma. Connor Kennedy padre es el mayor cabrón que he conocido en mi vida.
Sigo recorriendo mi apartamento de un lado a otro, todavía ardiendo de rabia por la mierda que está intentando hacer.
Mi padre me observa con cautela, pero no dice nada.
Voló conmigo a Búfalo en vez de coger un vuelo a Anchorage.
Está sentado en mi sofá (el único mueble que tengo en este apartamento de un dormitorio) con una bolsa de hielo apoyada en el labio hinchado, viendo ESPN y esperando escuchar las últimas especulaciones sobre mi desaparición repentina de los Juegos Olímpicos antes de la ceremonia de entrega de medallas.
Llaman a la puerta y corro a abrir tan rápido que el pomo golpea la pared de al lado y deja un agujero en el yeso.
—Bonito apartamento —dice Bouchard al entrar—. Me encanta lo que has hecho con el sitio.
Se dirige a la cocina, mete en mi nevera un paquete de seis botellas de zarzaparrilla y otro de cervezas, saca una y la abre golpeándola contra el borde de la encimera.
—Tengo una sorpresa para ti.
—Si no es la cabeza del padre de Connor clavada en una pica, no me interesa —gruño.
Cojo dos botellas de zarzaparrilla, una para mí y otra para mi padre.
—Tranquilo, Juego de Tronos —dice Bouchard—. Eso desentonaría con la decoración.
—A mí me parece que le daría un poco de vida al lugar —dice mi padre cuando le tiendo la botella.
Bouchard se sienta en un extremo del sofá. Lo cual me viene bien, porque yo sigo demasiado alterado para sentarme. Necesito moverme. Me mira como esperando que empiece a hablar.
—¿Qué coño está pasando? —pregunta.
—Que Connor Kennedy padre es un pedazo de gilipollas. Eso es lo que está pasando.
—Sí. —Bouchard da un trago a la cerveza—. Esa parte ya la sabíamos. ¿Tienes alguna novedad? ¿Tal vez una explicación de por qué saliste corriendo de Milán como si te persiguiera la policía?
—No salí corriendo de Milán. Nos echaron a la fuerza.
Vuelven a llamar a la puerta, y eso me pilla desprevenido. El corazón se me acelera. Durante una fracción de segundo, absurda y completamente irracional, pienso que quizá sea Connor, que ha venido a traerme personalmente la cabeza de su padre.
—Déjame abrir. —Bouchard se pone en pie y se encamina hacia la puerta como si supiera perfectamente quién está al otro lado—. No hace falta que sigas haciendo agujeros en las paredes.
Abre la puerta y Alexander Tavish entra en el apartamento.
—Bonito barrio —dice al pasar—. ¿Te regalaron una pistola cuando firmaste el contrato de alquiler? —Se detiene, mira alrededor y alza las cejas—. No, espera. Retiro lo dicho. Este sitio es espectacular. Tienes que darme el número de tu agente inmobiliario.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Qué haces aquí?
—Él me invitó cuando lo llamé, porque tú no contestabas y yo me estaba volviendo loco después de que desaparecieras —dice, señalando a Bouchard.
—Es verdad —confirma Bouchard.
Luego le dice que hay cerveza en la nevera. Tavish coge una, busca un abrebotellas, decide que no vale la pena y la abre igual que Bouchard, usando el borde de mi encimera de formica. Desde luego, no voy a recuperar la fianza de este apartamento de mierda.
Tampoco es que me importe mucho. Firmé el contrato hace años precisamente porque era una mierda.
El casero es discreto y acepta alquileres mensuales.
En aquel momento no tenía ni idea de cuánto iba a durar en la liga ni de si me traspasarían o me enviarían a otro sitio para convertirme en el problema de otra gente.
Los equipos de hockey , igual que las tripulaciones pesqueras de Alaska, pueden ser temporales.
Además, era barato. Lo bastante barato como para permitirme ahorrar por si llegaba un día como este.
Porque ahora mismo existe la posibilidad muy real de que pierda mi sueldo de la NHL.
Tavish le da un trago a la cerveza y se sienta en el sofá.
Bouchard le hace un gesto para que se aparte un poco y se deja caer en medio.
Mi sofá cruje bajo el peso de los tres hombres enormes que ahora me miran, esperando a que hable.
Si no sintiera que mi vida acaba de irse a la mierda, la escena sería incluso graciosa.
Dejo la bebida sobre la barra y me paso las manos por la cabeza mientras intento ordenar todo lo que ha ocurrido en las últimas veinticuatro horas.
Respiro hondo, bajo las manos y vuelvo a mirarlos.
Los tres beben al mismo tiempo. Mi padre me observa en silencio, aunque nada de esto le sorprende.
Ha estado a mi lado desde que empezó esta pesadilla.
—Connor me besó…
—Sí, eso ya lo sabemos —dice Bouchard.
—Todo el mundo lo sabe —añade Tavish. Levanta el antebrazo y Bouchard se lo choca—. Todavía no me creo que el niño bonito del hockey me haya quitado el puesto.
—Intenta besar tú a Gavin —dice Bouchard—. Igual así subes en la clasificación.
—No, gracias —decimos Tavish y yo al mismo tiempo.
—Pero hablando en serio —continúa Tavish—, ¿qué coño está pasando? Todo el mundo está perdiendo la cabeza y nadie dice nada. El entrenador Matthews ni siquiera responde al teléfono.
—Sí —digo—. Supongo que está un poco ocupado ahora mismo.
Teniendo en cuenta que Connor Kennedy padre ha convencido al comisionado de la liga para que me suspenda hasta que niegue que Connor y yo hemos tenido algo.
Y, si eso no funciona, piensa usar esa relación para librarse de mí de una vez por todas con su nueva regla Marshal.
—¡¿Cómo puede pedirte que lo niegues?! —salta Bouchard.
—Es una estupidez —refunfuña mi padre.
—Es una estupidez monumental —digo yo.
—¿Y por qué no suspenden también a Connor? —pregunta Tavish—. Para bailar el tango hacen falta dos, ¿no?
Bouchard gira la cabeza para mirarlo.
—Hay una razón por la que la llaman la regla Marshal.
—Sí, vale —admite Tavish—. Pero sigo sin entenderlo. ¿Os está obligando a romper? ¿O le basta con que neguéis que habéis estado juntos?
Lo miro.
—¿Tú qué crees?
Tavish cruza los brazos y se deja caer hacia atrás.
—Qué pedazo de cabrón.
—El cabrón supremo —añade Bouchard.
Después vuelve a clavar los ojos en mí.
—No vas a hacerlo, ¿verdad?
—¿Crees que tengo otra opción?
—Siempre tienes una opción, hijo —dice mi padre.
—Claro —respondo—. Pero partirle la cara no va a conseguir que me readmitan para el partido del martes por la noche.
—Aunque te haría sentir de maravilla —dice Bouchard con una sonrisa torcida.
Y, la verdad, no le falta razón.
—¿Y ahora qué? —pregunta Tavish.
—Ahora mismo estoy suspendido hasta que Connor padre consiga lo que quiere.
—¿Y qué es lo que quiere? —pregunta Tavish.
—Que me olvide de mi relación con Connor. Que finjamos que nunca pasó. —Bajo la cabeza y dejo escapar el aire.
—Más estupideces —refunfuña mi padre.
Le señalo con la botella, dándole la razón.
—Pero, por desgracia, ha dejado muy claro que es la única opción que me queda si quiero seguir jugando en la liga.
—Pero espera —dice Bouchard—. ¿Cómo espera que eso funcione? Todo el mundo vio a Connor besarte. Está en todas partes. Ya hay fanfics sobre vosotros.
Levanto las cejas.
—Perdona, ¿qué?
—No importa. —Bouchard sujeta la cerveza entre las rodillas y levanta las manos—. Olvida que he dicho eso. No te conviene meterte en ese terreno. Yo me arrepiento profundamente de haberlo hecho.
Tavish lo mira de lado.
—¿Quiero saber de qué está hablando?
Bouchard niega con una solemnidad casi religiosa.
—No. He visto y leído cosas que no voy a poder borrar de mi cabeza en la vida. Es traumático.
Vuelvo a caminar delante de ellos.
—¿Podemos centrarnos, por favor?
—Lo siento. Sigue —dice Bouchard.
—La regla Marshal —explico, mirando a Tavish— es una norma que la liga está a punto de aprobar y que convertiría en una infracción que dos jugadores mantuvieran una relación sentimental entre ellos.
—¡Pero eso es ridículo! —exclama Bouchard.
—¿Ridículo? —repito—. Llevo siete años metido en el armario precisamente por miedo a que pasara algo así. No es ningún secreto que a la mayoría de los equipos les encantaría deshacerse de mí. Y ahora les he dado la excusa perfecta.
Me llevo las manos a la cabeza y me paso los dedos por el pelo, tirando de los mechones.
—Me encanta el hockey . No sé hacer otra cosa. No tengo otra salida profesional. Sin el hockey , volveré a los barcos pesqueros.
—Eso no va a pasar —dice mi padre.
Choco mi botella de zarzaparrilla contra la suya.
—Pero tienes apoyo —dice Tavish—. El entrenador Matthews y toda la organización de los Blizzards no van a dejar que te echen sin pelear.
—Ese es un equipo de treinta y dos —respondo—. Sigo estando en clara minoría.
—Vale, pero si esa norma entra en vigor, no solo te echarían a ti. También a Connor —dice Bouchard.
—¡Ya lo sé! —grito—. Por eso tengo que hacer lo que él dice. Tengo que olvidarme de Connor si quiero protegerlo.
—Claro —dice Bouchard—. Pero eso no va a funcionar. Tú y Connor estáis enamorados, y eso lo ve cualquiera…
Abre las manos, como si fuera la cosa más evidente del mundo.
—No es tan evidente —digo, notando cómo vuelve a acelerárseme el pulso.
Odio quedar tan expuesto en un momento como este. Odio que otros digan en voz alta lo que yo todavía no soy capaz de pronunciar sin sentir que algo se me rompe por dentro.
—Sí lo es —dice Tavish.
Me alejo unos pasos y respiro hondo antes de volverme hacia ellos.
—Escuchad —digo con firmeza—. El daño ya está hecho. Nunca podría vivir conmigo mismo si yo fuera la razón por la que Connor pierde su sitio en la liga. Le encanta el hockey . Es lo que mejor sabe hacer. Se merece seguir jugando.
—Tú también —dice mi padre.
Bouchard levanta un puño en señal de apoyo y mi padre se lo choca.
—Sí —añade Tavish—. Puedes hacerte el duro todo lo que quieras, grandullón, pero tú también te mereces estar en la liga. Te has ganado tu sitio. Y sé que todos los Blizzards estarían de acuerdo conmigo. No van a echarte sin pelear.
Esta vez Bouchard levanta el otro puño y Tavish lo golpea.
—Oye —dice Bouchard, llamando mi atención—. ¿Qué dice tu Connor?
Levanto las manos, y el pánico que llevaba intentando contener todo este tiempo termina de desbordarse dentro de mí.
—¡No lo sé! ¡No consigo localizarlo, joder !