VEINTE
VEINTE
Connor
Los flashes a nuestro alrededor son lo que me obliga a interrumpir el beso. Aunque he sido yo quien lo ha iniciado, quien se ha dejado llevar y ha inclinado la cabeza hasta rozar sus labios. Son mis ojos los que se abren de golpe por la sorpresa. Se me forma un nudo en el estómago.
Gavin, en cambio, parece divertirse.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —pregunta con una sonrisa.
—Quizá ya sea demasiado tarde para arrepentirse.
Me muerdo el labio inferior y cierro los ojos cuando él vuelve a inclinarse hacia mí.
Pero sus labios nunca llegan a encontrar los míos. Abro los ojos de golpe al sentir que me arrancan de su lado. Miro, horrorizado, cómo cuatro hombres corpulentos, vestidos con jerséis negros con la palabra « Seguridad » en el pecho, se llevan a Gavin por la pista.
Intento patinar tras él, pero alguien me agarra del codo y me obliga a girarme. Mi padre.
—Si quieres que tu novio conserve su trabajo, a partir de ahora tu respuesta a cualquier pregunta que no tenga que ver con el hockey será «Sin comentarios» —me susurra al oído.
Miro por encima del hombro, hacia el lugar donde lo vi por última vez, pero Gavin ya no está. Vuelvo a girarme a toda prisa y alcanzo a verlo mientras lo escoltan fuera del hielo y lo empujan hacia el túnel.
Bouchard sale tras él patinando, pero otro grupo de guardias de seguridad le corta el paso. ¿De dónde ha salido toda esta gente? Es la mayor presencia de seguridad que he visto en todos estos Juegos Olímpicos.
Mi padre tira de mí para recuperar mi atención y yo me zafo de su mano.
—No va a volver —dice con un gruñido.
Lo miro fijamente.
—¿Lo tenías planeado?
—Si de verdad creías que iba a permitir que ese pedazo de basura subiera al podio olímpico, entonces no solo te has vuelto débil. También eres idiota.
Me agarra otra vez del brazo y me coloca delante de un periodista. Luego se inclina hacia mí y me gruñe al oído.
—Este es tu momento. Aprovéchalo.
En cuanto me suelta, adopta su expresión más afable. La de siempre. La que pone cuando habla con la prensa. La que ha engañado a todo el mundo haciéndoles creer que es un hombre decente.
Pero no lo es. Y si hay alguien, aparte de Gavin, que lo sabe mejor que nadie, soy yo.
Ya ha dejado su amenaza muy clara. Si quiero proteger la carrera de Gavin, tengo que seguir sus reglas. Así que, cuando el periodista me pregunta por el beso que acabo de darle a Gavin, hago exactamente lo que mi padre me ha ordenado.
—Sin comentarios —respondo.
Gavin
Sigo forcejeando para soltarme, pero me frenan a cada paso. Los guardias de seguridad no dejan de empujarme hacia delante y, aunque en el intento ya les he dejado a dos de ellos el ojo morado, siguen arrastrándome como si nada.
Cuando por fin me meten en el vestuario, me ordenan que me cambie. Intento abalanzarme otra vez sobre ellos, pero están alineados hombro con hombro delante de la puerta.
Entonces alguien me tiende una toalla desde un lado y oigo la voz de mi padre.
—Podemos intentar pelear juntos contra ellos, si te apetece.
Me vuelvo hacia él. Está sonriendo, pero tiene el labio partido. La rabia me golpea de lleno.
Me giro otra vez hacia los guardias y lanzo un puñetazo al primero que tengo delante. En el instante en que mi mano impacta contra su cara, vuelven a tirarme al suelo desde atrás. A mi derecha oigo a mi padre caer también, maldiciendo mientras nos inmovilizan entre varios.
La puerta del vestuario se abre. Entre la maraña de cuerpos aparece Connor Kennedy padre, con el porte satisfecho de alguien que acaba de colgarse una medalla de oro.
Les ordena que nos suelten. Lo hacen, aunque ninguno se aleja demasiado. Se quedan cerca, tensos, preparados para agarrarnos otra vez si damos un solo paso en falso.
—Esto es lo que va a pasar —dice mientras se acerca.
Intento lanzarme sobre él, pero al instante uno de los guardias me inmoviliza los brazos. A mi derecha veo que hacen lo mismo con mi padre.
Connor padre sonríe con suficiencia.
—Como iba diciendo, te vas a cambiar de ropa y luego tú y tu padre cogeréis el próximo vuelo de vuelta a Estados Unidos. Y una vez allí descubrirás que quedas suspendido hasta que te olvides de mi hijo.
Me retuerzo contra el agarre de los guardias, pero solo consiguen sujetarme con más fuerza.
—¿Y si no lo hago?
Entrecierra los ojos.
—Entonces yo mismo, junto con otros directivos y entrenadores de la liga, que ya están hartos de que te comportes como un salvaje y desprestigies a la NHL, pondremos en marcha nuestro plan para que te expulsen.
Lo miro con desprecio.
—Buena suerte.
Él arquea una ceja.
—No necesito suerte. Tengo la regla Marshal.
Un gruñido bajo me sube por el pecho.
—¿Qué cojones es eso?
—Una norma que prohíbe que dos jugadores mantengan una relación entre ellos.
—Está fanfarroneando —gruñe mi padre.
Por primera vez, Connor padre aparta la mirada de mí y la fija en él. Tiene las fosas nasales dilatadas y una sonrisa torcida, venenosa.
—Hace años ya te dije que ese chico no tenía nada que hacer jugando con mi hijo.
—Así que sí te acuerdas —responde mi padre, sosteniéndole la mirada, entrando con él en un pulso de voluntades.
—Deberías haberlo dejado en Alaska, donde pertenece la basura como vosotros. —Se incorpora un poco más. Y le propina a mi padre una fuerte patada en las costillas—. Disfrutad del vuelo .