La regla Kennedy DIECINUEVE
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DIECINUEVE

DIECINUEVE

Connor

Así es como imagino que debe de sentirse un séptimo partido de las finales de la Stanley Cup.

La mezcla de energía, emoción y nerviosismo en este estadio hace que el hielo parezca vibrar bajo mis cuchillas.

Con cada disparo a puerta, cada choque entre jugadores, cada robo de disco, la intensidad se hincha un poco más, como un globo a punto de estallar.

Como era de esperar, este es el partido más duro que hemos jugado en todos los Juegos Olímpicos.

Canadá nos está plantando cara con todo lo que tiene.

Y, de algún modo, también ha conseguido que esto parezca un partido en casa.

El público, numeroso e internacional, está desproporcionadamente lleno de aficionados canadienses que rugen por su selección a pleno pulmón y ahogan casi cualquier muestra de apoyo hacia nosotros.

Están desesperados por llevarse esas medallas.

Qué pena que esté a punto de arrebatárselas.

Gavin está enfrascado en una batalla feroz por el disco con Alexander Tavish contra las vallas, en la zona ofensiva de Canadá.

Gracias a su tamaño y a su tenacidad, Tavish pierde el control.

Aprovechando mi velocidad, me adelanto y lo robo antes de que pueda recuperarlo, y se lo paso a Max Franklin.

Él toma posesión y avanza por el carril hacia la portería.

Uno de los defensas intenta cerrarle el paso, pero Franklin consigue enviar el disco a Nichols, que guarda la línea azul cerca de la banda.

Ya los he alcanzado cuando veo a Tavish acercarse por mi lado.

Por desgracia para él, no ve a Gavin en su punto ciego hasta que es demasiado tarde.

Gavin lo carga justo cuando intenta interceptar el pase que Nichols me envía.

Tavish apenas logra rozar el disco con el palo, pero basta para que el golpe de Gavin sea legal y el juego siga.

Cuando el disco aterriza limpio sobre la cinta de mi palo, ni siquiera me molesto en amagar a izquierda o derecha para engañar al portero. Llevo toda la velocidad del avance en el cuerpo y disparo un auténtico misil al centro. El disco se cuela entre sus rodillas antes de que pueda cerrarlas.

Suena la bocina.

Tres a dos.

Y queda menos de dos minutos.

Nichols es el primero en lanzarse sobre mí para celebrarlo. Le doy las gracias por la asistencia y él me golpea el casco con el guante antes de que Gavin nos atrape a los dos en un abrazo.

—¡Eh, Marshal! —grita Tavish al pasar patinando junto a nosotros—. A mí nunca me abrazas así cuando marco.

—Eso es porque normalmente estás en el banquillo de castigo —dice Franklin, sumándose a la celebración.

Tavish nos guiña un ojo.

—No lo celebréis demasiado. —Patina hacia atrás, alejándose—. Aún me queda tiempo para empatar.

—¡Le diré a Bouchard que vienes! —le grita Gavin.

Tavish sonríe y le dedica una peineta antes de darse la vuelta y dirigirse al centro de la pista para el saque.

De camino al círculo, paso junto a nuestro banquillo y mis compañeros me golpean el antebrazo con los puños mientras aporrean las vallas con los palos. Al final de la fila está el entrenador Chris, esperándome con unas palabras de aliento.

—Así se hace, Kennedy. ¿Te queda combustible para cerrar esto?

—Sí, entrenador —respondo.

Pero no es combustible. Es adrenalina pura. Este partido, este ambiente, patinar con Gavin en mi línea… Siento que podría seguir para siempre.

El entrenador se gira hacia Gavin.

—Marshal, no pierdas de vista a Connor para que Connor no pierda de vista el disco.

—No hay problema, entrenador —responde Gavin.

Patina justo detrás de mí mientras nos colocamos para el saque y esperamos a que el árbitro deje caer el disco.

En cuanto toca el hielo, Tavish gana la posesión.

Sale disparado del círculo a una velocidad endiablada y yo salgo tras él.

Es rápido. Por algo ha sido delantero de primera línea tanto con Canadá como con los Blizzards de Búfalo.

Se abre hueco para el disparo, pero Bouchard está listo.

Veo el arco de su palo al soltar el tiro con toda su fuerza.

Bouchard desvía el disco con el bloqueador antes de que alcance la portería.

Tavish ya está encima del rebote y vuelve a disparar.

Esta vez Bouchard lo frena con la pierna y después barre el disco fuera del área con el palo hacia Franklin.

Franklin toma posesión, pero un defensa canadiense lo golpea al instante.

Tavish recupera el disco y lo lleva detrás de la portería, buscando una línea de pase. Patino hacia él para arrebatárselo, pero Gavin llega antes y lo aplasta de nuevo contra la valla en otra pelea por la posesión.

Con ayuda de uno de sus defensas, Tavish consigue zafarse y envía el disco a su alero derecho, arriba del círculo.

Acelero entre ambos. Tavish va a intentar devolvérselo a la boca de gol; si me coloco bien, puedo cortarlo.

Y lo hago.

Intercepción limpia.

Tavish, que no piensa dejarme salir de ahí, me derriba de inmediato y recupera el disco. Apenas lo controla un segundo antes de que Gavin le entre con el hombro y haga que el disco rebote violentamente delante de Bouchard. Este lo atrapa con el guante y detiene el juego.

Incluso con la máscara puesta, se le nota la satisfacción. Ver a sus compañeros pelear por el oro es exactamente el tipo de locura que le encanta.

Cuando el árbitro pita, todos estamos jadeando. Pero ni se me pasa por la cabeza volver al banquillo. No ahora. No cuando estamos a menos de un minuto de ganar el oro.

El árbitro nos ordena colocarnos para otro saque. Los cinco jugadores de cada equipo se preparan. Una vez más, soy yo contra Tavish.

Esta vez no me gana.

El disco cae y lo mando hacia Max Franklin. Pero la defensa canadiense estaba lista. Uno se lanza sobre Franklin y el otro intercepta el pase, impidiéndonos sacar el disco de la zona.

Se lo devuelven a Tavish, que espera en la ranura frente a la portería.

Bouchard está preparado.

Tavish dispara.

Bouchard lo detiene.

Lo atrapa con el guante.

Y se acabó.

El tiempo se ha agotado.

Hemos ganado.

Gavin

—¡Joder! ¡Lo hemos conseguido! ¡Lo hemos conseguido!

No es que dudara de que pudiéramos hacerlo, pero Canadá (y Tavish, sobre todo) nos lo ha puesto dificilísimo.

Somos campeones olímpicos.

—No quiero volver a estar nunca más en el lado contrario al tuyo —dice Tavish mientras se lanza sobre mí para abrazarme. Luego hace una seña a Bouchard para que se acerque—. Ni en el tuyo tampoco. Joder…, ahora sé cómo se siente el resto de la liga cuando juega contra los Blizzards. Es una mierda.

Sonríe de oreja a oreja. De hecho, todos lo hacemos. Ha sido el partido más divertido que he jugado en muchísimo tiempo, y me alegra ver que Tavish no se lo está tomando mal. O, al menos, no demasiado. Nos mira a los dos como si él también hubiera ganado el oro.

—Ese último disparo casi me supera —dice Bouchard, revolviéndole el casco a Tavish con su enorme guante.

Le doy una palmada en el hombro.

—Has peleado como un campeón. Esta noche podría haber ganado cualquiera.

—No —dice, dándome un codazo.

Con el palo señala al otro lado del hielo, donde Connor está siendo aplastado por el resto del equipo, que ha salido del banquillo y se ha lanzado sobre él.

—Hay una razón por la que Connor es el mejor de la liga.

Siento un orgullo feroz por Connor. Es extraordinario, dentro y fuera del hielo. Y resulta agradable ver que todo el mundo lo reconoce después de todo el resentimiento que tuvo que soportar durante el campamento y en los primeros partidos.

—Mira la cara de idiota que tienes —dice Tavish.

Al principio creo que habla de Connor, pero enseguida veo que me está señalando a mí. Le da un codazo a Bouchard.

—¿Qué coño le ha pasado al gruñón de nuestro equipo? ¿Por qué pone esa cara de bobo?

Bouchard apoya una mano en el hombro de Tavish.

—Ni siquiera quieres saberlo.

Tavish me mira entrecerrando los ojos… y, de pronto, los abre de par en par. Empieza a reírse a carcajadas.

—¡No me lo esperaba!

—Sí, bueno, hazme un favor —le digo—. Mantén la boca cerrada. Ya sabes lo rápido que corren los rumores en el hielo.

—Yo no me preocuparía tanto —dice Bouchard, inclinándose hacia él—. Han hecho un trabajo pésimo ocultándolo.

Los dos se ríen a mi costa mientras Tavish me empuja.

—Lárgate. Ve a celebrarlo con tu chico antes de que se dé cuenta y te deje plantado.

Me alejo patinando hacia atrás y les dedico una peineta. Bouchard abraza otra vez a Tavish antes de seguirme, mientras Tavish regresa con su equipo para consolarlos por la plata.

Cuando llego junto a los nuestros, Connor sigue perdido en medio del caos. Para rematarlo, la prensa ya ha invadido la pista en busca de primeros planos de la celebración y declaraciones rápidas.

Casi al instante me plantan un micrófono delante.

—Gavin Marshal, ¿qué se siente al ser el primer jugador de hockey gay en ganar una medalla de oro olímpica?

En vez de mirar a la periodista, sigo buscando entre la multitud. Busco el destello del pelo rubio de Connor.

—Dudo mucho que sea el primero —respondo sin mirarla—. Te garantizo que ha habido otros antes que yo.

El micrófono se acerca todavía más.

—¿El primer jugador abiertamente gay, entonces?

Ahora sí me irrito.

No quería que este momento fuera así. Lo único que quiero es encontrar a Connor y celebrarlo con él y con mi equipo.

Hemos trabajado toda nuestra vida para llegar aquí, y esta mujer quiere reducirlo a una sola cosa: que soy gay.

Y, siendo sincero, eso es lo menos interesante de mí o de este momento.

Por fin me giro hacia ella. Me sonríe, esperando una frase inspiradora.

No tiene ni idea de lo que le viene encima.

La pobre parece convencida de que yo quiero ocupar ese papel.

No sé por qué. Nunca lo he reclamado y, desde que mi homosexualidad salió a la luz, he dejado bastante claro que no tengo el menor interés en convertirme en el chico gay de la liga.

Está a punto de descubrirlo.

—No siento nada especial —digo—. Llevo toda la vida jugando al hockey y ni una sola vez mi homosexualidad ha tenido algo que ver con ello.

Parpadea, descolocada.

—¿Hay algo que quieras decirles a los jóvenes gays que te están viendo ahora mismo?

—Sí —respondo con una risa amarga—. Ignora a cualquiera que intente convertir tu homosexualidad en lo único interesante de ti.

Me alejo antes de que pueda añadir nada más.

—¡Marshal! —grita Bradley, empujándome hacia el grupo—. ¡Ven aquí, grandullón terrorífico!

—¿Dónde está Connor? —le pregunto.

—La última vez que lo vi, Franklin y Nichols lo estaban levantando por los aires.

Sigo buscándolo hasta que por fin lo encuentro. Está de espaldas, pero no hay manera de confundirlo. Tiene un brazo sobre los hombros de Nichols y el otro alrededor de Calhoun, que a su vez cuelga de Franklin. Los cuatro posan para las cámaras.

Yo me quedo atrás.

Después de esa entrevista desastrosa, no quiero ese tipo de atención. En realidad, no quiero ninguna. Mientras lo miro, lo único que deseo es volver a nuestra pequeña habitación de la residencia, apretados en nuestra cama ridícula, intentando no caernos por la costura.

Será nuestra última noche allí.

Mañana volveremos todos a casa y a nuestras vidas, con apenas unos días de descanso antes de presentarnos ante nuestros equipos y arrancar la temporada regular el martes.

Debería importarme esta victoria. Debería importarme la ceremonia, el momento en que me cuelguen la medalla de oro al cuello.

Pero no es así. Quiero que las celebraciones terminen cuanto antes.

Quiero que se acabe toda esta pompa para poder refugiarme otra vez en ese pequeño mundo que Connor y yo hemos construido en la intimidad de nuestra habitación, y abrazarlo todo lo que pueda antes de que nos separen y lo nuestro vuelva a quedar reducido a instantes robados cada vez que nuestros equipos se enfrenten.

Pero lo soportaré por él.

Sonreiré, saludaré y me quedaré quieto en el podio por él, porque sé que esta victoria significa más para Connor que para mí.

Vinimos aquí a por el oro.

La diferencia es que yo encontré el mío en él.

No necesito una medalla.

Solo lo necesito a él en mis brazos y en mi vida.

Por fin se gira y me ve.

Su sonrisa es inmensa. Brilla más que los flashes de las cámaras.

Patina hacia mí y me preparo para recibir su abrazo. Salta a mis brazos y me rodea el cuello. Huele a sudor, a hielo y a la felicidad que le desborda mientras se ríe contra mi cuerpo.

Cuando vuelvo a dejarlo sobre los patines, espero que me suelte. Que tal vez se aleje patinando.

Pero no lo hace.

En lugar de eso, me atrae hacia él y me besa allí mismo.

Delante de todo el mundo .